HOY, 2023

Hay una planta que agoniza en la esquina de la sala de espera. Las hojas, ovaladas y de un verde parduzco, se doblan derrotadas hacia el suelo. Un roce. Solo se necesitaría un roce para separarlas del tallo que las sostiene. Pero resisten. Y a Samuel le conmueve esa ingenua terquedad, porque se siente identificado.

—Siéntese hasta que lleguen todas las personas citadas.

Acepta la sugerencia, aunque no contesta. Ha visto su mirada. Odia las miradas vanidosas. Es capaz de soportar la condescendencia si da por hecho que nace de la amabilidad, pero se le atraganta la pedantería. Así que no dice nada y, cuando el hombre desaparece por la puerta que conduce a la recepción de la notaría, en la sala solo se quedan él y la planta.

Sobre la mesa auxiliar hay un cuenco con caramelos mentolados. Samuel se mete uno en la boca. Un minuto después, coge un segundo, un tercero, un cuarto, un quinto, un sexto y un séptimo; satisfecho, se los guarda en el bolsillo. Le cuesta lo suyo, pues, ajeno a las modas, aún se empeña en usar pitillos que remarcan su figura desgarbada. Mientras juguetea con el caramelo entre los dientes, sonríe al evocar lo que ella solía decirle: «Es asombroso lo mucho que te pareces a Mick Jagger. A-som-bro-so». Y luego se reía como solo Dalia sabía hacerlo: dejando que el sonido se le derramara de la boca.

Era una risa líquida e hipnótica.

Con un suspiro exagerado, se repantinga en el sofá, por si el tipo pedante anda cerca y se escandaliza al ver su pose despreocupada. El reloj avanza lentamente. La planta se muere, como él y todo el mundo, segundo a segundo. Impaciente, mastica el caramelo con fuerza y el sabor le estalla en la lengua. Fuera llueve, y las gotas repiquetean con timidez contra el cristal de la ventana. Pero, si cierra los ojos, Samuel puede viajar atrás atrás atrás. Y entonces hace un sol radiante, los días son dorados y todo huele a primavera.

La portada de 'El Club del Olvido'. Elkar

PRIMAVERA, 1993

Samuel

1

AMANECÍA, Y ENTONCES...

los únicos sonidos que perturbaban la madrugada eran la sirena lejana de un coche de policía, el rumor de las cañerías del edificio y el roce de las sábanas sobre la piel cuando ella se giró para entrelazar sus piernas con las de él. La chica estaba fría y el chico, caliente. El pelo de ella, rubio y largo, se enredaba entre sus cuerpos desnudos.

SAMUEL: Ha sido genial.

DALIA: Supongo que sí...

SAMUEL: ¿Qué...? ¿Qué significa eso? Va, no me vengas con esas, si lo has disfrutado tanto como yo. Nadie finge así de bien.

La risa de Dalia llenó la habitación.

DALIA: ¿Tienes un cigarrillo?

SAMUEL: Sí, espera... Queda uno. El último.

DALIA: Detesto compartir, pero...

Ella lo encendió y le dio una honda calada antes de pasárselo. Él ignoró los restos de carmín rojo que Dalia había dejado en la boquilla. Se quedaron sumidos en un silencio cómodo, mientras el cigarrillo se consumía de mano en mano. Olían a alcohol, a sexo y a juventud. Eran las tres de la madrugada de un viernes de primavera, corría el año 1993 y estaban en una ciudad sin nombre e indefinida que permanecía dormida y a oscuras.

La ficha

  • Título: El Club del Olvido
  • Autora: Alice Kellen
  • Género: Novela
  • Editorial: Planeta
  • Páginas: 480



SAMUEL: Aún no me has dicho a qué te dedicas.

DALIA: Ya. Ni dónde vivo. Ni qué edad tengo. Ni cuál es mi apellido. Ni cómo se llaman mis mascotas. Ni si soy más de Pepsi o de Coca-Cola.

SAMUEL: ¿Cómo se llaman tus mascotas?

DALIA: ¿De verdad te interesa saberlo?

SAMUEL: ¿Por qué no?

DALIA: Rin, Júpiter, Tana, Chispas, Otelo, Bambú, Merlín, Risa y Atenea.

Él se movió para mirarla a los ojos.

SAMUEL: ¿Tienes nueve gatos?

DALIA: Son gusanos, y acabo de inventarme los nombres. Pero les pondría uno si pudiese diferenciarlos y su existencia no fuese tan corta.

SAMUEL: ¿Tus mascotas son gusanos...?

DALIA: Sí. De seda. Preciosos. Suaves.

SAMUEL: Joder, qué raro...

DALIA: Lo dice alguien que aún tiene adornos navideños en su habitación. ¿Estamos a 27 o 28 de marzo? Nunca sé en qué día vivo.

El chico se encogió de hombros mientras bostezaba.

SAMUEL: Me parece una pérdida de tiempo quitarlos cada año para volver a ponerlos en diciembre. Es como esa tontería de hacer la cama por la mañana, un bucle sin sentido.

¿A quién se le ocurrió? No va conmigo. Soy un tipo práctico.

DALIA: Resultan curiosas las grietas que existen entre alguien práctico y alguien pragmático. Oye, ¿eso que cuelga de la lámpara es un calcetín?

SAMUEL: Me gusta tener las cosas a mano. (La miró). ¿Y por qué hablas así?

DALIA: Sé más específico.

SAMUEL: Tan... refinada.

DALIA: A menudo, hago lo siguiente: abrir un libro.

SAMUEL: Vamos, que eres una niña de papá. Déjame que lo adivine: vives en el barrio alto, anoche saliste con tus amigas, bebiste dos copas de más, empezaste a sentirte salvaje y...

DALIA: ... ¡apareciste tú en escena!

SAMUEL: ¡Tachán! Tu día de suerte.

DALIA: Lo señalaré en rojo en mi agenda.

SAMUEL: Y luego escribe: «El mejor orgasmo de mi vida».

DALIA: Podría hacerlo. Total, nunca digo la verdad.

SAMUEL: ¿No? ¿Te pasas el día mintiendo?

Un rictus serio atravesó el rostro de ella.

DALIA: A todas horas. Sin cesar. Siempre.

SAMUEL: Si no tuvieses esa cara tan angelical, darías miedo. Veamos... (miró la mesilla de noche), son las tres y veinte. Deberíamos dormir.

DALIA: ¿Me estás sugiriendo que me marche?

SAMUEL: No, quédate. Pero mañana es un día importante y necesito tener las pilas cargadas. ¿Te da igual el lado? Yo prefiero el izquierdo.

DALIA: ¿Por qué es un día importante?

SAMUEL: Se inaugura el mejor local de copas de la ciudad.

DALIA: ¿Y cómo sabes que es el mejor si aún no ha abierto?

SAMUEL: Porque soy uno de los socios y te puedo asegurar que será un éxito fulminante. Se convertirá en un lugar mítico.

DALIA: Vas de confianza hasta las cejas.

SAMUEL: Ven mañana y luego me dices si tengo razón o no. Pero no esperes un sitio de pitiminí, porque es un local auténtico. Y con esto quiero decir que mejorará en cuanto se caigan al suelo varias cervezas y alguien vomite en los sofás.

DALIA: ¿Hay sofás?

SAMUEL: Del Rastro. No puedo prometer que no tengan chinches, pero dan el pego.

Digamos que la decoración es caótica, como nuestra amistad.

DALIA: ¿«Nuestra amistad»? Espera, ¿qué me he perdido?

SAMUEL: Somos cuatro socios.

DALIA: Guau, cuatro cerebros masculinos para poner unas copas.

SAMUEL: Mira qué graciosa. En realidad, llevamos años trabajando en otros locales y pensamos que ya era hora de abrir el nuestro.

DALIA: ¿Y por qué es caótica vuestra amistad?

SAMUEL: Cosas de barrio, no lo entenderías. Nos conocemos desde que éramos críos. Nunca hay que alejarse de los que están contigo cuando te haces las primeras cicatrices. Aunque quizá tú ni siquiera tengas de eso. A ver, déjame ver tus piernas...

DALIA: ¡Para, para! ¡Ay! (Se rio).

SAMUEL: Oye, tienes varias.

DALIA: Fui una niña traviesa.

Ella se levantó de la cama, cogió la camiseta que colgaba de la lámpara de noche y se la puso. Buscó el pantalón y lo encontró en el suelo, arrugado, junto a la alfombra.

SAMUEL: ¿No te quedas a dormir?

DALIA: No. Solo te tomaba el pelo.

SAMUEL: A mí no me molesta...

DALIA: Ya. Pero a mí sí.

SAMUEL: ¡Qué dolor!

Sonriente, Samuel se llevó las manos al pecho, como si Dalia le hubiese clavado un puñal en el corazón. Luego se puso unos calzoncillos.

SAMUEL: ¿Cómo piensas volver a casa?

DALIA: No te preocupes, cogeré un taxi.

SAMUEL: Ah, toda una señorita...

DALIA: En efecto. Nacida para eso.

Él intentó no hacer ruido al atravesar el salón, porque sus compañeros de piso dormían desde hacía horas. Estaba tan habituado al desorden que ni se le pasó por la cabeza disculparse por el plato con espaguetis secos sobre el sofá o los restos de confeti de una fiesta de cumpleaños celebrada dos semanas atrás, que ya formaban parte de la decoración. Como el gato que se lamía una pata en un rincón, negro y poco agraciado.

SOBRE LA AUTORA

Alice Kellen (Silvia Hervás) nació en Valencia en 1989. Es una enamorada de los gatos, el arte y las visitas interminables a librerías. Además, le encanta vivir entre los personajes y las emociones que plasma en el papel. Ha publicado dieciséis novelas, entre ellas Nosotros en la luna, El mapa de los anhelos, La teoría de los archipiélagos, Donde todo brilla, Quedará el amor y Sigue lloviendo, que han fascinado a más de tres millones de lectores. El Club del Olvido es su última novela. Se le puede seguir en su cuenta de Instagram @alicekellen_

Nadie sabía cómo había llegado hasta allí, pero no eran capaces de echarlo. Se había convertido en un inquilino más.

Dalia salió al rellano y se giró hacia él.

DALIA: ¿Dónde será la gran inauguración?

SAMUEL: Aquí al lado, al final de la calle.

DALIA: Bien. Puede que me pase un rato...

SAMUEL: No te arrepentirás. Trae a tus amigas y yo te presentaré a los chicos. Para ti, copas gratis toda la noche y acceso a la zona vip.

Ella arrugó la nariz y subió al ascensor. Mientras se ajustaba la ropa, se miró fugazmente en el espejo. Las puertas empezaban a cerrarse cuando preguntó:

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DALIA: ¿Cómo se llama el sitio?

SAMUEL: El Club del Olvido.