Muy al fondo, donde el horizonte se aleja, inasible, un lugar que se imagina, se asiente Stella di Pila, un mirador panorámico situado a 2.723 metros, desde el que se disfruta de una vista de 360° sobre los principales macizos alpinos, entre ellos el Mont Blanc, el Cervino, el Monte Rosa y el Gran Paradiso.
Cuatro coronas alpinas formidables que sugieren la grandeza y la majestuosidad de los magníficos Alpes cubiertos de nieve, blanco el rostro, maquillado por el invierno, frente a los insignificantes seres humanos, que todo lo retan, hasta lo imposible.
El frontispicio rocoso, cortante y anguloso de las montañas mágicas y apasionantes, late con fuerza telúrica en el Valle de Aosta.
En esas montañas reinó Jonas Vingegaard, otra vez el mejor en las alturas. Su bandera ondeó sobre Pila. El danés, imperial, se subió al cielo del Giro con una ascensión en la que alejó casi un minuto a Gall, segundo, y otro tanto a Hindley y Pellizzari. Arensman concedió prácticamente 1:30.
Desde su atalaya observa al resto el danés. Apenas los identifica, tan lejos. Su victoria sin mácula en Pila, deja a Vingegaard al gobierno de la Corsa rosa con una renta estupenda.
Dispone de 2:26 sobre el bravo Eulálio, al que arrancó el maglia rosa, 2:50 respecto a Felix Gall, más agrietado, a 2:56 y 3:03 con Thymen Arensman. Vingegaard sometió a todos en las rampas de Pila. Desde su cumbre imagina el perfil de Roma.
“Es algo que realmente quería, estoy muy contento y orgulloso después de ver cómo ha corrido mi equipo hoy. Hemos dicho que íbamos a controlar desde el principio y lo hemos hecho, ha sido impresionante. El plan era justo lo que hemos hecho, ir cada vez más rápido”, determinó Vingegaard.
Si en el Blockhaus y Corno alle Scale a sus logros les faltó un barniz de brillantina, en Pila, su coreografía de besos, los tres que reparte a la familia, su mujer Trine, su hija y su hijo, impresos en una pegatina sobre el manillar, el beso que da al anillo de bodas antes de abrir los brazos para abrazar la cima, llegó después de un ataque duro y sostenido a más de 4 kilómetros de la cumbre. Mostró su autoridad y jerarquía.
Nadie tuvo respuesta. Enmudeció a Gall, Arensman y Hindley. Hacía tiempo que Eulálio era el silencio mudo. A Vingegaard le empujaron las voces de ánimo de los aficionados, que han hecho suyo al danés. En la guardarropa de la cima, mudó el azzurro, el azul de las montañas, por el rosa.
Intento de Arrieta
En esas carreteras que cuelgan del el cielo, sostenidas por los hilos invisibles de los dioses, palpitaba arrebatador el corajudo Igor Arrieta. Campeón en Potenza tras una odisea en la que fue capaz de revertir los caprichos del destino en su duelo agónico con Eulálio, el navarro, libre, se encorajinó.
Sobresalió de la fuga que se construyó con celeridad en las rampas de Saint-Barthélémy, la primera escalada, recién amanecido un día atravesado por grandes montañas. Alimentado por la ambición, Arrieta dejó al resto en la ascensión a Doues.
Era un verso libre Arrieta, personalidad arrolladora, fuerte el espíritu, plegado el miedo en la mesilla de noche. Sus perseguidores, entre ellos Ciccone, Mas, De la Cuz, Einer Rubio, Vlasov o Poels, no se apiadaron.
Crueldad en el bello Valle de Aosta, alumbrado por el sol, protegido por las mitras y los solideos de las moles de esas catedrales de la naturaleza. Entre Abetos y Alerces había espacio para la vides en cuesta escarpadas, paredes donde crece la uva.
Giro de Italia
Decimocuarta etapa
1. Jonas Vingegaard (Visma) 3h53:01
2. Felix Gall (Decathlon) a 49’’
3. Jai Hindley (Red Bull) a 58’’
23. Igor Arrieta (UAE) a 5:26
43. Markel Beloki (Education First) 6:27
General
1. Jonas Vingegaard (Visma) 56h08:41
2. Afonso Eulálio (Bahrain) a 2:26
3. Felix Gall (Decathlon) a 2:50
18. Markel Beloki (Education First) a 11:33
20. Igor Arrieta (UAE) a 14:17
Una viticultura heroica que soporta una escasa pluviometría, aireación constante y las importantes variaciones de temperatura entre el día y la noche. En las montañas sudorosas, el sol vertiendo rayos fogosos, aumentan los contrastes. Se escribe el ciclismo a dos tintas. Negro sobre blanco sobre carreteras estrechas, reviradas, añejas y agrietadas. Vías para mitos y leyendas.
En Lin Noir, el tercer pedrusco de la ruta, con lo fuga por con una ventaja de más de tres minutos, el Visma, que alternó con el Bahrain en el compás, preparaba el terreno a modo de una aproximación al campo base.
Tostadas las pieles con la pátina del sol de mayo, los rostros acumulaban arrugas y las narices chatas de los boxeadores que reciben tundas. Algunos boqueaban. Las montañas ahogaban. El calor asfixiaba. Hielo en el cogote. Agua sobre el cuerpo y la cabeza.
Lin Noir, proponía un trampantojo desde la exigencia. Se subía con crampones de dolor, se bajaba un poco y se alzaba inmediatamente Verrogne, más alto, pero con la frente menos altiva y el mentón más recortado. Montes siameses.
Vingegaard, el rostro indescifrable, las mascara de hierro, observaba a Eulálio, el rosa que resoplaba, que penaba. Fue marchitándose. Perdiendo pétalos. En el descenso, apretaron los coraceros del danés. No querían resuello. Fuego para el calor. Canícula en mayo.
La escapada contaba con un botín superior a los dos minutos antes de encararse con Pila, una mole de 16,6 kilómetros al 7% de pendiente media. Arrieta tuvo que arriar la bandera. Carcomido por la fatiga. Rubio se agitaba con Ciccone, Vlasov, Poels...
Eulálio se queda
Por detrás, Eulálio miró alrededor y se vio rodeado de soledad. Solo Caruso estaba con él para darle consuelo anímico. Vingegaard dominaba la escena. Contaba con Campenaerts, Kuss y Piganzoli. El ritmo del belga era un suplici para el líder.
El portugués era un canto al honor, el amor propio y la resistencia. Al límite. Markel Beloki, excepcional su Giro, se desconchó. En el grupo se mantenían con Arensman, Gall, Hindely, O’Connor, Bernal… Pellizzari se descomponía y resucitaba. O’Connor caía. Kuss tomó el relevo. Liquidó a Eulálio a media montaña. Conmovedor su esfuerzo, su defensa. La dignidad y la entereza en la derrota.
Piganzoli era el último sherpa de Vingeggard, vestido de azzurro, pero de rosa por dentro. La fuga estaba sentenciada. Ciccone y Rubio eran el canto del cisne. El brindis al sol sin nada que llevarse al gaznate. Las cunetas se llenaron de voces amigas. Algarabía.
En el pasillo humano despegó Vingegaard cuando restaba 4,5 kilómetros para la cumbre. Su sacudida descuadró al resto. Gall, diésel, le vio partir. Piganzoli se agarró al austriaco. Arensman cerró los ojos.
Hindley y Pellizari también padecían el asalto del danés. Vingegaard buscaba su tercera cumbre, el camino a su primer Giro. Tres piedras para construir su calzada romana hacía la Ciudad Eterma. Blockhaus, Corno alle Scale y Pila. Tres lugares para el culto de un escalador fastuoso. En ese retablo de las montañas se coronó el danés. Vingegaard acaricia el Giro.