A estas estas alturas de la película todavía se practica, y mucho, eso de pensar, de darle vueltas a todo, de repasar y analizar estadísticas, de indagar en las posibles causas del deprimente comportamiento sostenido de los jugadores del Athletic y, para qué negarlo, de quien está próximo a convertirse en su exentrenador, aunque no falta quien le mira, escucha y observa y deduce que está ya más fuera que dentro.

Ese desgaste mental tan asociado al fútbol de los malos momentos, en realidad a nada conduce. Cuando un equipo deja de ser reconocible e incurre en defectos que en el pasado eran impensables, en carencias ayer innombrables, en omisiones impropias del nivel que se le presupone, la postura más inteligente es asumir que eso es lo que hay y confiar en que más adelante todo vuelva a su ser. Esto es, que se recupere el pulso, la identidad, el orgullo, conceptos que ahora no hallan encaje en los partidos que vemos.

Casi lo peor de la situación actual sería precisamente aquello que se considera como lo mejor: pese a espectáculos tan deprimentes como el del Coliseum, resulta que Europa continúa siendo una meta viable a falta de ocho partidos para que caiga el telón. No cabe duda de que atravesar esa línea, da igual en qué torneo, hasta la Conference vale, a muchos les serviría para dar por bueno el balance del año.

De esta opinión participa sin ningún género de dudas la directiva, da igual el retén que opera mientras se resuelve el trámite electoral o la plancha con caras nuevas que en breve prolongará el mandato supervisado por Jon Uriarte. Ni qué decir tiene que asimismo los jugadores se sentirían colmados en caso de encadenar un tercer curso en el escaparate europeo. Les vendría bien para adecentar la nota y frenar a los críticos, les reportaría un pellizco en el banco y supone un aliciente de cara al ejercicio venidero. Así es como lo ven dirigentes, igual de felices con un dinero extra en las arcas, y jugadores, pero este punto de vista es idéntico al que les guiaba o inspiraba el verano anterior.

Conviene no perder de vista el detalle porque, en realidad, buena parte de los problemas que han convertido al Athletic en una versión muy disminuida de sí mismo proceden justamente de afrontar varios calendarios más recargados de lo normal. Europa League y Champions, disputadas de manera consecutiva, y añadidas al esfuerzo que permitió volver a inscribirse entre los mejores después de un lustro largo de ausencia, han consumido las reservas mentales y físicas del grupo.

Salta a la vista que esta posibilidad contrastada ni se contempló: un análisis preciso de la gestión de la plantilla antes y durante la competición ahorraría cualquier discusión al respecto. Basta con observar el estado de muchos de los jugadores, no solo a fecha de hoy, sino desde agosto; el paulatino declinar de unos y la imposibilidad de otros para alcanzar un tono aceptable, unos cuantos incluso gozando de múltiples oportunidades sin sumar méritos para ello.

Volviendo al comienzo, lo único que queda es dejar descansar las neuronas y limitarse a esperar que transcurra el tiempo que engloba las tres o cuatro siguientes citas para saber a ciencia cierta si la incertidumbre de ahora, esas puertas de acceso a Europa que todavía permanecen abiertas, se mantienen así o se han cerrado a cal y canto. El balón dará y quitará razones.

Asegura Valverde que no dejarán de intentarlo, qué va a decir, pero lo preocupante es que añada al discurso la necesidad de “tener hambre, de tener ambición”. Solo tomando como exponente lo ocurrido en Getafe se entiende la reclamación. ¿Quién no la compartiría? Claro que, si ese compartir engloba a la figura del responsable del equipo, entonces el tema adquiere una dimensión que a los de fuera nos supera, se nos escapa.

Y es que, según se deduce de sus palabras, al parecer también se le escapa a Valverde. Le supera una realidad incómoda, adversa, negativa, cual es que el equipo no puede o no sabe dar la talla en facetas básicas. Si el poder de convicción, el influjo, la autoridad del jefe no bastan para poner orden y concierto en el funcionamiento y predisposición del jugador, entonces a qué puede un ajeno encomendarse.

Te puede interesar:

La parte obvia de la última derrota se compone de los siguientes elementos: el rival posee una calidad teórica inferior que compensa con nervio y disciplina; el partido se celebra habiendo gozado de dos semanas para descansar y prepararse; Valverde confecciona el once con sus favoritos e incorpora dos más en el intermedio, por este lado poca excusa; esperar que en su circunstancia Nico Williams (o Yeray o Maroan, las otras novedades que tanta literatura generaron) responda, equivale a creer en los Reyes Magos; y, para concluir, el guion del encuentro fue una fotocopia de tantos desplazamientos recientes.

Hambre y ambición, en fin.