La otra mirada

Mascarillas

17.02.2020 | 06:19

Recientemente han autorizado la modificación de los genes de cuarenta embriones en el Institut Idibell de Bellvitge. Por ahora no nacerá ningún bebé de estos embriones, pero está edición génica limitada supone el comienzo del camino sin retorno hacia "una mejora dirigida" de la especie.

Hace tiempo que en Pekín y otras grandes urbes de China es habitual que sus ciudadanos usen mascarilla. Calefacciones, vehículos, industrias, carbón como combustible preferente? hacen que el hongo de su contaminación sea tan habitual y evidente que la mascarilla es parte de la indumentaria. Aunque en televisión y en zonas lejanas no impacte tanto como tener que usarlas por necesidad aquí mismo, en Zaldibar, Ermua o Eibar, donde las dioxinas y furanos nos están jugando su mala pasada tras el accidente del vertedero. Incluso sin vertedero desparramado, cuando la semana pasada limpiaba el polen del alféizar de mi ventana pensé si también aquí la necesitarían los asmáticos en un febrero primaveral, sin frío, sin nieve ni hielo y sin agua. Al refrán febrero el revoltoso, un rato peor que otro habría que voltearlo con toque de cambio climático realista: febrero el revoltoso, un rato más caluroso que otro, lo que no parece una buena señal, porque si agua de febrero llena cuba, tinaja y granero, la falta de esta agua puede que nos depare un año con sabor amargo. Cierto que por aquí los pantanos están todavía bien surtidos, pero el reposo de mi paraguas y de mi gabardina en invierno no augura un buen verano. Como tampoco lo augura el iceberg de 1.580 kilómetros cuadrados -algo menos que la extensión de Gipuzkoa- desprendido en la Antártida y que la temperatura en Base Esperanza este febrero loco haya ascendido hasta los 20,75 grados centígrados, algo excepcional que sucede cada mil años, porque su temperatura media habitual en febrero, el verano austral, ronda los cuatro grados. Tampoco extraña que las cigüeñas pasen el invierno en la península y que con los cambios nos acechen nuevos parásitos e infecciones que ahora sí se instalan pero que antes se quedaban en tierras más cálidas porque el frío aquí las detenía. Aunque esperemos que no nos llegue la epidemia de sarampión que silenciosamente noquea en Congo, como llegó el ébola o ahora el coronavirus, y antes la gripe aviar o el SARS o? Los cambios están siendo globales, pero nuestras respuestas, locales, de modo que, aunque se disponga de tecnología eficaz para hacerlos frente, si priman los intereses más cercanos necesitaremos más que mascarillas. En especial los europeos, que nos sentimos demasiado seguros en nuestro confort, perplejos porque un basurero mal gestionado, nuestros millones de desplazamientos, el intercambio continuo de mercancías y los pocos y viejos que somos en comparación con la explosión demográfica de otros lugares de la Tierra nos pueda obligar a emplear algo más que mascarillas, si no queremos que nos arrolle lo que viene.

Hemos provocado tantos cambios en el medio que tal vez la única posibilidad que nos quede de sobrevivir en él sea modificarnos genéticamente a nosotros mismos. Expectantes ante los ensayos génicos en el Institut Idibell.