Aunque no está históricamente probado, se dice que la palabra Haro es una derivación de faro en atención al que existió en un promontorio próximo a la desembocadura del río Tirón en el Ebro, cuando éste era surcado por barcazas de transporte. Tal vez la atalaya estuvo en el lugar donde actualmente se encuentra la Iglesia de Santo Tomás. Esta leyenda tiene algunas variantes, como la que afirma que el pretendido faro iluminaba el Castrum Bilibium, una fortaleza romana que montaron las legiones de los césares en el mismo lugar para vigilar el tráfico por el río Ebro.
En 1040 aparece por primera vez la palabra Haro en un documento firmado por el rey García Sánchez III de Navarra, hijo de Sancho III el Mayor. En este texto, el monarca, que controlaba los territorios de Nájera, Pamplona, Araba, La Bureba, Trasmiera, Las Encartaciones, Montes de Oca y Las Merindades, ponía en manos de su esposa Estefanía los dos Cameros riojanos como regalo de bodas.
Fue entonces cuando la ciudad empezó a crecer y enriquecerse hasta el punto de convertirse en plaza deseada por reyes y caballeros que no pararon hasta saquearla. En plena Guerra de Sucesión entre los Austrias y los Borbones, el rey Felipe V escogió a Haro como refugio para la futura reina María Luisa Gabriela de Saboya y su hijo de tres años, Luis, príncipe de Asturias. De ahí le viene a la ciudad jarrera el título de “Muy noble y muy leal”.
Haro monumental
La notoriedad histórica de Haro se aprecia hoy en la variedad de veteranos edificios blasonados que encontramos al paso por el casco antiguo. Del siglo XVI es el Palacio de Bendaña o Paternina, una maravillosa construcción en estilo plateresco con detalles arquitectónicos, como las cariátides en la portada, que lo hacen único en La Rioja.
Dignos de mención son también los palacios de los Condes de Haro, junto a la iglesia de Santo Tomás, con su maravillosa portada; el de Tejada, con bustos en las ventanas de sus tres pisos; el de los Condestables con unos paredones dignos de admiración, el de la Cruz… Es decir, los espejos de la pujanza económica que tuvo la capital del Rioja a partir del siglo XVIII y, sobre todo, en el XIX.
La iglesia de Santo Tomás antes citada tiene todas las trazas de templo-fortaleza, no sólo por sus recios muros, sino por la situación privilegiada en que se encuentra. Se levantó en los siglos XVI y XVII con pórtico de estilo plateresco del año 1516. En su interior se pueden ver tres soberbias naves con bóveda de crucería y retablos barrocos de los siglos XVII y XVIII.
La basílica de Nuestra Señora de la Vega es otro templo de obligada visita. Construida en sillería, mampostería y ladrillo, conserva una antigua imagen de la patrona de Haro venerada especialmente el 8 de septiembre. El Convento de San Agustín se encuentra en céntrica plaza homónima convertido en un moderno establecimiento hostelero que respeta los muros de su primitiva dedicación. El edificio tiene su historia: se construyó en el siglo XVI y, tras la desamortización, sirvió de cárcel, escuela y hospital.
Cerca de la Puerta de San Bernardo, uno de los puntos más fotografiados de Haro, se encuentra en Museo Riojano de Arte Contemporáneo, conocido popularmente como Museo del Torreón por encontrarse en una antigua torre de la muralla que defendía la ciudad en el siglo XV. De su primer destino como cárcel pasó a vivienda privada y en la actualidad, como pinacoteca, tiene un catálogo interesantísimo que se ve acrecentado por el encanto del lugar en que se encuentra.
El Ayuntamiento fue edificado en 1769 por Juan de Villanueva, el mismo que hizo la Capilla del Sagrario de la catedral de Málaga y el Oratorio del Caballero de Gracia, esa pequeña basílica que se esconde en la Gran Vía madrileña.
Santuarios del buen yantar
La principal zona de poteo de la capital del Rioja está delimitada por la Plaza de la Paz, calle y plaza de San Martín y calle Santo Tomás. Cada local asegura tener los mejores pintxos, que van desde champis a las populares zapatillas de Los Berones, donde el que se la juega es el jamón que preside la jugosa rebanada de pan. Apenas si se ven ya las cazuelitas de ranas, que llegaron a ser una tradición. Dos templos para el buen yantar son el Terete, fiel desde 1877 a los asados de cordero en legendario horno, y el Beethoven, en la calle Santo Tomás.
La filoxera tuvo la culpa
En 1863, y procedente de América del Norte, un pulgón llegó a la zona francesa de Languedoc provocando la gran plaga del vino francés. Era la filoxera, ese insecto microscópico que ataca a la vid comiéndose sus hojas y raíces hasta acabar con la planta. Más del 40% de los viñedos vecinos fueron destruidos en quince años. La industria vitivinícola francesa quedó arrasada.
En consecuencia, los bodegueros galos emprendieron una operación comercial de increíbles proporciones en la que intervinieron también algunos empresarios vascos. El vino que consiguieron almacenar en el Barrio de la Estación de Haro fue trasladado a Bilbao a través de una línea de ferrocarril que se preparó para tal ejercicio. Los caldos riojanos llegaban a Burdeos por vía marítima.
Esta colaboración con los colegas franceses sirvió no sólo para promover también la creación de la Estación Enológica de Haro, sino para aprender los métodos utilizados contra la filoxera, plaga que se presentaría unos años más tarde, en 1899, en los viñedos jarreros.
Primeras calles iluminadas
La ciudad de Haro experimentó un auge extraordinario tanto con esta maniobra como con el desarrollo experimentado por la fábrica de harinas y abonos La Minerva que en agosto de 1877 colocó alumbrado público en sus instalaciones mediante una máquina dínamo.
La novedad se extendió a la ciudad que, por primera vez en su historia, el domingo 7 de septiembre de 1890 vio iluminada artificialmente la Plaza de la Paz. Fue tan solo una prueba, porque el primer día de 1891 Haro se convirtió en la primera localidad del Estado, junto a Jerez de la Frontera, en contar con alumbrado público por electricidad.
Los preparativos
Pocos jarreros se quedan en casa en la tarde del 28 de junio. Todos saben que las cuadrillas están ultimando detalles para el intenso programa que se les viene encima. Ante todo dos consejos para los no iniciados: como mejor te lo vas a pasar es integrándote en una cuadrilla local. No hay problema para ello dada la hospitalidad de los vecinos de Haro. Por otra parte, lleva ropa blanca dispuesta para ser arrojada a la basura al día siguiente, cuando, tras una ducha a fondo, te dispongas a volver a la normalidad con indumentaria limpia de repuesto y tras una buena siesta. Hago hincapié en este detalle porque es difícil quitarte el olor a vino que llevas encima.
Cada cuadrilla tiene sus puntos de encuentro, generalmente próximos a la Plaza de la Paz, el centro neurálgico de Haro, donde se encuentra el Ayuntamiento, el kiosko y el Palacio Paternina. Uno de los lugares históricos fue el bar La Kika, una tasca para genuinos jarreros deseosos de catar buen vino y las cazuelitas de cangrejos picantones.
Una batalle regada
Dicen los historiadores que los romanos construyeron una fortaleza en los riscos de Bilibio para controlar el tráfico a través del río Ebro. La situación era excelente, ya que desde el punto más alto, a 642 metros, se dominaba una amplísima zona. Esta vigilancia fue continuada más tarde por los árabes en su etapa de conquista. Durante este tiempo acabaron con la vida de un anacoreta muy querido, San Felices, al que dieron sepultura en una cueva de tan inhóspito lugar. La reconquista supuso el culto al santo en ermitas que, con el tiempo, han ido variando de aspecto.
El origen de una batalla utilizando vino y humor como armamento tal vez haya que buscarlo en la rivalidad existente entre Haro y Miranda de Ebro por la posesión de los peñascos de Bilibio. Algo así como la teja que los de Bermeo lanzan junto a Ízaro en Día de la Magdalena para recordar a quién pertenece la isla.
En la parte superior del risco y desde 1964 se encuentra la estatua de San Felices. Representa al santo pasando las hojas del libro abierto que tiene en sus manos, una actitud que ha motivado numerosas bromas dada la baroja que sopla por aquellas alturas. La ascensión al risco se lleva a cabo al alba, con las primeras luces del día. Para entonces, el blanco nuclear de muchas ropas romeras ya es un recuerdo. Apenas si se distingue ya el rojo-chillón del garriko que ha pasado a un rojo-burdeos –perdón, rojo-haro– imposible de diferenciar.
Chorretones de vino se entrecruzan entre unos peregrinos y otros. Muchos hombros aguantan sulfatadoras cargadas para la ocasión. Miles de litros se entrecruzan durante un trayecto que llega a ponerse resbaladizo, pero no por agua caída precisamente. No hay enfados entre unos y otros. Es una sana alegría la que reina. “…Y el que se resista o se ponga borde va directamente al pilón”, me dice un mozo en plan advertencia.
El momento cumbre, como debe ser, está en la cumbre del risco, cuando, tras la misa, se inicia la locura de la fiesta y el mal vino del año anterior va cayendo, casi formando cascadas, por las laderas de la montaña. Y aún hay coraje para dar las tradicionales vueltas en la Plaza de la Paz e ir pensando en que el año próximo puede ser mejor. Por cierto, la Batalla del Vino siempre queda en tablas.