La otra mirada

La muerte no es siempre el final

08.02.2020 | 19:55
Columnista Nekane Lauzirika

Quizá no sepan que uno de cada ocho átomos de oxígeno viandante por nuestro cuerpo estuvo antes en el del pequeño-gran Napoleón. Nada de fake new, sino cálculo probabilístico matemático-químico. Así que, aunque algún materialista mecanicista a ultranza mantenga lo contrario, no intitulo desde un púlpito ni desde la creencia en la posible reencarnación, sino desde la certeza de la presencia que se prolonga y permanece en el tiempo de las personas que nos dejan huella, convencida de que todos/as tienen hecha realidad esta sensación de plena presencia de alguna persona ya ida.

Esta semana he leído en la red algunos comentarios tras la muerte de un nieto de siete años de Lula, ex presidente de Brasil. Me he quedado helada y aterrorizada. Casi no puedo dar crédito a la insensibilidad humana que manifiestan, a la impiedad y falta de misericordia-respeto por un enemigo político. ¿Aceptarían algo parecido si Bolsonaro o alguno de los suyos falleciera?

Entre nosotros ha muerto Xabier Arzalluz y mi ingenuidad no es tanta como para pensar que todos le querían o apreciaban políticamente, pero sí para esperar que le respetaran como persona, al menos con el silencio. Me equivocaba. Tras su fallecimiento he leído en varios medios centenares de sórdidos comentarios sobre él. Aparte de achacarle frases, decisiones y actuaciones que nunca hizo y que incluso repudió públicamente, en los montones de basura que algunas redes están volcando contra él he percibido el odio y la insensibilidad humana. Era de esperar, porque algunos de sus contrincantes (¿enemigos?) políticos lo fomentan, casualmente (¿o causalmente?) los mismos que piden respeto para la memoria de un militar golpista, asesino de miles de personas, dictador vesánico implacable. Todo tapadito con su presunto amor a no sé qué España y a qué españoles.

Conozco desde pequeña al hijo de un asesino que fusilaba en las cunetas a los no-adeptos al régimen. No hablé, ni mal ni bien, de su padre cuando murió, y mucho menos de él cuando suceda. No llegué a lanzar mi jersey hacia arriba cuando cantaban sobre Carrero Blanco, porque una vez muerto ya no merecía mi recuerdo, ni bueno ni malo, ni privado ni público. Tampoco entiendo cómo gente que ha llevado la pistola al cinto para matar pueden dar lecciones de humanismo a los demás, en vez de callarse. Menos cuando el otro ha muerto. Tal vez estos que han criticado a Arzalluz incluso muerto, piensen que sigue vivo, y hacen como aquellos comisarios políticos fascistas y falangistas de los cuarenta y cincuenta que perseguían en las casas de los desafectos hasta las fotografías de los que ellos mismos habían fusilados, asesinado u obligado a exiliarse. ¿Acaso politicastros como Iturgaitz o Damborenera desearían repetir eso mismo?

Confunde y aturde tanto amor a España, tanta reverencia a la patria y tanto odio a los otros, incluso cuando ya les han echado tierra encima. A no ser que en el fondo piensen que la muerte no es su final, que siguen vivos en nosotros como los átomos de oxígeno de Napoleón.