Capítulo uno: Una muerte inoportuna
Un extraño silencio contenido, como una respiración suspendida, se había adueñado de los polvorientos corredores bajo el teatro. Denso como las sombras que infestaban aquel lugar, el mutismo se había hinchado hasta que las solemnes paredes, atentas y vigilantes, ya no podían contenerlo.
Hasta que comenzaron los gritos.
Emberlyn alzó la cabeza con brusquedad cuando los chillidos rasgaron el aire, desgarrando el silencio del dormitorio. Recogió el montón de mapas extendidos sobre la cama y los metió bajo el colchón, poniéndose en pie para abrir la puerta de golpe y asomarse al pasillo que bostezaba somnoliento. La tenue luz de los apliques tembló como si el estruendo la perturbara, alumbrando apenas en la oscuridad. La sangre le martilleaba en los oídos mientras los gritos se transformaban en aullidos de agonía.
La ficha
- Título: Girls of dark divine
- Autora: E. V. Woods
- Traducción: Ana González M.
- Género: Novela gótica
- Editorial: Kiwi
- Páginas: 504
De pronto, resonó el golpeteo de unos pasos apresurados. Emberlyn se quedó mirando mientras una figura pálida, vestida de blanco, aparecía al fondo del pasillo.
Jia. La más joven de las Marionetas corría hacia ella con lágrimas brillando en las mejillas.
—¡Emberlyn! —gritó.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué gritan?
—Es Heather.
El aliento se le quedó atrapado en la garganta. Al instante, cualquier rastro de frustración se desvaneció. La vista le dio vueltas mientras salía al corredor y dejaba que Jia le agarrara la mano.
—Llévame hasta ella —la apremió Emberlyn.
El olor a polvo y cera derretida le espesaba la saliva de la garganta mientras corrían entre las sombras. Al acercarse a la sala común, distinguió las voces de sus hermanas. Los alaridos habían dado paso a sollozos dispersos y amargos, interrumpidos por algún gemido apagado.
Sentía la ausencia de la voz melosa de Heather como un peso en el estómago.
Cinco pares de ojos se volvieron hacia Emberlyn cuando irrumpió en la estancia, junto a Jia. Varias de sus hermanas, las Marionetas, permanecían de pie en la sala común, rodeando una figura encogida en posición fetal a sus pies. El camisón azul pálido de Heather se desparramaba a su alrededor, cubierto por una fina capa de polvo plateado de las tablas del suelo. El fuego de la chimenea rugía, pero Emberlyn no percibía calor alguno mientras contemplaba los rostros de las Marionetas, retorcidos en muecas de dolor.
Rosalyn y Miriam miraban al suelo, incapaces de alzar la vista hacia su hermana muerta. Anushka rodeaba con los brazos a Ida, que había hundido el rostro en su espesa melena oscura, sacudida por sollozos incontenibles.
Entonces, el olor golpeó a Emberlyn, haciéndola tambalearse hacia atrás.
El hedor de la maldición de una Marioneta: la podredumbre que había destruido desde dentro a la muchacha tendida en el suelo, escapando ahora de su cuerpo. Ácido. Agrio. Como verduras viejas empapadas en vinagre, con un trasfondo infinitamente peor. Un cementerio helado en plena noche. Un ataúd que se abre tras cien años sellado con clavos.
Emberlyn se cubrió la boca y la garganta se encogió en protesta. Luchó contra las náuseas y se obligó a mantenerse firme.
—Simplemente cayó al suelo —balbuceó Anushka, con la voz temblorosa y ronca—. Dijo que se sentía rara, se levantó y… y se desplomó. —Negó mientras Ida dejaba escapar otro gemido ahogado contra su cuello.
El dolor trató de aferrarse al corazón de Emberlyn, pero chocó con un muro de hielo que sofocó cualquier chispa antes de prender. Debía mostrarse inquebrantable mientras sus hermanas se desmoronaban; como la Marioneta que más había sufrido, le correspondía ser fuerte por todas. Pero al bajar la mirada hacia el cuerpo inmóvil ante ella, Emberlyn no pudo evitarlo.
Pensó en Esme. La primera de las Marionetas, y la única que había muerto por la maldición. Hasta ahora.
Recordó cómo Esme también había caído de repente, desintegrándose ante sus ojos mientras la oscuridad le arrebataba el último aliento a un pecho que se aquietaba en silencio. Recordó la sensación abismal de su frágil mundo partiéndose en dos mientras sostenía la mano agonizante de quien la había guiado a través de aquella existencia cruel. Aquella mano que se enfrió con lentitud entre sus dedos calientes.
El antes y el después. La muchacha que la quiso y el primer cuerpo que enterró.
Había deseado con toda su alma que fuera el último.
Emberlyn recorrió la sala con la mirada. Encontró a Aleida hecha un ovillo en el sillón junto a la chimenea, abrazándose las rodillas y apartándose del bulto en el suelo, mientras el resplandor de las llamas acariciaba su piel morena. Su espeso cabello oscuro caía sobre un hombro en una trenza desordenada, como si la hubiera rehecho con manos temblorosas. Sus ojos se alzaron hasta encontrarse con los de Emberlyn.
En ellos habitaban los mismos recuerdos, mientras la historia se repetía ante las dos.
Emberlyn rompió el contacto visual y avanzó, dejándose caer de rodillas junto a Heather. Se preparó para el olor, apretando los dientes para acallar las imágenes que emergían de su memoria. Imágenes que llevaba tanto tiempo intentando desterrar, luchando por olvidar. Extendió la mano y pasó los dedos por el cabello dorado como la miel, esparcido sobre el suelo como serpientes muertas. Apartó los mechones del rostro de Heather.
Miriam dejó escapar un grito y salió corriendo de la sala, mientras sus alaridos resonaban por el corredor.
Emberlyn se estremeció, pero centró su atención en el cuerpo de su hermana.
Heather parecía llevar muerta un año en lugar de un minuto. Los labios se le habían retraído, dejando al descubierto los dientes, y una lengua, ennegrecida e hinchada, colgaba de forma grotesca por la comisura de la boca. Sus ojos, cubiertos de costras, miraban a la nada, despojados de todo rastro de la luz que solían tener. La piel se le había tensado sobre los pómulos salientes, y las venas formaban un entramado negro bajo aquella superficie blanquísima, casi translúcida, fina como el papel.
Emberlyn tomó la mano de Heather y apretó la palma helada contra la suya.
Unos pasos pesados resonaron en el pasillo.
Emberlyn se puso en pie de un salto mientras las Marionetas se apresuraban hacia los rincones más alejados de la puerta, formando una extraña fila de luto tras el cuerpo de su hermana. Se alisaron las faldas, se restregaron las lágrimas del rostro y entrelazaron las manos a la espalda, con la vista clavada en el suelo. Emberlyn alzó la barbilla y fijó la mirada en la puerta sumida en las sombras, escuchando con el corazón desbocado cómo los pasos se hacían más fuertes. Más cercanos.
Las Marionetas contuvieron el aliento cuando el Amo de las Marionetas entró en la sala común.
—¿Qué es todo esto…? ¡Oh, por el amor de Dios!
Malcolm Manrow arrugó la nariz al detenerse en el umbral, con su imponente figura ocupando el espacio. Llevó la mano al bolsillo del pecho, del que extrajo un pañuelo bordado en oro y se lo puso en la nariz, frunciendo el ceño con fastidio. Cuando sus ojos se posaron en la figura inerte del suelo, sus labios se apretaron bajo el pulcro bigote.
Algunos podrían considerar apuesto a Malcolm Manrow. Algunos desearían ser destinatarios de la sonrisa cautivadora que a menudo iluminaba sus ojos, recrearse en el brillo de sus dientes, perfectamente alineados y blancos como perlas. Era cierto: podía ser encantador hasta el infinito cuando le convenía. Cuando quería que la gente creyera cosas sobre él que sencillamente no eran verdad. Pero para Emberlyn —y para el resto de las Marionetas— era abominable. Era un Amo monstruoso que manejaba sus hilos invisibles.
Malcolm apoyó el pulgar en la faja de elaborado estampado y suspiró.
—¿Otra más? Esto es increíblemente inoportuno. —Su voz era como el hielo: resbaladiza y dura. Fría. Malcolm contempló a Heather un instante más, negando irritado, antes de alzar con brusquedad la mirada hacia las Marionetas. Las examinó en silencio. Los hombros de todas cayeron, sus respiraciones se volvieron entrecortadas, como si no se atrevieran a hacer el menor ruido sin su permiso. Volvió a negar, exasperado—. Ahora tendré que perder tiempo buscando a alguien que la sustituya.
Emberlyn cogió aire con fuerza al escuchar aquellas palabras.
Malcolm giró la vista hacia ella al captar el sonido y, aunque se quedó rígida, le sostuvo la mirada con un fulgor cargado de odio.
Él se apartó, impasible, y avanzó hacia las Marionetas mientras guardaba el pañuelo en el bolsillo, olfateando el aire con cautela.
Todas retrocedieron a su paso, incluida Emberlyn, pese a la rabia que le hervía en la sangre.
Malcolm se detuvo junto a Heather; su ceño se acentuó mientras las manos le temblaban sobre el cuerpo, como si tanteara una conexión invisible. Inclinó la cabeza, pensativo, y luego se agachó para aferrarle la barbilla, obligando a su rostro, que empezaba a desmoronarse, a volverse hacia él.
—¡No la toque! —exclamó Emberlyn, horrorizada, avanzando varios pasos antes de ser consciente de lo que hacía.
Varias de sus hermanas la sujetaron con los brazos, pero, cuando Malcolm alzó la vista hacia ella, el miedo le atravesó el pecho y se detuvo. Ante la dureza de su mirada, bajó la cabeza y clavó los ojos en el suelo, notando cómo el calor le subía por el rostro.
Sentía los ojos de Malcolm fijos en ella.
La estancia se llenó de un pánico mudo y contenido mientras las Marionetas miraban a Emberlyn y luego a Malcolm, preparándose para lo que estaba por venir.
De pronto, él se irguió y caminó hacia Emberlyn, sus pasos pesados interrumpidos solo para franquear el cuerpo de Heather. Un frío cortante inundó sus venas cuando alzó la cabeza y se encontró con unos ojos entornados, enrojecidos, marcados por incontables noches envueltas en vapores de alcohol. Retrocedió tambaleándose mientras las Marionetas se apiñaban a su alrededor, aunque todas sabían que nada podrían hacer por protegerla.
Malcolm no se detuvo hasta que la tela de su ropa rozó las yemas de Emberlyn. Ella tenía las manos extendidas en un gesto inútil de defensa y la mirada errante, buscando una salida. Contra su voluntad, su cabeza se giró hacia Malcolm. Aquello que había matado a Heather —la maldición que corría por las venas de las Marionetas y las forzaba a obedecer— despertó con violencia. Emberlyn siseó, pero mantuvo los ojos bajos y el corazón desbocado, mientras él rodeaba su rostro con los dedos.
—Mírame —ordenó.
Los ojos de Emberlyn se alzaron al instante para encontrarse con los suyos.
—Sabes lo que tienes que hacer, ¿verdad? —preguntó, con voz serena.
Emberlyn tragó saliva. La maldición cedió lo suficiente para permitirle asentir, temblando bajo su mano. Malcolm la observó un momento más, recreándose con un placer enfermizo en las lágrimas que asomaban en sus ojos. Finalmente, sonrió. Aquella misma sonrisa con la que se abría paso por el mundo. La que hacía suspirar a las damas y revolvía el estómago de Emberlyn.
Lo odiaba. Odiaba la bestia repugnante que se ocultaba bajo su fachada. Ojalá el mundo pudiera verlo en ese instante. Ojalá todos supieran quién era en realidad.
Sobre la autora
E. V. Woods es una autora de literatura juvenil de Reino Unido que ha estado escribiendo casi desde que tiene memoria. Escribió su primer cuento cuando tenía seis años, su primera novela completa a los quince y, desde entonces, no ha dejado de hacerlo. Adora todo lo fantástico y le encanta escribir historias entrelazadas con oscuridad y magia, maldiciones y esperanza. Es una viajera apasionada, una gran fan de la música y posee una licenciatura en Literatura Inglesa con Escritura Creativa por la Universidad de Birmingham. Es infinitamente curiosa y siempre está buscando descubrir algo nuevo, ya sea leyendo libros, viendo series acurrucada con sus gatos o a través de las muchas aventuras que pasa horas soñando despierta.