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La anciana

La atención de la mujer permanecía anclada en el hombre. Con una devoción rayana en lo beatífico. Vigilaba los goteros obsesivamente...

17.12.2019 | 18:52
La anciana.

La atención de la mujer permanecía anclada en el hombre. Con una devoción rayana en lo beatífico. Vigilaba los goteros obsesivamente...

EN la unidad de cuidados paliativos del hospital se habían dado cuenta semanas atrás. Hacía unos meses que la anciana llegaba al amanecer al box 7C del pasillo H-I. Y allí, junto al lecho de su decrépito marido, pasaba cada día. A menudo, hasta bien entrada la noche.

La noticia de aquel ejemplo de abnegación se extendió como la pólvora encendida entre enfermeras, médicos y celadores. La mujer, encorvada por el peso de los años, siempre vestida de oscuro, y con el cabello, blanco y ralo, recogido en un moño sobre la coronilla, pasó a ser una más en la unidad. Los profesionales la saludaban con familiaridad y compasión.

Resultaba poco frecuente verla caminando lentamente por los corredores. O contemplando el frenesí de la ciudad a través de los ventanales, amplios y luminosos como el pasado. En esos lugares, o fumando compulsivamente al viento de la galería abierta, era donde mataban el tiempo, lento y mortecino, los familiares del resto de los desahuciados.

Ella ni siquiera abandonaba al hombre para comer. Sacaba del bolso, grande y gastado, un tupper y un tenedor. Lo abría, lo acercaba a la nariz del agonizante, y conversaba con él mientras masticaba con detenimiento unas acelgas con piñones o un pisto con huevo revuelto. Siempre frugal. Después, cerraba el tupper con el tenedor dentro, y lo guardaba todo en una bolsita de plástico del supermercado que plegaba concienzudamente. "Siempre se puede ir un poquito de aceite, querido. No me gusta ensuciar nada. Ya sabes", solía murmurar en dirección a la almohada. Tras esta ceremonia, extraía un yogur de marca blanca y una cucharilla de otra bolsa. Era el postre. El resto del día lo tramitaba con el café sin azúcar que administraba de un termo desportillado.

Salvo esas interrupciones, la atención de la mujer permanecía anclada en el hombre. Con una devoción rayana en lo beatífico. Vigilaba los goteros obsesivamente. Anotaba en una agenda de 1987, hasta la enfermedad vacía, los horarios de los parches de morfina. Cortaba las uñas de las manos y los pies del moribundo con frecuencia, usando para ello unas minúsculas tijeras de puntas retorcidas. Usaba una toallita blanca para limpiar con precisión y delicadeza las comisuras de los labios del hombre, que se llenaban de saliva o espumarajos con regularidad. Le ponía la mano en la frente para controlar la temperatura. Y murmuraba. Maldiciendo ahora, dando gracias más tarde. Siempre terminaba por tomar la mano de su marido entre las propias. Al poco, se levantaba de nuevo a ajustar las vías, a untar de pomada una llaga o a peinar aquel cráneo casi en pura piel con un cepillo blando, de asa de marfil, que había olvidado que compró para un bebé.

Cada dos días lo rasuraba con una paciencia y meticulosidad orientales. Colmaba una pequeña palangana de plástico rosa de agua templada tirando a caliente. Verificaba la temperatura con su propia mano. Tomaba un stick de jabón de afeitar La Toja, mojaba la cara del anciano con delicadeza tras haber extendido un paño sobre su pecho. Extendía el jabón con cuidado de no rozar los ojos, la boca o la nariz. La brocha, humedecida en el agua templada, bailaba en círculos sobre el jabón. Completaba la operación con un cuchilla desechable siempre a estrenar. Remataba con un masaje de loción y unos toques con el paño.

La mala noticia la sorprendió un mediodía. Justo antes del ceremonial del tupper. La médico, una mujer de mediana edad cubierta de experiencia y determinación, entró en el box 7C rodeada por una corte de auxiliares. Se bajó las bifocales y lo espetó sin miramientos.

-Según las últimas exploraciones, el cáncer se ha extendido ya a todos los órganos vitales. No resta esperanza de recuperación ni cura. Ni remotamente. Es solo cuestión de suerte que se produzca una crisis definitiva. Le aconsejo que nos autorice desconectar a su marido de las máquinas de soporte vital.

Todas las personas dentro del box 7C mantuvieron un silencio que permitía escuchar el tictac del reloj de sobremesa que la anciana había dejado sobre una de las repisas y que indicaba que aquel lugar de cables, conductos, líquidos y jeringuillas, también tenía algo de hogar.

La mujer arrugó el rostro de un modo imposible y cayó desfallecida sobre su silla, en tanto que dos lágrimas densas inundaban sus párpados.

-No puede ser -masculló con la voz débil y rota.

-Tómese unas horas para pensarlo. Somos conscientes de que no se trata de una decisión fácil. Pero este es el momento -remachó la doctora girando sobre sus talones y partiendo seguida por su bandada de batas blancas.

El tupper de esa fecha permaneció cerrado. El yogur, con su tapa. El café se enfrió dentro del termo desportillado. La doctora regresó por la tarde. La anciana seguía sentada en el mismo lugar, con el cabello desordenado y los surcos del llanto grabados en el colorete de las mejillas. La facultativa se puso de cuclillas ante ella y le sujetó las huesudas rodillas con las manos.

-¿Ya ha tomado una decisión? ¿Autoriza la desconexión?

-Nunca.

-Comprendo las dudas morales y religiosas que le embargan. Pero la decisión es mía. Usted carece de responsabilidad.

-No lo entendéis. No lo entendéis. No lo entendéis. Son cincuenta años. Cincuenta años.

-Toda una vida juntos. Claro. Es durísimo. Pero será mejor para él, dejará de sufrir.

-No sabéis nada. Creéis que la ciencia lo es todo. ¿Y el corazón? ¿Y los sentimientos?

-Por eso mismo, señora. Se acabará el dolor.

-¿Ves? No lo entendéis.

-Solo consiste en apretar un botón. Y todo se acabó. Paz.

-¡No lo entendéis! Este desgraciado me ha hecho daño cada día durante cincuenta años. Me ha amargado toda la existencia. Me ha maltratado. Me ha golpeado. Cada día. ¿No entendéis que quiero que padezca hasta el último segundo? No quiero que me robéis un solo segundo de su dolor.

La doctora palideció. La anciana dejó el box 7C dando un portazo. Retornó al amanecer, con su bolso gastado. Nadie desconectó a su marido. Falleció dos semanas después.

La viuda volvió al siguiente. Ataviada con un vestido de flores y unas zapatillas rojas. El cabello recogido con una lazo de raso colorado. El bolso se había quedado en casa. En su lugar portaba en las manos una bandeja de pasteles que repartió entre el personal.

Dejó dos en el despacho de la doctora.