La cumbre de Pekín entre Donald Trump y Xi Jinping ha dejado una tregua pragmática cuyo alcance real todavía está por medir. Más allá de los multimillonarios acuerdos de compra de aviones comerciales y productos agrícolas, el encuentro supone un reconocimiento tácito por ambas partes: la fase de confrontación abierta, marcada por la espiral arancelaria y el boicot tecnológico, desgasta a las dos economías sin arrojar un vencedor. A diferencia del antagonismo de bloques de la Guerra Fría, entramos de lleno en una era de “relación templada”, en la que ambas superpotencias optan por gestionar sus antagonismos estructurales de forma bilateral para evitar un colapso perjudicial para las dos.

China avanza decidida hacia un liderazgo regional incontestable en lo político, utilizando su firmeza sobre Taiwán como la gran línea roja que nadie debe atreverse a cruzar, mientras se consolida en una vanguardia tecnológica diseñada ya no solo para tutear a Washington, sino para superarlo. Pekín se apoya en su control casi absoluto de materias primas críticas, como las tierras raras, y en el impulso de desarrollos propios tras años de transferencia tecnológica en los que participaron empresas occidentales atraídas por costes reducidos. Frente a esta visión milimétrica, la estrategia de Donald Trump se muestra más errática, aunque deja entrever un crudo pragmatismo de supervivencia. El mandatario estadounidense parece asumir que no puede ganar un pulso definitivo mano a mano contra el gigante asiático. Su prioridad inmediata es evitar una ruptura sistémica y proteger su imagen exhibiendo acuerdos vistosos, además de preservar intereses geoestratégicos comunes, como el freno a Irán. Sin embargo, esta aparente reconciliación bilateral enciende alarmas en Europa, relegada de este nuevo reparto de intereses globales. El bilateralismo entre Washington y Pekín compite directamente con la propia agenda diplomática, económica y de “reducción de riesgos” que la Unión Europea intenta cimentar con China de manera autónoma. Europa corre el riesgo de quedar marginada, atrapada en las dinámicas de dos bloques que pactan las reglas tecnológicas, comerciales y de seguridad del futuro sin necesidad de escuchar a Bruselas.