OPINIÓN

¿Qué es mejor para la izquierda?

09.02.2020 | 15:44
Columnista José Luis Úriz Iglesias

LA izquierda no ha sido capaz de ponerse de acuerdo y por tanto estamos abocados a repetir las elecciones el próximo 10-N. Jugar a hacer de pitoniso es complejo en un momento especialmente líquido como el actual, aunque a diferencia de los análisis que hacen los oráculos de Moncloa, parece que para esa fecha podríamos estar en plena gota fría en lo político y en lo económico. Un temporal que probablemente pueda perjudicar de manera especial a la izquierda, que acaba de desperdiciar una oportunidad de oro para gobernar este país los próximos cuatro años.

El empecinamiento de los dos líderes, Pedro y Pablo, o Pablo y Pedro, y sus correspondientes equipos, han conseguido hacernos perder esta gran oportunidad. Algún día se escribirán sesudos textos sobre los motivos de ese fracaso, aunque lo más probable es que la culpa del fiasco sea de esa nueva cultura impuesta, de tomar las decisiones basándose en encuestas demoscópicas, ignorando que son fotos fijas en un momento especialmente voluble y cambiante.

Tomar decisiones el mes de septiembre, con encuestas realizadas a finales de junio y principios de julio, o sea antes del primer fracaso, puede llevar a un diagnóstico sociológico equivocado y radicalmente diferente de lo que puede resultar en noviembre. Por eso, quizás, esa fecha nos pueda traer sorpresas en una situación de desánimo y frustración del electorado de la izquierda, que se ha dado cuenta de que sus respectivos partidos son incapaces de anteponer el bien común al partidista... mientras la derecha podría llegar a esa cita electoral rearmada después de demostrar que ellos sí son capaces de acordar y gobernar juntos y de haber diluido el efecto disuasorio del hipotético peligro de Vox. Si además son capaces de poner en marcha la experiencia de España Suma para el Senado y algunas provincias pequeñas, podría darse un vuelco al panorama actual.

En noviembre, además, estaremos afectados por una profunda gota fría provocada por la fusión del efecto del Brexit, más el inicio de una nueva crisis económica y el efecto imprevisible de la sentencia del procés... sin contar las posibilidades de un otoño caliente con los pensionistas, que aportan casi nueve millones de votantes a la masa electoral y que estarán en pie de guerra dado que la no formación dl gobierno les lleva a la casilla de partida del gobierno Rajoy, empezando por la subida del 0,25 % de sus pensiones para 2020.

Un panorama que podría llevar a que los resultados permitieran a la derecha extrema gobernar, circunstancia que nadie preveía la noche electoral del 28-A y ante la que deberíamos interrogarnos: ¿Ese hecho sería beneficioso o perjudicial para la izquierda? Perece que lo evidente sería contestar que perjudicial, pero quizás este análisis permita deducir que antes al contrario sería muy beneficioso. ¿Cómo es posible?

Antes de responder deberíamos analizar que de lo visto en los últimos meses cabe deducir que la izquierda ha sufrido una profunda transformación desde que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias llegaron a la dirección de PSOE y Podemos. Ellos y sus gurús han sido capaces, en apenas unos años, de convertir partidos de izquierda clásica en una especie de secta acrítica con cúpulas sólidas y pétreas y una base de palmeros incapaces de discutir los dogmas de fe de unos líderes inflados de ego.

Cualquier crítica a sus tesis provoca una campaña feroz de machaques descalificadores que para los socialistas que osan sublevarse llega en forma de acusaciones de podemización y en la orilla contraria a justo lo contrario. Son estas nuevas condiciones las que nos podrían llevar a la catástrofe. Porque quizás lo más terrible que haya pasado estos meses haya sido la quiebra brutal que se ha producido entre las dos izquierdas, entre el mundo socialista y el podemita. Lo vamos a pagar durante mucho tiempo.

Y la pregunta debe ser: ¿qué más da si la responsabilidad de lo ocurrido es el 80% de Podemos y Pablo Iglesias y el 20% restante de PSOE y Pedro Sánchez, o al revés, si al final todas y todos sufriremos las consecuencias de su desvarío? ¿Qué más da quién haya tenido razón en realidad y en qué porcentaje si al final gobierna la derecha? ¿Qué más da? La izquierda desactivada y aborregada necesita una especie de tsunami electoral para romper con esa inercia autodestructiva.

Si PSOE y Podemos fracasan en esas nuevas elecciones, cada cual de diferente manera, y desperdician la oportunidad histórica que once millones de electores les dieron, ese tsunami puede llevarse por delante a ambos y a sus equipos.

Resulta evidente que esa ciudadanía de izquierdas cabreada y perpleja sufrirá las consecuencias de su fracaso, pero realmente será una inversión, un avance estratégico de cara al futuro. Sánchez e Iglesias son lo peor que le ha podido ocurrir a la izquierda en los últimos años y su desaparición, una especie de limpieza, de purificación, que permita a otros u otras líderes conseguir lo que ellos han sido incapaces de hacer; la unidad de las diferentes izquierdas para desde la síntesis gobernar juntos. Sería a costa de ocho años de travesía por el desierto pero a veces los cambios profundos necesitan de hechos terribles, sacrificios y tiempo.

La izquierda, hoy, necesita de un escarmiento que la haga reflexionar sobre los errores cometidos. El primero, el excesivo seguidismo a las decisiones impuestas desde sus élites sin ninguna capacidad crítica o autocrítica. Y quizás el revulsivo de perder unas próximas elecciones pueda ser la mejor inversión de cara al futuro. Probablemente se necesitará tiempo y perspectiva para darse cuenta de que es así, pero resulta evidente que con lo que tenemos ahora no vamos a ningún sitio... salvo al abismo.

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