El bombín roto

Cuando se levanta la corriente

07.05.2020 | 00:11
Leo Messi, ayer a su salida de la Ciudad Deportiva Joan Gamper. Foto: Afp

Los futbolistas han esquivado la acusación de privilegiados y se preparan para un regreso incierto

DESPEREZÁNDOSE del largo letargo. Ese es el estado en el que se mueve hoy el fútbol y, por extensión, el Athletic que, como muchos ustedes saben, es mucho más que un deporte. Regresa el fútbol de sus cavernas, digo. Y ante sus actores principales aparecen las verdes praderas (disculpen el tono documentalista de La 2; es el peso de la costumbre de tantos días confinado...) despejadas. No en vano, LaLiga ha revisado las características de Lezama y ha dado su pláceme: podrán entrenarse ahí los jugadores. Habrán de hacerlo una vez superen el trámite de las pruebas de control sobre su salud propios de pretemporada (que incluyen, en esta ocasión, el Santo Grial del test que valora la presencia o no del coronavirus en sus organismos, una manera de esquivar la imagen de aristócratas privilegiados que corrían el riesgo de proyectar si se lo hubiesen hecho a las bravas, cuando no hay test suficientes para la primera línea de fuego...) y cumplan una primera fase de entrenamientos en solitario.

Es todavía pronto, muy pronto, para comprobar si el fútbol, que de tan buena salud gozaba, regresa igual de fortalecido. Pronto incluso para saber si las competiciones volverán hasta sus últimas competencias. Ha bastado que se levanten las primeras corrientes, eso sí, para que broten remolinos y un oleaje considerable. Los clubes quieren ganarse el pan con el sudor de su frente antes que con la aritmética de los cálculos, máxime cuando las distancias de esta temporada eran estrechas. Los jugadores también. La diferencia radica en que un club se juega la cartera y un futbolista el pellejo. Es lógico el recelo de los segundos.

Hay futbolistas, eso sí, curtidos como la piel de un elefante, duros de roer, y otros más gráciles, más frágiles. A la estirpe de los primeros pertenece, por ejemplo, Ander Capa, quien ayer mismo hablaba de la séptima plaza en la liga –clasifica para la Europa Leage...– como un horizonte que atisbar con once partidos por delante. Se diría, incluso, que se muerde la lengua. Es un jugador ambicioso y es posible que piense en el más arriba, pero no es tiempo de alardes.

El Athletic ha apartado a 29 de los suyos para esta travesía, supongo que con vocación de prevención, no vaya a ser que todo arranque y lleguen lesiones. Intuyo que a Gaizka Garitano le hubiesen venido mejor 50.000 más, el refuerzo de la afición, pero eso parece un imposible. Tanto que, puestos entre la espada y la pared, el club a la hora de jugar la final de Copa como uno de esos partidos de barrio, a cara de perro y sin testigos o renunciar al billete continental garantizado y jugar la final ante los suyos, ha elegido lo segundo. Lo que hubiesen elegido la inmensa mayoría de corazones rojiblancos.

Ya sé que se pueden hacer otros cálculos. Que los carnés y abonos, por ejemplo, corren el riesgo de encarecerse ahora que se han perdido recaudaciones si no juegas en Europa el año que viene y quieres mantener el nivel, Maribel. Pero los números en el fútbol de sentimientos son sencillos: con 1-0 es suficiente.

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