Montpellier, un rodillo francés
El multimillonario francosirio Mohed Altrad, dueño del Montpellier ha construido un gran equipo y es probable que, después de triunfar en San Mamés, lo lleve más alto todavía, por algo es el magnate de los andamios
El rugby es un deporte de invierno. Agua en el cielo, plumíferos en los banquillos y barro en el rostro. Incluso cuando las selecciones o clubes completan giras por el hemisferio sur, lo hacen en verano. En el verano de aquí. Siguen viviendo el invierno. Los grandes jugadores pueden vivir años seguidos de un invierno continuo. Para el rugby europeo, el verano es oscuro y alberga horrores. Justo lo contrario a Juego de Tronos.
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El Principado continental del oval en juego ayer en San Mamés comenzó con cerca de 30 grados sobre la hierba. Cuando al talonador del Ulster, Tom Stewart, le recordaron la previsión de temperaturas horas antes del choque, restó trascendencia al calor. La clave será hidratarse bien, dijo Stewart. Pero la hidratación estaba en una grada, que se lo pasó cañón al margen del resultado. Timoney, la encarnación de la potencia hecha tercera línea, ensayo tras una larga jugada de balones cortos del Ulster. Sucedió a los cinco minutos de partido. Y ese fue el canto del cisne del XV norirlandés. Continuaron cinco minutos más jugando según el plan, balones muy cortos, incluso con los tres cuartos cortando hacia los delanteros en lugar de buscando la zona ancha del pasto. No querían carreras largas, todos bien juntitos. En Belfast, por estas fechas, oscilan entre los 9 y los 15 grados. En Montpellier, al sur del pentágono galo, donde huele a Mediterráneo, lo habitual es acercarse a los 25 grados por estas fechas.
El planteamiento de los de azul era completamente distinto. Abrir hasta el ala, patada profunda, combinar, galopar a la espalda de los isleños. Así descosieron la defensa rival un par de veces antes de empatar el resultado. Después, se produjo un accidente. Cuando ya era evidente que el Ulster perdía terreno cada vez que atacaba, Izukchukwu encontró una puerta cerca de la 22 francesa. Y no hubo manera de pararlo. Seguramente ni con una pistola táser hubiera sido posible.
Pero si lo de Timoney al inicio del encuentro fue el canto del cisne. Lo de Izukchukwu fue un espejismo. Desde ese momento, el Montpellier dominó incluso el juego cerrado. Y así fue como llegó el final del partido. Tras un dominio total, el juez Carley determinó un golpe de castigo a favor de los galos. Dentro de la 22 norirlandesa, Mingo Miotti no busco los palos. Eligió la touche. La maule posterior entró en la zona de marca como si se tratara de un juego en el patio del colegio. La única esperanza de los isleños residía en dominar en la delantera. Y los franceses acaban de arrollarles.
Lo volverían a hacer en una segunda parte que fue de buen rugby, pero sin tensión. Quizá con los ausentes Rob Herring, Stuart McCloskey, Jacob Stockdale e Iain Henderson en San Mamés, el resultado hubiera sido otro. A lo mejor con plumíferos en los banquillos, la final hubiera transcurrido de otra manera. Pero los suplentes del Ulster llevaban pequeños ventiladores en la mano para refrescarse. Todavía consiguieron dos ensayos más los de Murphy. El orgullo no se derrite por mucho que suban las temperaturas.
Al margen de ausencias y calor, conviene constatar que el multimillonario francosirio Mohed Altrad ha construido un gran equipo que domina todas las fases del juego. Es probable que lo lleve más alto aún. Por algo, Altrad es el magnate de los andamios.