Rojo sobre blanco

Experimento fallido

Villalibre es la pieza que suele faltarle al equipo, un ariete, y ayer tuvo que apechugar con el mal día de Raúl García y la pobreza del juego colectivo

22.09.2021 | 01:44
Andoni Iraola, que recibió la ovación de la afición, y Marcelino García Toral se saludan antes de comenzar el partido.

PODRÍA afirmarse que en la primera derrota del curso influyó el plan de Marcelino, consistente en introducir de golpe y porrazo seis cambios en el equipo. Anoche, la mitad de los titulares estrenaba dicha condición y esta clase de transformaciones radicales siempre conlleva un riesgo. Sucedió que la cosa arrancó torcida, con media hora gobernada por un Rayo agresivo y dinámico, aunque lo procedente sería aclarar que ese tramo tan desabrido para el Athletic vino tras un grave error de Vesga, una de las novedades, que significó recibir un gol y además en frío. A partir de ahí sí se asistió a un despiste generalizado que se manifestó en una evidente incomodidad y muchísima ansiedad, lo que el rival aprovechó para manejarse a su antojo, bajo la batuta de Unai López, eje de un centro del campo más poblado y juicioso que el del anfitrión.

Las mejores imágenes del Athletic - Rayo Vallecano. Fotos: Pablo Viñas y Borja Guerrero

A Vesga le costó un buen rato largo rehacerse, mientras los rojiblancos perseguían sombras y un balón que no les pertenecía. Fue una fase preocupante, plagada de malas decisiones, con el Athletic impotente para hacerse con el control, hasta que una acción de fortuna trajo la igualada y alteró el panorama. A partir de ahí empezaron a asomar los debutantes en el once inicial. Villalibre era para entonces el único al que se veía enchufado, en una tarea de lo más ingrata, y poco a poco hubo noticias del resto.

Por fin, con 1-1, dispuso Nico Williams de suministro para exhibir sus poderes. Rozó el gol y sirvió un pase paralelo excelente, previamente todo lo que recibió le pilló de espaldas, sin opciones de girarse y encarar. El choque se le hizo largo, si bien en su descargo lo mal asistido que estuvo. Esto que se apunta referido al joven extremo, al igual que el escaso peso específico del resto fue consecuencia de la escasa posesión y del nulo criterio mostrado en cada turno de creación. Pero con el autogol de Ciss el Athletic despertó y el Rayo se asustó. Cogieron aire tanto Vesga como Zarraga, trazaron sus primeros pases con sentido, algo que no cabe hacer extensivo a Nuñez, huérfano de tacto en corto y en largo, agarrotado por los nervios, midiendo mal en algunas disputas. Más entonado, siempre en un tono discreto, estuvo De Marcos, especialmente atento para corregir descompensaciones ajenas y evitar que varias acciones de ataque visitantes pasasen a mayores. Su presencia llevó a Lekue al ala opuesta y casta puso toda; eso sí, se le vio muy condicionado en ataque a pierna cambiada.

Villalibre, sin suerte en determinados lances en el área, quizá fuera el que más rentabilizó su titularidad. Laborioso, se implicó en multitud de jugadas, descargando, con desmarques interesantes y, para variar, fue sometido a un castigo exagerado. Víctima de media docena de faltas señaladas, provocó dos amonestaciones y fue el único que dirigió un remate entre los tres palos, con poco ángulo y relativamente sencillo para el portero. Es la pieza que habitualmente le falta al equipo, un ariete, y ayer tuvo además que apechugar con el mal día de Raúl García, el más próximo a él, y el pobre juego del colectivo.

El discurrir del encuentro dejó en evidencia que la mayoría de los nuevos titulares acusó el tute. Los dos medios prácticamente nunca cogieron la batuta, cubrieron mucho terreno pero, como es norma en esa demarcación, ambos se colocaron a la misma altura, en vez de actuar escalonados, y eso aparte de dificultar las maniobras de salida de juego se vuelve un inconveniente en la contención porque cualquier balón a su espalda supera la línea que forman.

El segundo acto resultó más agitado. El Rayo jugó mejor sus bazas y agradeció los cambios de Iraola, no los de Marcelino un Athletic que percutió más, si bien lo suyo es el empuje sin imaginación ni temple. Un esfuerzo físico supremo que no achantó al Rayo, en cuyas filas se produjo el estreno más lucido en la titularidad, el de Unai López.

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