En Bizkaia febrero entra por la garganta. No es una metáfora: entra como un hilo de lana bendecida que raspa la voz y como un bastón de madera que golpea el suelo para despertarlo. El calendario aquí no se pasa, se canta y se anuda.
El 3 de febrero amanece con un gesto doméstico y supersticioso (tradicional, si lo prefieren...), que es como decir humano. Los cordones de San Blas –a veces trenzados con la paciencia de las abuelas– esperan su turno para ser bendecidos. No son amuletos, aunque lo parezcan; no son medicamentos, aunque prometan alivio. Son, más bien, una excusa para creer que la garganta, ese túnel frágil por donde pasan las palabras y los silencios, puede protegerse con un nudo. Se los pone uno al cuello como quien se coloca una corbata invisible: siete, nueve días, depende de la casa y del recuerdo. Después, al fuego. Que el humo se lleve la tos y, de paso, alguna pena.
El rito tiene algo de tendero antiguo y de misa breve. La gente hace cola con la naturalidad de quien compra pan. Nadie pregunta si funciona. Aquí la fe es discreta, casi irónica, pero constante. Bendecir un cordón es aceptar que el invierno todavía manda y que la voz importa. Porque la voz es el instrumento del país: con ella se negocia, se canta, se protesta y se ama. Un pueblo que cuida la garganta cuida su manera de decirse.
Al día siguiente, el 4 de febrero, la calle se convierte en pentagrama. Santa Ageda baja de las iglesias y se sube a las aceras. Los grupos avanzan marcando el ritmo con makilas que golpean el suelo como si llamaran a una puerta antigua. Es un golpe que no hiere: convoca. La tierra responde con un eco seco, y ese eco es memoria. Se canta para que despierte el año, para que el invierno afloje, para que el trabajo llegue y la mesa se llene. Se canta como se ha cantado siempre, aunque cada generación afine a su manera. No hace falta una voz educada. Basta con querer y apasionarse.