histórico olvidado

Medio siglo a la moderna

09.02.2020 | 09:02
Relatos

MEDIO siglo de vida le fue suficiente para dejar en el aire el perfume de una leyenda musical, pese a que la suya no fue una vida de fáciles comienzos. No en vano, al quedar huérfano a la edad de doce años, asumió su crianza su abuelo Andrés Isasi Zulueta; un notable banquero y prócer local que había sido nombrado Marqués de Barambio por Amadeo I. Tanto él como su consuegro Ciriaco Linares fueron partícipes en la sociedad promotora del futuro Teatro Arriaga, de la que sería secretario el padre del compositor, Andrés Isasi Murgoitio.

Andrés Isasi realizó sus primeros estudios musicales con el reputado pianista y compositor Miguel Unceta, destacando pronto por su talento y precocidad. En 1908 ya era autor de un nutrido catálogo de piezas pianísticas y de cámara, parcialmente publicado por la editora bilbaina Lazcano y Mar. Ese mismo año fue saludada con entusiasmo su presentación pública como intérprete y compositor en la Sociedad Filarmónica de Bilbao.

En 1909 se trasladó a Berlín para estudiar composición con Engelbert Humperdinck, discípulo de Richard Wagner. Allí estrenó varios poemas sinfónicos. Isasi se afilió en 1913 a la recién fundada Asociación de Artistas Vascos y colaboró con dicha entidad en una reivindicativa Fiesta de Arte celebrada en la Filarmónica con apoyo de Unamuno y otros artistas e intelectuales bilbainos.

El músico regresó definitivamente a Bilbao en 1914, tras el estallido de la Guerra Mundial. Un año más tarde presentó con éxito Amor dormido en el Campos Elíseos, si bien el germanismo de la partitura fue causa de controversia entre la crítica. Entre 1915 y 1916 colaboró con el Orfeón Euskeria en una serie de conciertos populares. En suspenso, en el aire de los sueños perdidos, quedó su proyecto de crear una ópera vasca con libreto de Emiliano de Arriaga, Lekobide.

Isasi se alejó de la vida pública a partir de su boda, en 1916, retirándose a su palacete familiar de Algorta, en Getxo. En esa intimidad escribió sus cuatro últimos cuartetos (c. 1920), que inaugurarían su etapa más hermética y personal, siempre tendente a una progresiva depuración estilística.

Otras piezas corales serían estrenadas en la década de 1930 y pese a alguna que otra reposición ocasional, la proyección pública del compositor ya se había apagado antes de su prematuro fallecimiento. Su legado se conserva en la Escuela de Música Municipal de Getxo, que lleva su nombre.

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