El origen de los fanzines lo encontramos en los años cuarenta del pasado siglo. Aunque el primer fanzine del que se tiene constancia es The Comet, publicado allá por 1930 por el Science Correspondence Club de Chicago y editado por Raymond Arthur Palmer. Sería en 1949 cuando el término, de uso ya habitual, sería incluido en el Oxford English Dictionary. Y es que escritores como Robert E. Howard, creador de Conan, o H. P. Lovecraft, uno de los escritores más importantes del género de terror, desarrollaron sus relatos entre las páginas de estas publicaciones entusiasmando a una legión de aficionados.

Posteriormente el fanzine creció en el ámbito de la contracultura haciéndose eco de movimientos sociales tan relevantes como el Verano de las flores de San Francisco o el movimiento punk inglés. Y es que en las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado, los fanzines se convertirían en un sistema eficaz de comunicación underground, contracultural, casi revolucionario, de bajo coste y carácter desinteresado, altruista en muchos casos, con capacidad para alcanzar a un público que veía en ellos un medio para acercarse a personas con intereses comunes.

Virtudes, por otro lado, que los convertían en un medio efímero, de vida corta, realizados a partir de fotocopias, doblados a mano, que empleaban recursos extraídos de otras publicaciones, a modo de collages ingeniosos que llamasen la atención del mensaje que querían transmitir.

El fanzine vasco

En un ámbito más cercano, nombres hoy consolidados de nuestra cultura dieron sus primeros pasos en el fanzine. Es el caso de Bernardo Atxaga, que realizó Pampina Ustela cuando aún trabajaba en un banco o que desarrolló junto a nombres como Ruper Ordorika o Joseba Sarrionandia fanzines hoy míticos como Pott. Sin olvidar Garziarena, aquel falso periódico en DIN A2 doblado que en 1992 publicaba textos en euskera o castellano con la condición de que sus colaboradores firmasen todos como Garziarena. “Había una gran efervescencia. Todo era muy natural, sin subvenciones. Había muchas ganas de hacer cosas”, apunta Atxaga.

Bernardo Atxaga junto a Ruper Ordorika y Joseba Sarrionandia crearon la Banda Pott y fueron pioneros del fanzine vasco.

Bernardo Atxaga junto a Ruper Ordorika y Joseba Sarrionandia crearon la Banda Pott y fueron pioneros del fanzine vasco. .

Nafarroa vio nacer alguna de las cabeceras pioneras del medio –El Huerto o Hamelin– con creadores como Javier Mina, Pedro Osés, Joaquín Resano y Ernesto Murillo Simonides, quien recuerda el impacto que supuso descubrir los fanzines: “Por aquellos tiempos vi a Bernardo Atxaga vendiendo el Pott Tropicala en la calle San Nicolás en Iruñea. Hablamos con algunos amigos que escribían y sacamos El Huerto”.

En Bilbao, Álex de la Iglesia desarrolló sucesivas cabeceras que reflejaban su pasión por el cómic (Trokola), el cine (No. El fanzine maldito) e incluso el rol (La llamada de Ctulhu). La agrupación El Desván congregó a la hasta entonces dispersa comunidad comiquera bilbaina con autores como Rober Garay, José Ibarrola, Iñaket o Pedro Rivero en el fanzine Metacrilato.

La aparición del punk supuso un revulsivo para la juventud de la época. Eran tiempos convulsos y el fanzine daba la oportunidad de expresarse a toda una generación. En Gipuzkoa surgen Destruye! (Donostia), Única alternativa (Errenteria) o Brigada Criminal (Zarautz) que, con el tiempo, conformarán el sello Basati. Y es que muchos fanzines supusieron el germen de discográficas como Munster Records o Subterfuge.

En Bizkaia nacen a principio de los 80, con aquellas primeras fotocopias, fanzines como Sorbemocos, de Julián Vallejo; Neo Ama de Kass, o Zarama, de Roberto Moso (en paralelo a la aparición del grupo). Cuando el rock radical se consolida se desarrolló un circuito entre las radios libres, los gaztetxes y los fanzines que mezclan la contrainformación y la música en un mismo espacio.

En 1987 nace el TMEO que casi cuarenta años después realiza una incómoda crónica de nuestra época con autores hoy clásicos como Mauro Entrialgo. La revista agrupa a diversos fanzines de la época y establece una especial relación con los bares, que anuncian y venden la revista, y logra una distribución normalizada consiguiendo tiradas que aún hoy son superiores a los dos mil ejemplares.

El año que viene el ‘TMEO’ cumplirá 40 años de compromiso con el humor. .

Posteriormente, en Nafarroa, nacería Napartheid con una decidida apuesta por el euskera y con nombres como Asisko Urmeneta o Pernan Goñi, que marcarían el camino de las futuras generaciones, así como ser el germen de una de las mayores recopilaciones de fanzines hechas hasta la fecha: la Fanxinoteka.

Cuando dominaron la tierra

En los 90, jóvenes creadores como Borja Crespo o Koldo Serra utilizan el fanzine, la música o los cortometrajes para expresarse. Son tiempos en los que se reivindican los subgéneros, la serie B y la caspa. Cabeceras como La Comictiva o 2.000 maníacos aglutinan a una generación que se acabará profesionalizando. Y festivales como el FANT o la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián se hacen eco de esta pasión por los géneros con propuestas como La guerra de los fanzines, que congregan a nuevas legiones de aficionados.

La llegada de los ordenadores permite que la ambición de los realizadores crezca y el aspecto final sea fácilmente confundible con las revistas que habitaban en los kioscos. Cabeceras como Neurótica (en lo musical), Quatermass (en el cine) o Nuevas tertulias (en la literatura) denotan ya una factura profesional y en algunos casos mostraron la voluntad de profesionalización de sus realizadores. La revista Escala fue un ejemplo claro de esta voluntad.

Los fanzines han sido también utilizados por los distintos colectivos para expresarse. Es el caso del feminismo con cabeceras como Lehioa. Erreakzioa-Reacción es un colectivo formado por las artistas Estíbaliz Sádaba y Azucena Vieites, que surge en 1994 como un espacio generador de contextos en torno a la teoría, la práctica artística y el activismo feminista. Hasta el año 2000 Erreakzioa dedicó gran parte de sus esfuerzos a la edición de fanzines hasta alcanzar un total de diez, siendo una de sus propuestas más emblemáticas y que mejor ha definido su trabajo.

Posteriormente los femizines recogen el testigo y reivindican las voces de las autoras, especialmente proyectadas en lo musical. En el caso del colectivo LGTBI, autoras como Teresa Castro y su L.S.B. Ana se han convertido en fieles defensoras del fanzine.

Tiempos modernos

La aparición de internet resuelve los problemas asociados habitualmente a los fanzines: no hace falta ni el papel ni la impresión y por tanto no es necesaria ni la mínima inversión, tampoco la distribución o almacenaje. Los blogs o e-zines sustituyen a nuestros queridos panfletos pero los fanzines, una vez más se resisten a desaparecer.

En los 90 el cómic, la música y el cine se unieron para mostrar las inquietudes de autores como Borja Crespo o Koldo Serra. .

A nivel estatal surgen diferentes festivales que muestran el interés de las nuevas generaciones por expresarse de una manera física, un público interesado en volver a los encuentros físicos, a realizar publicaciones en papel, aunque con una mirada distinta. “Lo que hacíamos entonces”, nos cuenta Lourdes Madou, responsable de Alguno me moskea, “era distinto. Ahora el foco está más en la ilustración y en nuestra época lo era más la música”.

De hecho, poco tiene que ver con el voluntarioso uso de las fotocopias de aquellos primeros tiempos. Se recuperan sistemas de producción ya obsoletos como la risografía, un sistema humilde, en origen, que permite la realización de obra con vivos colores y las nuevas huestes de aficionadas abrazan con optimismo la vuelta al papel. En Gipuzkoa nace Guillotina, en Bilbao Bala (Bilboko Arte Liburu Azoka), en Vitoria-Gasteiz Mazooka y en Navarra el Pumk!. Otros salones consolidados como el Salón del Cómic de Getxo o el Salón del Cómic de Navarra o encuentros como Irudika mantienen una estrecha relación con el medio.

La pandemia y los vaivenes del precio del papel se convierten en nuevos retos que el fanzine tiene que asumir pero que sabe lidiar con solvencia. Las instituciones poco a poco han ido identificando los fanzines como el reflejo de una época. Artistas de distintos géneros se han acercado a ellos como una manera de dar sus primeros pasos, de contar sus historias sin cortes. Hoy, como ayer y mañana, los fanzines siguen presentes con esa idea de ser un espacio de libertad.