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Neure kabuz

Financiar la Educación. Construir infraestructuras generadoras del talento del mañana

SI existe una determinada área de intervención global (pública, privada o de iniciativa social) que, en cualquier lugar del mundo, concita un acuerdo, en principio no cuestionable, es la Educación.

Dicho así parecería que todo euro destinado a ella, desde cualquier fuente, no solamente es prioritario, sino que ha de ser, esencialmente, positivo y generador de un impacto transformador y garante del futuro. La realidad es muy diferente. Ni todo euro destinado a toda iniciativa, sistema o programa educativo supone inversión en la línea correcta de futuro, ni toda ella es garante de un uso adecuado y necesario, ni toda dotación para ella evita un gasto ineficiente, alejado de los objetivos perseguidos, suficiente para satisfacer las demandas y necesidades de cada tiempo. En cada lugar, ni su empleo es siempre el requerido por quien lo aporta, ni por quien lo recibe, o por quien ha de utilizarlo correctamente. Sí, adicionalmente, constatamos un enorme gap entre los fondos demandables, las cantidades necesarias y los recursos asignados finalmente ejecutables, más allá de los presupuestos originales, asistimos a un más que relevante disenso cuestionando la realidad frente a lo deseable.

Esta semana (como pasa en cualquier otra) proliferan foros de debate especializados, publicaciones, informes de todo color o signo y en cualquier lugar a lo largo del mundo, destacando, entre otros muchos aspectos fundamentales, unas ciertas líneas que parecerían presentes y sujetas a revisión y cuestionamiento en la práctica totalidad de sistemas educativos y diferentes líneas de financiación de los mismos, el rol de los beneficiarios o receptores de la educación prevista, y, por supuesto, la irrupción no ya de la atención sobre grados de reforma, mejora o reinvención de los sistemas existentes, sino de aquella “nueva educación” que habría de demandar un futuro incierto, cuyas primeras señales (ya entre nosotros) advierten y para las que se supone no estamos preparados.

Ni quienes se supondría hemos superado ciclos educativos dados por inicialmente completos en su momento y/o vitales según clasificaciones etarias con supuestas limitadas capacidades transformadoras, ni, sobre todo, tanto quienes hoy conforman los sistemas educativos formales (y, se supone que de atención obligatoria) y nuevas generaciones que vivirán un mundo diferente al presente (que habrán de repensar, rediseñar, conseguir y disfrutar), y todos aquellos que aún no han iniciado los ciclos “tradicionales”, a todas luces, necesitados de su reinvención. Ni qué decir que no se trata solamente de financiar “alumnos”, sino que profesores, instructores, gestores, gobernantes... y todos los stakeholders o amplísimos agentes clave de la “clusterización de la educación”, son sujetos demandantes de esa imprescindible financiación requerida, alejada de su “redescubrimiento”.

En esta línea, una aproximación personal, por razones profesionales, a la revisión y/o reformulación tanto de estrategias universitarias, como, por supuesto, de su impacto imprescindible en las comunidades a las que sirven en/desde/para todo tipo de “industrias” (también la educativa), así como de la inevitabilidad de reformular estrategias (siempre de largo plazo y únicas) que afronten aquella “nueva educación” del mañana, con un acento especial en las infraestructuras o plataformas “intelectuales o de talento” que lo hagan posible y, por supuesto, las “n” modalidades y fuentes de financiación que lo posibiliten , pone de manifiesto una enorme complejidad, no ya para construir “nuevos caminos”, sino, tan siquiera para lograr mitigar el gap demanda/solución para la educación en curso.

Ya hace un año, una investigación promovida por la Unesco y The Global Founders (para el W.E.F.-Foro Económico Mundial), situaba el GAP de financiación en torno a los 92 billones de dólares al año para cubrir los ODS (objetivos de desarrollo sostenible aprobados por la ONU), advirtiendo cómo no solo resultaba insuficiente, sino que se vería complicado cualquier avance significativo a lo largo del tiempo. Cifras que en su globalidad a algunos asustan y a otros muchos les suenan distantes en su entorno geográfico y de vida. A esta fotografía añadían la enorme dificultad de hacer escalables las infinitas prácticas o modelos e iniciativas locales, casi siempre, bajo el manto promotor o gestor de ONGs o grupos dispersos a lo largo del mundo, al amparo de subvenciones locales, públicas o de la voluntad filantrópica tanto individual como empresarial. Su informe dibuja mapas origen-destino de capitales que fluyen escasamente articulados, poco integrados en las políticas y sistemas educativos de los gobiernos, lentos en su ejecución y escasamente sostenibles y escalables. El mundo del capital privado, nuevas líneas financieras y el acceso a la filantropía mitiga, pero no soluciona el desafío, ni aborda los cambios en los mecanismos de intervención, financiación, escalabilidad, sostenibilidad requeribles. Triste y crudo panorama.

En este recorrido, más allá de los debates habituales en torno a si hablamos de “recursos protectores de los gobiernos” que sirven de argumento para aquellos que propagan “una educación pública” en exclusiva como si la financiación de sus actores, la exclusión de otras fuentes y la sostenibilidad infinita de sistemas de gasto-inversión no fuera cuestionable y de quienes entienden, por otra parte, que el coste educativo, sobre todo universitario, puede mantenerse apelando a generosos créditos subvencionados (públicos o privados) para estudiantes que se sabrán hipotecados de por vida con independencia de su capacidad futura para generar la riqueza y ahorros necesarios para pagarla, o quienes sostienen que recurrir a la filantropía (en especial en un mundo anglosajón acostumbrado al Endowment cuasi vitalicio con intereses crecientes a lo largo del tiempo), garantes del pago y gestión perene del gap coste-ingreso, o quienes vienen convencidos de la irrelevancia de una deuda imparable, Estado a Estado, como si no hubiera límite a unas arcas públicas que puedan trasladarse, de forma imparable, a una fiscalidad selectiva. Así entre debate y debate, el juego de la geopolítica, quejas anunciando periodos de prematriculación universitarios, nos rodean de artículos, estadísticas e informes comparando los sistemas existentes entre diferentes países, llamando la atención del “mayoritariamente ganador modelo chino”, “desbancando al otrora líder estadounidense en el ámbito universitario” para concluir que mientras Estados Unidos se ve “abandonado” por el estudiante internacional alejado de un coste “excesivo” de sus estudios, a la vez que se observan “limitados sus derechos y libertades” en sus prestigiosas instituciones académicas, abandonados por paralizantes créditos escolares en un horizonte laboral que sienten incierto, empañado por un rechazo al diferente, antes aceptado en sus prestigiosas aulas, en un marco de restricción a donativos, beneficios o exenciones fiscales. En contraposición, se destaca el sistema educativo chino (y, en gran medida, asiático) orientado a la construcción de la infraestructura intelectual y de talento que su economía prospectiva proyecta para el mundo del horizonte 2040-2050. Bajo esta óptica, no resultan, tampoco, nada bien parados los sistemas educativos y universitarios europeos (con contadas excepciones), que parecerían envueltos en innumerables centros, o polos, o ecosistemas de innovación y múltiples iniciativas incoherentes e incompletas, con limitada exigencia y rigor a lo que de forma pomposa se atribuye el calificativo de excelencia.

Pero, más allá de posiciones e informes, sea cual sea la motivación, rigor o realidad de unos u otros rankings, la verdad no es otra que la imprescindible reconsideración de nuestros (todos) sistemas educativos (y, en este caso no solamente universitarios y de todo grado), sistemas alternativos, modos y aulas de formación, a lo largo de toda una larguísima vida cambiante, por etapas, a lo largo del tiempo, ante la capacidad de reinventar (también) los sistemas y fuentes de financiación (híbridos y complejos). Educar en todos los niveles es imprescindible para el bienestar de una sociedad, para transitar un mundo del trabajo y el empleo, absolutamente cambiante, una vida “conciliando” el nuevo trabajo y empleo, el nuevo ocio y los nuevos esquemas sociales de convivencia, en un mundo sujeto a nuevos espacios que una incierta y transformadora geopolítica habrá de reconfigurar. Y, por supuesto, en sociedades, comunidades, espacios que generarán “nuevas fronteras del conocimiento”, “nuevas geografías de innovación” y nuevas infraestructuras (también físicas), soporte enriquecedor de futuros por explorar, descubrir, dominar y elegir.

Obviamente, los grandes movimientos “globales” observables, nos afectan a todos y se traducen en el espacio microeconómico, empresa a empresa. No basta con perfeccionar u optimizar “Sistemas y Planes Educativos país o mundiales”, cuando, cada vez más, los modelos empresariales han de desempeñar un rol esencial, directo, en la formación específica de sus trabajadores (en todos los niveles), para el logro de sus propósitos, estrategias y desafíos diferenciados. Procesos de aprendizaje trabajando, trabajar a la vez que avanzar en tu formación, propiciando su efecto diferenciador ante terceros, preparar para asumir e impulsar liderazgos y, por encima de todo, cocreación de valor con las personas, sus comunidades, dando salida real al concepto y dignidad del empleo y la propia y esencial puesta en valor de la empresa como comunidad generadora de riqueza, bienestar e impacto social.

Como en casi todo, no existe una receta única. Nos desafía la necesidad y obligación de financiar la educación (completa, inclusiva, para todos y a lo largo de toda la vida). Atendiendo siempre, a la capacidad real de construir la infraestructura generadora del talento (por rediseñar) del mañana. Infraestructuras-Plataformas-Sistemas en, desde, para las personas, motor esencial de su concepción, impulso y “pertenencia y/o apropiación compartida”.