Observando el atardecer
El atardecer es seguramente el momento del día al que más se refieren los poetas, pintores o compositores de música, y ello porque lo consideran como escenario muy privilegiado, el que contiene más y mejor complicidad. El atardecer no tiene la luz o la fuerza vital del día, pero sin duda goza de un ambiente de reposo, de sosiego y de paz. También nosotros, como personas, solemos disfrutar de ese momento después de un día bien ocupado por nuestras múltiples actividades cotidianas. Un momento de tranquilidad, de reflexión sobre lo acontecido, las previsiones para el día siguiente, de fiesta o de descanso en medio de nuestra familia, de la militancia política ejercida con la mejor de las voluntades comprometidas o de los amigos/as, contemplando a veces la maravillosa naturaleza que nos rodea, el cielo, las estrella o la luna misma, el río, ola mar, la playa y las gaviotas. Atardeceres lánguidos y sobre todo esperanzados porque pronto descansaremos y sabemos que el día siguiente amanecerá otro día todavía más maravilloso, inquietante y retador. El atardecer se prolonga, o la prolongamos, con la velada misma. Las muevas tecnologías nos permiten prolongar ese atardecer por medio de la luz eléctrica, la televisión, el ordenador u otros elementos tecnológicos difícilmente controlados por eso de las edades sobrevenidas. A veces deseamos prolongar un poco más, demasiado, artificialmente, la velada posterior hasta largas horas de la noche por un infundado temor a quizás dar por finalizada la jornada cual espuela forzaga e incluso inventada artificialmente. Incluso el cansancio acumulado bastante a menudo da bruscamente por finalizada la jornada antes de lo que hubiésemos deseado.
Evidentemente todas las personas, todas, también, tenemos nuestro atardecer. Cada uno suele mirar su pasado de manera muy subjetiva. Hay vidas en nuestros alrededores que a todas luces suelen ser dolorosas y difíciles de llevar. Desgraciadamente basta mirar a nuestro entorno más o menos próximo para darnos cuenta de ello. Procuramos que nuestra vida siga siendo “normal”, a veces como positiva o negativa. Todos y todas hemos vivido acontecimientos agradables y también no deseados. Y no deseo lamentarme por ninguna de estas vivencias no gratas, primero porque no cambiaría nada y sobre todo porque no tengo derecho a ese lamento o protesta inútil. Y también, sí también, porque esos aspectos aparentemente no positivos o negativos han conducido mi vida por ese camino de encrucijadas varias que me han colmado. Afirmo que he sido una persona con mucha suerte, un calamidad con mucha suerte, he sido un agraciado, muy agraciado. Muchos de mis anteriores compañeros de viejas luchas y compromisos varios o de relaciones de trabajo han acabado siendo amigos con quienes he seguido manteniendo una relación amistosa desde hace ya muchos años. Estimo que es una de las grandes riquezas de mi vida. De alguna, y modesta, manera he querido ser de utilidad para mi país, Euskadi, y he tratado de servir al bien común que de mi Pueblo Vasco, aunque no sepa hasta qué punto ello haya podido resultar provechoso.
Agradecido, cómo no, a Aita Inosen y Ama Xixili, y con ellos a toda la familia que he conocido en mi infancia y juventud, hablo de mi hermana Arantxa y hermano Juan Ramón. A pesar de circunstancias difíciles y muy dolorosas, tuve que abandonar muy precipitadamente el hogar materno-paterno y mis estudios universitarios a los 20 años, también he sido feliz en esa época de mi juventud comprometida al límite soportable.
Recibimos con mis hermanos todo lo más que uno puede pretender en esta vida: un amor y cariño enorme a lo largo de toda su vida, y una educación basada en los verdaderos valores, un ejemplo. Conocí circunstancias muy duras y dolorosas debidas a mi actividad política, a mi compromiso político por y para Euskadi, la libertad y la democracia en los tiempos oscuros del franquismo, la dictadura y la represión política. Tiempos en los que conocí la clandestinidad más rigurosa, detención policial a manos de la BPS, torturas sin piedad, encarcelamiento, juicio y dura condena, huelgas de hambre y motines carcelarios. Tiempos muy dolorosos y oscuros en los que lloré desconsolado, no me avergüenzo de ello, por militantes, compañeros de lucha, amigos fusilados, muertos tiroteados y desaparecidos. Épocas muy complicadas en las que, creo, forjé a fuego lento mi actual carácter resilente, creo. Épocas desgraciadas que vieron su fin y luz con la ley de Amnistía y la vuelta a las calles de Euskadi.
Tiempos que emularon los de mi aita Inosen, tío Gerardo y Benito todos ellos gudaris del Batallón Saseta. Aita Inosen y tío Gerardo presos en Santoña, Dueso y Puerto Santamaría y ya libres voluntarios de la Resistencia Vasca. Tiempos oscuros en los que tío Benito, teniente de ametralladoras del Batallón Saseta, murió peleando cuerpo a cuerpo en Peña Lemona a favor de la causa vasca y de la democracia. Conocí nuevos tiempos en los que continué con mi compromiso político por y para Euskadi en el seno de EAJ-PNV rechazando con la mayor contundencia militante posible el uso de la violencia como instrumento de hacer política que pocos años antes defendí. Un muy generoso EAJ-PNV que me permitió, sin merecerlo, ostentar cargos de responsabilidad política en la Diputación Foral de Gipuzkoa en dos legislaturas bajo las batutas de Diputados Generales como Román Sudupe o Joxe Joan González de Txabarri y en el Gobierno Vasco, también a lo largo de dos legislaturas en la Jefatura de Gabinete de Consejeras como Nuria López de Güereñu y Cristina Uriarte. Eran tiempos de lehendakaris como Juan José Ibarretxe e Iñigo Urkullu y de presidentes de EAJ-PNV como Xabier Arzalluz, Josu Jon Imaz, Iñigo Urkullu y Andoni Ortuzar. Agradecido íntimamente sigo militando y aportando lo mejor posible en la actualidad, en estos tiempos del lehendakari Imanol Pradales y del presidente de EAJ-PNV, Aitor Esteban. He sido, soy y seré, siempre abertzale. Militaré hasta el fin de mis días en EAJ-PNV.
Agradecido íntimamente a mis dos hijas Leire y Enara que me han enriquecido vitalmente con y en su diversidad. Han alegrado mi vida y siguen alegrándola, han sido lo mejor que me ha pasado en mi peculiar y azarosa vida. Lo mismo que mis nietas Noa y Natale, y mis dos nietos Eki y Kai, por los cuales daría mi propia vida ya mismo sin pensarlo dos veces. Y finalmente agradecido por haber encontrado con Patricia en mi camino. Sólo puedo decir que nada de lo que he sido y de lo que soy lo hubiese sido si no fuese por ella, Patricia, aunque quizás ella ni lo sospeche, ella ha sido, y es, mi vida. Pilar seguro y fuerte de nuestro hogar familiar educando, cuidándonos a todos y sobre todo un maravilloso ejemplo de presencia, disponibilidad, generosidad, dedicación humilde y permanente. Por nuestros caracteres diferentes creo que nos enriquecemos mutuamente y me hace gozar de la vida en este nuevo periodo de atardecer. En ella confío para seguir caminando hasta la noche que llegará sin amanecer. Cómo no voy a estar agradecido a ella por todo lo que he vivido y por lo que vivo todavía hoy. Por ello puedo decir que he recibido ya un regalo muy por encima de lo que podía merecer y esperar. Mi vida está casi amortizada y lo que pueda venir en el futuro es un plus que disfrutaré en la medida de lo posible. Espero seguir viviendo, aportando y colaborando.
El atardecer no es el final, pues a toda noche le corresponde un nuevo amanecer por lluvioso, ventoso o gris que sea. Evidentemente el atardecer será distinto de la vida pasada, como no puede ser de otra manera. Quien pretenda no alterar nada está condenado a la frustración y espero tener suficiente sentido común para asumirlo de aquí en adelante, aun sabiendo, por experiencia de los que viven alrededor de mí, que no siempre es fácil. Pero no por ser de la tercera o cuarta edad el periodo de esa vida tiene por qué ser triste o penoso con tal de que sepamos asumir nuestra nueva condición. Seguiremos además aportando lo que podamos tanto a la familia, a Euskadi como a la sociedad vasca donde vivo. Todo ello en la medida de nuestras reales posibilidades correspondientes a nuestra edad y salud. Y como después de todo día llega la noche, al final de mi vida llegará la muerte. ¿Por qué tratar de ignorarlo o tenerlo ausente en nuestras conversaciones o reflexiones? No es ni debe ser una palabra tabú. A partir del momento en que nacimos, lo único de lo que estamos seguros es que un día nos iremos. No debe ser un drama. Y no lo puede ser para quienes creemos que nada se acaba en ese momento, estoy convencido de ello, Es imposible que todo sea fruto del azar. Es mi esperanza y mi confianza. Convencido de que el crepúsculo que me tocará vivir tendrá continuidad. Y el constatar que mis dos hijas y cuatro nietos se sientan vascos y vascas, cada uno a su manera, es para mí motivo de profundo sosiego. Confieso que he vivido y que a veces me he solido equivocar. Sea pues.
