Siendo muy cierto que en fútbol todo o casi gira en torno al resultado, también lo es que admite gran diversidad de lecturas y favorece un amplio abanico de conclusiones. Puestos a analizar el último partido, es posible que su mayor interés (al margen del resultado, claro) radique en las contradicciones que incluyó por su desarrollo.

Después de vencer al Oviedo en su campo y con el triunfo previo a costa del Levante aún fresco en la memoria, decir que se echaba de menos un juego más convincente por parte del Athletic parecía una reflexión muy razonable. Venía de sumar seis de seis, logro poco habitual para la mayoría de los participantes en el campeonato y que obedeció en buena medida a la escasa consistencia de sendos adversarios que rinden por debajo de la media en la categoría. Aludir a la conveniencia de hacer mejor las cosas en el campo nunca está de más, pero con mayor motivo cuando se juega mal, se es irregular y el equipo está demasiado expuesto a un revés o con frecuencia se complica la existencia.

Costará ver otro bodrio del calibre del ofrecido por el Athletic en la primera mitad contra el Oviedo y tampoco fue de recibo el final del duelo con un Levante en inferioridad, tramo saldado con empate a dos goles. En ambos compromisos hubo fases más aceptables y acabaron por prevalecer los argumentos del bando más dotado técnica y físicamente, pero fueron triunfos sin brillo, trabajosos, que confirmaron la persistencia de los problemas que llevan meses arrastrando los de Valverde.

Ante el Elche, se vieron los 45 minutos más redondos en muchas semanas. Asomó una versión alegre, tenaz, incisiva, equilibrada; un fútbol ágil y agresivo que desnudó por completo al rival y mereció un premio acorde. ¿Cuál? Pues uno que hubiese sido doble: un resultado al descanso no inferior al 2-0 ni superior al 4-0; o sea, suficiente para recompensar con equidad la actuación coral del Athletic y, además, para garantizarle la victoria que finalmente alcanzó por una vía sin conexión alguna con la exhibición comentada.

Tiene triste gracia, pero justo el día en que mejor se manejan los rojiblancos, aunque la muestra se ciña a una mitad del partido, el peso de la inquietud se impuso a cualquier otro sentimiento entre los aficionados. Lucirse, aunque mediara un exagerado desperdicio de oportunidades, no impidió que los jugadores experimentaran en sus carnes el sufrimiento por ver que dos puntos iban a volar de San Mamés en el equipaje de un Elche que solo amedrentó una vez en toda la noche y fue desde los once metros.

Pasado el mal trago gracias a la oportuna intervención de los uniformados con pito y tecnología punta que ejercen por encima del bien y del mal, el Athletic miró al casillero y celebró un nuevo éxito. Ya son nueve de nueve. Celebró asimismo que ha recuperado una parte de su repertorio. Ha desplegado algunas de las virtudes que le convirtieron en temible y lo más importante de todo, el entrenador clavó su dardo en el centro de la diana nada más acabada la faena.

Ante la primera insinuación relativa a Europa, Valverde no se cortó: aseguró que él mira arriba y abajo, “a todas partes”. No se fía y advierte que todavía hay por delante mucha labor que hacer. Y metió el dedo en la llaga: “nos hemos descuidado, en la liga no nos ha ido bien” por el influjo de una serie de factores bien conocidos, que enumeró y no es preciso repetir aquí. En síntesis, que con la máxima seriedad en el tono y en el semblante declaró que toca perseverar, hacer acopio de puntos ya sea para escalar o para no descender en una tabla donde las apreturas y los márgenes cortos permanecen, a pesar del nueve de nueve.

Se agradece el mensaje. A ver si cala. Ahora lo fácil es darle la vuelta al calcetín y ponerse a elucubrar sobre los puntos necesarios para instalarse en la zona noble, ello sin olvidar la conquista de Anoeta el día 4. No se olvide contra quiénes se ha firmado el pleno ni que ya no habrá más de ese pelo entre los siguientes rivales.