EL tiempo suele ser el inexorable juez que pone en su verdadero valor las promesas propagandísticas de esos políticos que creen que una mentira repetida cientos de veces termina por ser verdad. Como decía el poeta inglés Alexander Pope (1688-1744): "El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera". Claro que, pese a semejante esfuerzo, ni aún así podrán sostener la falacia cuando son desmentidos por los datos oficiales, cuya tozudez termina desvelando la verdad.

Así ha ocurrido esta última semana, cuando, 48 horas antes del 1 de mayo, la Encuesta de Población Activa (EPA) desmentía las proclamas triunfalistas de los Montoro, Báñez y cía., al confirmar que, en el primer trimestre de este año, 184.600 personas perdieron su empleo y, por tanto, poco o nada tenían que celebrar en la 'fiesta del trabajo'. A día de hoy, las cifras de cotizantes -IRPF y Seguridad Social- son las peores desde hace seis años -primer trimestre de 2008- y sus salarios se han reducido sustancialmente, lo que significa un descenso en los ingresos fiscales que dificulta la reactivación del consumo interno, el mantenimiento de las pensiones y la reducción del déficit público.

La ineptitud del Gobierno español es alarmante. En esta ocasión no habían previsto que la encuesta del primer trimestre se realizaba sobre un censo nuevo que se actualiza cada diez años de tal suerte que los datos a finales de 2013 estaban inflados en 416.300 personas más: 377.000 ocupados más y 39.300 parados más.

Pese a todo, Rajoy suelta una de las suyas, "estoy muy contento, las cosas van bien" dejando al personal con cara de hastío e indignación, aunque no de sorpresa porque así ha ocurrido en una legislatura que comenzó con promesas de crear empleo y bajar los impuestos. Transcurridos dos años y medio desde que se instaló en La Moncloa, se han convertido en todo lo contrario: fuerte descenso del empleo e incremento de la presión del IVA y del IRPF. Ahora, cuando los datos macro señalan una incipiente recuperación del PIB, la economía real -empleo y consumo- pone las cosas en su sitio y los gobernantes ilusionistas temen que las próximas elecciones europeas confirmen la sentencia de Aristóteles: "El castigo del embustero es no ser creído, aún cuando diga la verdad".

El Gobierno de Urkullu no quiere caer en la tentación de utilizar propaganda falaz sobre 'brotes verdes' puntuales y de escaso recorrido. El programa presentado deja claro la existencia de tres grandes líneas de trabajo: Reestructuración empresarial reforzada por las fuentes de financiación; Consolidación de los síntomas positivos con procesos de innovación e internacionalización; y, como tercera línea, impulsar la creación de nuevas empresas.

Suena bien esa hoja de ruta, pero seguimos sin saber qué opinan de la misma actores tan importantes para su éxito o fracaso como los empresarios y las entidades financieras. Ya va siendo hora de saber cómo respiran unos y otros, porque a muchas miles de familias les falta el aire para vivir y no necesitan más mentiras, sino alguna esperanza real.