EL estado de opinión de la ciudadanía (clima social) ejerce una notable influencia en las actitudes de las personas; pero, a diferencia del ámbito meteorológico, puede modificarse actuando sobre sus causas. Veamos lo ocurrido en décadas pasadas, en las que se han producido importantes alteraciones en el clima social de la sociedad vasca:
—En el ambiente dictatorial de la posguerra, el clima social era el de “esperar a la vuelta” sin colaborar con un régimen impuesto, confiando en que, tras la Segunda Guerra Mundial, las potencias vencedoras impondrían la democracia.
—En este contexto, líderes sociales inician experiencias comunitarias aprovechando los mínimos resquicios legales. Nacen ikastolas, cooperativas y asociaciones culturales; se desarrolla la participación municipal y un largo listado de actividades económicas y sociales. El clima de revancha y resistencia se transforma en otro de “efervescencia comunitaria”.
—Con la llegada de la democracia comienza una etapa de “efervescencia política”. Líderes comunitarios dan el salto a la política, afloran ideologías, se generan fervores militantes y todo empieza a construirse. El ambiente comunitario pierde fuerza, descargando responsabilidades en la política.
—La fragmentación política, su pugna irreconciliable por alcanzar el poder, la proliferación de casos de corrupción, los cambios en la economía y la vertiginosa evolución de la ciencia y la tecnología generan una sensación de desconfianza y desarraigo político. El clima social actual se caracteriza por un “vacío existencial”, sin orientación ni guía.
Revertir esta situación de atonía social requiere la actuación conjunta de la sociedad. Echar la culpa a la carencia de valores, a la pérdida de principios o al egoísmo de las personas no es más que una disculpa para encubrir las propias responsabilidades. El problema no radica tanto en las actitudes personales como en el clima social existente, que no ofrece estímulos ni pautas que animen u orienten un destino colectivo, inhibe iniciativas y genera egoísmos.
En este contexto, es urgente que cada estamento asuma su propia responsabilidad:
—La política debe evolucionar hacia una mayor participación ciudadana, pasando de ofrecer servicios públicos a ejercer liderazgos; de recelar de iniciativas ajenas a impulsar su desarrollo; de practicar una tutela paternalista a complementarla con actitudes subsidiarias. El liderazgo compartido multiplica la eficiencia política, eleva su nivel y contrarresta las rencillas internas ofreciendo horizontes ambiciosos.
—La economía requiere competitividad internacional y arraigo territorial. La primera la conduce a la pugna directa en los mercados (vanguardia económica), mientras que el arraigo territorial le proporciona la cobertura del entramado de instituciones económicas, académicas, científicas y tecnológicas del país, que refuerzan su competitividad (retaguardia de soporte). Su condición de poder social la vincula al país y la compromete con su destino.
—La comunidad cuenta con experiencias consolidadas y cobra nuevo impulso al trascender: de ofrecer respuestas parciales a proponer soluciones estructurales (visión holística); de actuar en solitario a compartir con otros; de ser marginal a situarse en el centro de la atención social; del aislamiento tradicional a conformar un cuerpo organizado.
La conformación de un sistema de gobernanza sustentado en la autonomía de cada poder, en la profundización de la democracia –política, económica y comunitaria–, en la visión prospectiva del desarrollo, en la movilización de las fuerzas sociales y en la articulación de procesos de cooperación genera y da visibilidad, a un clima de “reconstrucción social” en el que pueden verse reflejados los mejores afanes personales. Una sociedad desmembrada y sin norte se transforma así en un crisol de voluntades que afronta con decisión su lugar en la historia.
Este nuevo clima social alienta y moviliza los sentimientos más nobles de las personas, transforma hedonismos individualistas en altruismos comunitarios y enfoca la búsqueda de la felicidad en la construcción solidaria de la sociedad. La función creativa y constructiva del trabajo sustituye al penoso y prosaico sentimiento de su necesidad como simple medio de sustento.