La Pedrada, así es como se llamaba la colaboración que tuve durante un tiempo en un periódico, hará unos treinta años. Entonces era joven y airado y recuerdo que en el primer artículo que escribí hice una declaración de intenciones y que estas consistían en, ya que alguien me había dado la oportunidad de subirme a una columna, lanzar desde allí arriba pedradas a todo lo que se meneara (o parafraseando a Raymond Carver: “Era un buen ajuste de cuentas / palabras arrojadas como piedras contra las ventanas). Duré cuatro o cinco semanas, hasta que una de esas piedras golpeó en el cristal equivocado (no recuerdo en cuál, probablemente en el de algún miembro de la junta de accionistas del periódico).

Con el tiempo me di cuenta de que la idea de transformar la realidad escribiendo es tan pretenciosa como cándida, aunque, romántico y cabezón, tampoco la abandoné del todo y mantuve la filosofía de Albert Camus, quien decía -con otras palabras- que tal vez no se puede cambiar el mundo a través de la literatura, pero hay que escribir como si eso fuera posible. Del mismo modo, todavía hoy siento algo de vértigo cada vez que me enfrento a estos Rubio de bote, siento esa responsabilidad de, si no arrojar pedradas contra las ventanas, sí meter chinas en algún zapato o hacer que la piedra se mantenga sobre el agua, en un chipi-chapa sintáctico, hasta el final del artículo y no se hunda a mitad de camino lastrada por el lugar común o la insustancialidad. 

Piedras a punto de ser lanzadas al agua, en una imagen de archivo. Freepik

Seguramente detrás de eso subyace el exceso de importancia que el columnista se da a sí mismo. De hecho, a menudo quienes nos dirigimos al resto desde una tribuna corremos el riesgo de caer en la telepredicación o utilizamos el comodín facilón de arengar a un público cautivo, que comparte nuestra misma visión del mundo y al que esas chinas en el zapato no le molestan, al contrario, lo masajean.

Sea como fuere, a menudo me asaltan dudas o un sentimiento de culpabilidad, sobre todo cuando desde esta página recurro al humor o al periodismo doméstico, cuando mientras lo bombarderos surcan el cielo o el precio de la gasolina se dispara yo escribo chistes sobre mi peluquero. Pero se me pasa pronto. Tal vez con mis artículos no pueda desatar una revolución, pero si consigo que alguien se ría me doy por satisfecho. Después de todo, ¿podemos aspirar a algo más elevado que no sea la felicidad? ¿Qué hay más transformador que sonreír para sí mismo o soltar en alto una buena carcajada? Hacer reír no es una empresa menor. Hacer reír es algo serio. Lo que Albert Camus decía en realidad es que nuestra misión no es rehacer el mundo, sino impedir que este se deshaga, y no se me ocurre un mundo más apocalíptico que aquel en el que el ser humano ha perdido el sentido del humor.