DESDE hace años, ciudades y pueblos trabajan por la implantación de una Policía de proximidad. Se insiste en la necesidad de una policía cercana, comprensiva, integrada en el día a día de la ciudadanía y orientada a proteger a la comunidad. Sin embargo, no siempre resulta sencillo encontrar el equilibrio entre esa cercanía y el ejercicio de una autoridad imprescindible para garantizar la seguridad y la buena convivencia. Las sanciones, además, nunca llegan en buen momento y casi siempre se perciben como injustas.

Quizá por eso, lo ocurrido hace unos días resulta tan ilustrativo. Una mujer entra con su hija en el ambulatorio después de aparcar el coche en una cuesta y accionar el freno de mano. Mientras el médico atiende a la niña, su teléfono suena con insistencia. Al otro lado, agentes de la policía municipal le preguntan si su vehículo está estacionado en la pendiente. “El coche se está moviendo cuesta abajo”, le advierten. La mujer sale corriendo, con el corazón en un puño. Al llegar, un agente la tranquiliza: la patrulla ha logrado detener el vehículo colocando el coche policial como barrera y evitando un posible accidente. No hubo multa, ni reproches, ni amenazas. Hubo alivio, agradecimiento y algunas recomendaciones. Y, sobre todo, la sensación de que la Policía de proximidad, cuando actúa con sentido común, no solo hace cumplir las normas, sino que previene riesgos y cuida a las personas.

Quizá esa sea la mejor forma de ejercer la autoridad: estando cerca, llegando a tiempo y recordando que proteger siempre debe estar por encima de sancionar.