Después de la triste actuación del Athletic en el Coliseum, y por supuesto de la concluyente derrota sufrida, adquiere todo el sentido el ferviente deseo de alcanzar cuanto antes el final de la temporada. Cabe que se produzca algún tipo de reacción en lo que resta de calendario, pero visto lo visto se ha de realizar un esfuerzo supremo de imaginación para siquiera elucubrar con ello. Empieza a resultar cansino ese afán por promocionar las probabilidades clasificatorias del equipo, especialmente, aunque no solo, desde dentro del club. Cansino por no decir ridículo que se baraje la opción de una plaza continental.

Últimamente, las expectativas se han disparado porque Ernesto Valverde iba a recuperar varios teóricos titulares, pero es en balde mientras el nivel del fútbol, pero también el de actitud, desemboque en fiascos del calibre del vivido ante un Getafe, honrado sin más, que solo puso en práctica aquello que puede desplegar a partir de la limitada calidad de sus integrantes.

Del minuto uno al noventa y pico, el conjunto madrileño fue capaz de sacar los colores al Athletic prácticamente en todas las facetas de que se compone una cita de competición. Podría aludirse a múltiples cuestiones para explicar el 2-0, pero es muy significativo que Soria no tuviese que realizar una sola parada. Otro más: en el segundo tiempo, el Athletic no efectuó un solo remate en dirección a portería, ni dando un margen de cuatro metros respecto a los postes. En dicho período, los rojiblancos ejercieron un dominio territorial, qué menos, pero para no sacar nada en limpio: ni un sobresalto en la zaga local, ni una acción con gracia en los metros decisivos a cargo de los Williams, Sancet, Berenguer o Maroan, ni un servicio en condiciones desde los costados o entre líneas. Un erial absoluto, un monumento a la impotencia.

Una primera parte horrible

Estas son reflexiones a posteriori, pero lo cierto es que se vio venir desde el saque de centro. Apenas un amago de buenas intenciones ofreció el Athletic en una primera mitad horrible. No ya por la pobreza del juego sino por la escasa disposición para gestionar un partido que, como todo el mundo sabe, siempre exige una firme predisposición para la pelea. Intensidad y tesón, en suma. Las cualidades que mejor caracterizan al Getafe, que manejará más o menos la pelota, pero jamás negocia en las disputas, en la anticipación, en el arrojo para ganar una posesión más. Y este déficit de actitud sería, sin duda, lo más grave de la puesta en escena de los hombres que escogió Valverde. De nuevo con la broma de Vivian en el costado derecho.

Siendo cierto que entraron al choque dando una imagen más sugerente que el anfitrión, pues intentaron hacerse con el mando y empujar hacia el área de Soria, la falta de ideas fue minando ese plan. En pocos minutos ya estaba el Getafe haciendo aquello que le interesa: por un lado, que el adversario no juegue y, además, que se sienta incómodo. Así que observar los primeros pelotazos en largo desde la zaga, muchos de Yeray, buscando a los puntas, todos en vano por excesivamente largos, fue un malísimo augurio. Y para terminar de complicar la cosa, el estreno en ataque del conjunto madrileño se tradujo en gol. Todos, menos el portero, quedaron retratados. Volvería a pasar con el 2-0.

Gol local

Sin llegar al cuarto de hora, el Getafe protagonizó su jugada favorita: centro a la espalda del lateral izquierdo rival, Yuri en este caso, con dos posibles receptores para tener superioridad, centro bien templado al área y dos tipos que entran al remate como un tiro. De nada sirvió que Valverde reuniese a tres centrales en el once de salida, pues Vázquez cabeceó a placer, picado, Simón bastante hizo con repeler y Satriano rebañó, aunque su remate rozó en Vázquez antes de colarse en la red. 

La estadística dice que ponerse por delante en el marcador es sinónimo de éxito para la tropa de Bordalás: solo en una ocasión de catorce, cumplida esa premisa, se ha quedado sin puntuar. Así que en adelante el Athletic debía negociar dos asuntos, uno propio, relativo a su rendimiento, y el otro relacionado con el guion favorito del Getafe. Según lo previsto, el entrenador puso en liza a Galarreta y Nico Williams. El músculo, la envergadura y los centímetros, de nada habían valido previamente. Pasó igual con el ingenio, que ni asomó.

Sentencia de Satriano

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Sancet siguió sin oler una pelota, el capitán negado en cada intervención, pero encima Nico demostró que los milagros no existen. Así que, tras casi dos meses ausente aportó lo que en muchos otros días de la actual campaña: nada. Berenguer perdió la poca influencia que tuvo antes del descanso porque fue ubicado en punta por el centro. El Getafe cedió metros y fue acusando el desgaste, pero apuros, lo que se dice apuros, no pasó porque, perseveró en la guerra de guerrillas, echando el resto en cada duelo individual y, de paso, dejando en evidencia a un Athletic de cartón piedra.

No es necesario comentar que el balón estuvo mucho rato por el aire o que el estado del césped no pareció el idóneo, se trata de factores secundarios. Lo nuclear fue que el Getafe, con su enorme esfuerzo, tuvo a raya al Athletic y no conforme con ello terminó castigándole con un segundo gol, justo antes del añadido. No le hubiera hecho falta para ganar, dado que en el área opuesta no se registraron novedades. Señalar que con el tanto de Satriano estalló la fiesta en el Coliseum. Lógico. Ese gol condensó la fe, el espíritu de los chicos de Bordalás, y se gestó con la defensa del Athletic al garete, mirando y dejando vendido a Simón, el único que durante el partido ofreció un comportamiento positivo. Si no hubiese sido por él, la reanudación hubiese estado de sobra, pues en el 50 retrasó la sentencia con un paradón a Liso en el enésimo error colectivo.