Tengo amigos y más que amigos en las listas de “Euskal Herria Bildu” para las próximas elecciones. Dentro de esas listas, tal como se ha revelado en todos los medios, cuarenta y cuatro personas fueron en su día condenadas por su relación con ETA, siete de ellas encausadas con delito de sangre. Siquiera el hambre de voto, ablande corazones. No conviene apear a nadie de las listas, pero resta reconocer que la violencia fue un terrible error. El último tiro tiene ya 13 años de lejanía, se va apagando felizmente su bárbaro eco, pero se impone un auténtico mea culpa por su fatal detonación. Todos los candidatos son necesarios para las nuevas instituciones, también los que se equivocaron brutalmente. Yo me olvidaría del veto, no objetaría su posibilidad de ser elegidos y elegidas, pero echamos en falta el gesto rotundo. Siquiera la cercanía de las cajas de cristal auspicie la imprescindible catarsis. Se impone ya un perdón valiente capaz de sellar ese oscuro pasado para siempre. Solo les pediría que por fin realizaran serio examen de conciencia, que admitieran que se equivocaron profundamente. Bastaría sincera contrición por el silencio cómplice ante la violencia, cuando no el jaleo. No sólo para superar este embrollo electoral, sobre todo para terminar de inaugurar definitivamente una nueva era en Euskal Herria.