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Asier Diez Mon

Bodrios en los tribunales

SI la corrupción política es el cáncer de España, el ritmo caribeño de la Justicia es la terapia que frena la metástasis social del problema, hace que el ciudadano acuda a votar desmemoriado, tal vez pensando que el escándalo forma parte del pasado, que se solucionó por efecto infalible de la evolución biológica. Y de repente la Semana de Pascua se convierte en una película de Berlanga, podría ser la precuela de Todos a la cárcel. Por un lado está el juicio de la trama Kitchen y por otro el del presunto enriquecimiento ilícito de altos cargos ministeriales por la compra de mascarillas durante la pandemia. El Partido Popular está señalado por la primera causa y el Socialista, por la otra. Los protagonistas que se sientan en el banquillo son el exministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, su número dos, Francisco Martínez, y el excomisario José Manuel Villarejo, en la Audiencia Nacional. El Supremo juzga a José Luis Ábalos –el motor de la moción de censura contra el gobierno corrupto de Mariano Rajoy–, el inclasificable Koldo García y el arrepentido Víctor de Aldama. La actividad en ambos tribunales promete: ya se habla de prostitución, sobres con dinero en metálico sin control y libretitas con apuntes de pagos en negro a dirigentes de partido. El caso es que todo suena tan viejo como rancio, agua pasada que no mueve molino hoy pero que tampoco lo hizo cuando estallaron los escándalos. Es un film de mala calidad, puede que un éxito de taquilla, pero que no tendrá incidencia en un electorado acostumbrado al despropósito.