- El Partido Popular lleva gobernando en Castilla y León desde 1987. Son 35 años de vellón, oigan, desde que una acusación de corrupción que se demostraría un burdo montaje acabó con la presidencia del socialista Demetrio Madrid, ganador de los primeros comicios de la comunidad creada artificialmente a partir de la suma de dos realidades históricas que deberían haber ido por libre. Tras un breve periodo de interinidad del olvidado José Constantino Nalda, se subió al machito José María Aznar López (¿les suena?), al que dos años después tomaría el relevo Jesús Posada por un breve lapso. Luego vinieron Juan José Lucas (10 años en el cargo). Juan Vicente Herrera (18) y el actual aspirante a la reelección, Alfonso Fernández Mañueco. Conviene hacer este ejercicio de memoria, o sea, de simple hemeroteca, porque cualquiera que solo se informe a través de la prensa de orden podría pensar que la victoria del PP el próximo 13 de febrero supondría un vuelco sin precedentes.
- Con todo el desparpajo del mundo, el casi seguro triunfo de Mañueco -solo puesto en duda por el cada vez más bochornoso CIS de Tezanos- se está vendiendo como el aperitivo de la conquista de La Moncloa por parte de Pablo Casado. Y la fantasía animada está tan trabajada, que viendo los mensajes electorales del PP, se diría que son la fuerza alternativa que se dispone a derribar un régimen con decenios a la espalda. Con un par, las consignas genovesas inciden en la imperiosa necesidad de terminar con el secular atraso de la región y de incorporarla de una vez por todas al futuro. Procede preguntarse qué diantres han hecho en todo este tiempo los gobernantes populares.
- ¿Y cuál es la fórmula para la modernización? Pues ahí viene el chiste definitivo. Si ustedes están siguiendo la campaña del PP, habrán comprobado que no hay un solo acto que ponga el acento en la innovación. Casado, dejando en un patético segundo plano a quien sobre el papel es el candidato a seguir presidiendo la comunidad, parece empeñado en batir el récord sideral de fotografiarse con vacas, cerdos u ovejas. Quizá a sus asesores les pueda parecer que es el modo de presentarse como los grandes defensores del campo y, particularmente, de la ganadería, supuestamente atacada por el ministro Alberto Garzón. Sin embargo, el retrato que se está dando de Castilla y León es el de una tierra anclada en el pasado cuya única baza económica es la producción de carne barata. Y la cuestión es que así es altamente probable que revalide la victoria.