La precocidad sobre una tabla
Con apenas 12 años, el bermeotarra Ian Ponciano deslumbra en el mundo del skate y se pone un objetivo claro: los Juegos Olímpicos de Tokio
en la bacheada pista de Bermeo, una figura menuda quema asfalto con estilo. No tiene la tabla pegada a los pies, pero sus suelas no se separan de ella. Convierte a la velocidad en su amiga y, donde otros ven peligro, él solo siente la adrenalina. Exprime tanto la pavimentada piscina azul que, cuando acaba el día, ya no le queda ningún recóndito lugar de ella por probar. Por saborear. Porque este chico no salta, vuela. Juega con la gravedad, ralentiza el tiempo en el aire y realiza trucos de la vieja escuela, de la nueva y de la que él quiera. Es Ian Ponciano (Bermeo, 2007) y, debajo del casco, las rodilleras y las coderas, esconde al gran talento del skate estatal. Acaba de cumplir 12 años, pero no es ninguna promesa, ni un niño de oro. Es el presente. Es una realidad. Tanto, que Ian compite ya en categoría absoluta, juega contra gente que le triplica la edad y le dobla la experiencia y el peso. Y se engorila. De hecho, obtuvo un brillante puesto 16 en el prestigioso World Rollers Game de Barcelona y eso que volvía tras una lesión de rodilla que le mantuvo apartado de las pistas más de lo deseado. En 2018, terminó el 34º en el primer Mundial de skate que se celebrara en la historia y además adelantó posiciones en el ranking estatal hasta colocarse en la sexta posición. Y todo con 12 veranos.
Porque Ian es tan precoz que muchas veces queda fuera de toda administración. Como le ocurrió a la Fundación Basque Team, que no pudo otorgarle una beca al skater bermeotarra por no tener todavía los 16 años. “No cumple los criterios administrativos, no tiene 16 años y no tiene el decreto de deportista de alto nivel. Pero es que él es alto nivel. Ha estado en un Campeonato del Mundo de categoría absoluta”, explica Olatz Legarza, coordinadora de Basque Team. A pesar de ello, Ian sí figura dentro de la Fundación: “Le queríamos contemplar dentro de la estructura porque tiene un talento increíble. Es tan prematuro que no podía ser de otra forma, pero la solución que hemos encontrado es que entre en Basque Team como embajador. Entonces, a medida que tenga necesidades, la Fundación irá cubriéndolas. Tema viajes, materiales, entrenamiento... Son 5.500 euros como el resto, repartidos según él vaya viendo”, prosigue Legarza.
Ian representa a una nueva generación de skaters buenos y ambiciosos. Con alma de ramperos, con esencia de cemento. Es por eso que, tras la presentación de las becas de Basque Team, el bermeotarra fuera muy claro con su futuro más próximo: “Para mí es muy importante pertenecer a Basque Team, así que estoy muy contento. Ahora solo queda seguir entrenando, mejorando y el año que viene, si puedo, Tokio”. Ian no oculta que los próximos Juegos Olímpicos son su objetivo. En Japón, el skate debutará como deporte olímpico. Será la primera vez que esta modalidad esté cobijada bajo el calor del pebetero y el bermeotarra no quiere perdérselo. Llegará por los pelos, por apenas un mes, puesto que la edad mínima para participar en los Juegos es de 13 años, justo las primaveras que el skater cumplirá en junio de 2020. “Estamos acostumbrados a que haya niñas muy jóvenes en gimnasia rítmica, pero nos sorprende en otros casos. Ian es un deportista increíble”, recalca Legarza. Lo cierto es que a Ian todavía le queda un largo recorrido para sellar su pasaporte olímpico. Su presencia en Tokio, aunque deseada, todavía está en el aire. Sin embargo, el bermeotarra forma habitualmente parte de las expediciones que monta el seleccionador estatal absoluto, Alain Goikoetxea. De ahí que la ilusión de este joven de 12 años se mantenga intacta.
El mejor susto de su vida Ian comenzó en el skate gracias al momento más angustioso de su corta historia. Tenía apenas seis años cuando el surf entró a formar parte de su vida, sin embargo, un día, el mar revuelto le enseñó los dientes y le revolcó hasta la arena. Fue entonces cuando decidió mirar tierra adentro: “Ama, cómprame un skate que con eso no me voy a ahogar”, dijo. Y ahí comenzó todo. Empezó a pillarle el tranquillo sorteando turistas en Torrevieja, donde veraneaba con la familia. Tres años más tarde, ya se estaba engorilando en los campeonatos. Llamó la atención, despuntó. Pero él siguió a lo suyo. Patinaje por afición. Por gusto. Ese pasotismo le hizo grande, le permitió seguir siendo niño a pesar de estar incumpliendo todas las reglas de la precocidad. Aquellas que no le permiten recibir una beca a pesar de ser un deportista de alto nivel. Con todo, Ian sigue soñando con piscinas de cemento y con unos Juegos Olímpicos que le llegarían como el regalo perfecto a su décimo tercer cumpleaños.