Editorial

El caldo gordo

La asunción parcial del discurso ultra o enfrentar su amenaza con sus mismas formas solo contribuye a que se legitime un fenómeno al que la democracia debe oponer inteligencia y superioridad moral

09.02.2020 | 00:49

LA ajustadísima victoria del SDP (17,7%) en las elecciones finlandesas por apenas dos décimas, 6.813 votos, frente a la ultraderecha del Perussuomalaiset o partido de los Verdaderos Finlandeses (17,5%), con los conservadores del Kokoomus de tercera fuerza (17%), adelanta la endiablada dificultad de la formación de gobierno en el país y confirma el aún más endiablado proceso de normalización de las corrientes xenófobas y pseudofascistas en los estados miembros de la UE. El Perus o VF no supone novedad en Finlandia, ya en 2015 se convirtió en segunda fuerza. Pero ha sido su participación en el gobierno con el Partido del Centro de Juha Sipilä, el gran derrotado en las elecciones con el 13%, lo que terminó por dar patina de supuesta legitimidad democrática a una formación xenófoba y negacionista del cambio climático que acudirá a las elecciones europeas en el proyecto ultra que preconiza el italiano Salvini (Liga) junto al AdF alemán o el DF danés. Esas formaciones, herederas del discurso del Frente Nacional francés de Jean Marie Le Pen que hoy personaliza su hija Marine en Agrupación Nacional, como el Partido de la Libertad de Geert Wilders en Holanda, el FPO austriaco, el DF sueco, el Fidesz de Orban en Hungría, Libertad y Justicia del presidente polaco Andrezj Duda, o Vox en el Estado, no son un accidente -como no lo es Bolsonaro en Brasil- sino consecuencia de las dificultades de liberales y socialdemócratas, gastados por décadas de gestión, para ofrecer respuestas a una sociedad europea amedrentada por las consecuencias con que los vertiginosos cambios del desarrollo tecnológico y la globalización, también la sobreexplotación del Tercer Mundo, amenazan su bienestar. Ahora bien, en ese caldo de cultivo la ultraderecha necesita reactivos. Si en Finlandia, Hungría u Holanda han sido el manejo escandaloso del fenómeno migratorio, al que en Gran Bretaña o Polonia se unió la eurofobia, en Italia la caída de la estructura de partidos y en todos los casos un ultranacionalismo populista con culto al líder, en el Estado español Vox (pero no solo) añade un pseudodoctrinal cierre de filas en la sacrosanta unidad ante las legítimas reclamaciones de autogobierno de Catalunya y Euskadi. Y enfrentar la amenaza ultra con sus mismas formas es hacerle el caldo gordo, ayudar a que se homologue. La democracia debe hacerlo, también en Catalunya y Euskadi, desde la inteligencia y la superioridad moral.