NO me hacen demasiada gracia los Días Internacionales de, salvo el del chocolate y el de la tortilla de patata. Será por las catas. Vale que hay que reivindicar, visibilizar, denunciar y concienciar. Vale que si no existiese una jornada marcada en el calendario muchos no sabrían lo que es la fibromialgia ni repararían en las vidas que se rompen detrás de los accidentes de tráfico. Pero la cosa se está yendo de madre. En este 2023, declarado por las Naciones Unidas como el Año Internacional del Mijo -se lo juro por Iribar-, se van a celebrar, entre otros, el Día Internacional de los Vuelos Espaciales Tripulados, que hasta que no admitan la Barik nos la trae un poquito al pairo, o el Día Mundial de la Lengua Kiswahili, a la que muestro todos mis respetos, no me vaya a pasar como a la enfermera pardilla que se ha grabado en vídeo en el hospital Vall d’Hebron menospreciando el catalán y dejando claro que no sabe ni lo que son unas oposiciones. Por el tik-tok muere el pez. En fin, que se acerca el Día Internacional de la Mujer y, como ejemplar femenino de la especie humana, me da mucha rabia que algunos y algunas aprovechen la ocasión para hacerse un lavado de cara. No lean ese discurso, no se arrimen a la pancarta, no se saquen la foto firmando tal o cual compromiso por la igualdad si no la van a defender a pies juntillas desde sus despachos, en sus negocios, en sus trabajos, en los txokos, en sus casas... En EE.UU. celebran el Día de la Honestidad. Por dar ideas. 

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