Rincones perdidos en la memoria

Puente Colgante Boutique Hotel, un sueño de la vieja Cuba

13.06.2021 | 01:00
El Gran Hotel Puente Colgante junto a su 'partenaire' el Puente Colgante, fotografiados desde la terraza de la casa de Koldo y Marga.

Peina canas antes que su ilustre vecino, el Puente Colgante, y en él llegó a dormir la emperatriz Zita. Superó el pasto de las llamas y la Guerra Civil. El sueño de Manuel Calvo no es hoy casa de pobres sino el Puente Colgante Boutique Hotel

LA buena gente que ha hecho posible la Colección El Mareómetro ha investigado sobre sus huesos para reconstruir la historia de un edificio con vida. Aún hoy mantiene el esplendor que tuvo, ahora bajo el nombre de Gran Hotel Puente Colgante, uno de los emblemas más sobresalientes de Portugalete. La villa fue fundada en 1322 por María Díaz de Haro La Buena (el año entrante cumplirá los siete siglos de vida...) sobre una puebla documentada ya siglos antes, integrada en Las Encartaciones y habitada por gentes de mar asentadas al abrigo de su puerto natural. De la mano del actual director, Ricardo Campuzano, atracan las notas del mareómetro en esta crónica, reseña en la que dicen que "aunque el hotel no ostenta el nombre romántico que para él soñó Manuel Calvo, Casa de los pobres, sigue sirviendo a los fines humanitarios que el indiano pensó, a través de la Fundación que lleva su nombre y que ha actualizado el deseo de "con sus rentas repartir raciones de olla y pan entre los menesterosos". Entremos en la historia.

El 5 de diciembre de 1870 el citado Manuel Calvo adquirió el solar soñado, la primera parcela del Ensanche de la villa portugaluja. Siendo hijo de ese pueblo, Manuel no regresaría de manera definitiva a Portugalete hasta 1898, tras la guerra de la independencia de Cuba, donde había hecho fortuna. Regresó para vivir en su palacio de Portugalete (acabó de construirse a finales de 1871, bastante antes que el puente colgante que tanto nombre dio al municipio...) junto a dos sobrinas, un mayordomo alavés y una criada que se trajo del Caribe. Ya para entonces era propietario de una fonda y había donado cuatro farolas metálicas al pueblo que no había olvidado jamás.

Cuentan las crónicas que dos años después, en 1873, se instaló un cañón en la esquina sur trasera del hotel. ¿La razón? La guerra carlista que, sin embargo, no impidió la celebración de un baile en pleno estado de sitio. Con todo, el 21 de enero de 1874 se izó bandera blanca en la torre de la iglesia, en Santa Clara y en el rutilante edificio de Manuel Calvo. Ya era uno de los puntos cardinales de Portugalete.

Va quien esto lea encaminándose hacia finales del siglo XIX. En 1876 se construye un balneario en la playa (sí, para la gente más despistada o más joven: Portugalete tuvo playa...), dos años más tarde un nuevo cementerio y cinco después, en 1883, el actual Ayuntamiento. En 1887 la reina puso la última piedra en el Muelle de Hierro, un año después se inauguró el ferrocarril a Bilbao y en 1893... ¡el Puente Colgante!

A su llegada de Cuba por aquellas fechas, Manuel Calvo decidió crear un nuevo hotel a todo lujo en aquel espacio. No reparó en gastos. Encargó su dirección a don Pedro Botsio, maitre d'hotel de la Compañía Trasatlántica y el 1 de junio de 1902 Portugalete fue testigo de una inauguración por todo lo grande. Dos años después, por recomendación médica, Manuel Calvo se iría a vivir a Cádiz, donde sólo estuvo dos meses antes de su fallecimiento.

El hotel pasó entonces a manos del pueblo portugalujo, representado en una Fundación dirigida por el alcalde de aquel entonces y el párroco de Santa María. Eran los tiempos de la Belle Epoque y en el libro de registros de aquellos años, en los que se vivía ya el declinar de la playa y el balneario, están consignados un indiano portugalujo, Gregorio Uzquiano, de monumental fortuna, y la familia imperial austriaca, con la emperatriz Zita Borbón y Parma a la cabeza, en 1922. También Alfonso XIII organizó en aquellos salones grandes fiestas.

La popular cofradía de San José, verbenas y bailes de sociedad, bodas y carnavales y el que fue tan renombrado concurso del Vestido Barato fueron algunos de los usos de la época hasta que se cruzó otra negra sombra: la guerra civil. Se convirtió entonces en la sede de la Marina Auxiliar del Gobierno vasco, sufriendo serios destrozos que auguraban el final de la época. El hotel caía herido de muerte.

Entramos, por tanto, en la tercera vida del hotel, restañado de todas sus cicatrices de guerra tras una reconstrucción que pasó por manos de Santos Zunzunegui. Vuelve el esplendor y lo mismo se ruedan películas que se aloja la selección española de fútbol. Regresa el original Concurso del Vestido Barato, se alojan rostros conocidos y van sumándose a la fiesta las celebraciones, las bodas y bautizos, los bailes de carnaval y la vida social de Portugalete en pleno, hasta el punto que el mismísimo Elai Alai llegó a acomodar en el a los participantes en el Festival Internacional de Folklore... ¡cuando ya estaban cerradas sus habitaciones!

Detengámonos un poco antes, cuando Antonio Saloña llegó a la dirección del hotel en 1951, puesto que ocupó hasta la fecha de su muerte, veinte años después. Su figura no puede desligarse del hotel, hasta el punto de que no se olvida el libro que escribió, Arte nuevo de la cocina española, para regalar a los huéspedes. Un asiduo de las tertulias que allí se celebraba, Manuel Llano Gorostiza, le escribió la introducción. Pero eran años de dificultades y a la muerte de Antonio, en 1971, el estado del edificio no aguantaba ya el trajín del hotel, reconvirtiéndose en bar y restaurante hasta el 20 de septiembre de 1991, día en el que cerró sus puertas.

¿Se cantó entonces el gori-gori? No, Una empresa entró en puja con la idea de firmar un contrato de 70 años pero el 29 de julio de 1993 un pavoroso incendio lo redujo a cenizas. Durante años Portugalete miró al solar vacío como se mira una cuna huérfana, con el dolor de haber perdido un hijo. Incluso la Fundación Manuel Calvo, que gestionaba el legado del indiano, rescindió el contrato firmado con aquella empresa y buscó un nuevo socio, una nueva propiedad que trajese aliento nuevo para el siglo XXI. Ahí entran en escena Esteban Martínez y Javier Clemente, quienes traen consigo un soplo nuevo. La actividad del restaurante, que había cesado en 1991, se retoma en 2002, tras la hermosa reconstrucción que ha mantenido el aire colonial que trajo de Cuba aquel pionero Manuel Calvo. Ese mismo año el hotel abría sus puertas.

Hoy en día el Puente Colgante Boutique Hotel, que tal nombre gasta, luce y reluce, bañado con tintes de amarillo, verde, azul y gris, los colores coloniales tan reconocibles en Cuba. Su gastronomía se ha convertido en una clara referencia en la villa, con el restaurante La Habana como bandera. Y al encontrarse en la ruta del camino de Santiago, ofrece a los peregrinos cuidados de hospedería de altos vuelos. El Puente Colgante con el que se abraza recrea una imagen de elegancia, como si fuese un cuadro del ballet del Bolshoi. El 21 de junio de este año, si hacen cuentas, se celebrará el 150 aniversario del edificio original. Aquella pasión siguen en pie.

 
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