Con el Athletic sucede algo que escapa de casi toda lógica. Y es que siempre, por muy mal que vengan dadas las cosas, hasta el más pesimista confía en que el equipo se levantará del suelo, por muy hondo que sea el agujero al que haya caído, y estará en condiciones de jugarle de igual a igual al más complicado de sus adversarios. En definitiva, que siempre se cree en una especie de milagro. A decir verdad, en ocasiones no queda otra más que apelar a ello. Por supuesto, la de anoche en Anoeta era una de esas ocasiones.
Claro que una cosa son los deseos del personal, las buenas intenciones y otra, muy distinta, la realidad. Y el Athletic se dio un baño de esto último en Anoeta. En el peor momento, a las puertas de una final de Copa, el equipo volvió a pecar de muchas cosas, pero sobre todo de juego. Sin carbón en la sala de máquinas, nada que combustione para hacer que el motor funcione es una misión imposible poner en apuros a cualquiera, por mucho que esta Real Sociedad tampoco sea la mejor de los últimos años. Pero aun con todo ello, se ha mostrado inalcanzable para el Athletic, que ha mirado a su rival en los dos partidos de la eliminatoria como si estuviera a una distancia equivalente a la existente entre la Tierra y Marte. O más.
Una cosa es que este equipo que dirige Valverde con escaso acierto en lo que va de temporada, esté para pocas cosas, o casi para ninguna. Y otra bien distinta, muy distinta, es que ofrezca una imagen como la de anoche en Anoeta.
Así no se juega una semifinal. Y suena triste decirlo, pues este equipo ha demostrado en los últimos años que es capaz de competir ante los mejores, pero lo de esta temporada empieza a ser para que más de uno se lo haga mirar.
No puede ser que en un partido de la importancia del de anoche los dos futbolistas que se eligen para llevar la manija del equipo desde el centro del campo acaben la primera mitad con 23 pases completados entre ambos y que uno de ellos, Mikel Jauregizar en este caso, al que le han gripado el motor de tanto usarlo, falle 9 de los 19 pases intentados en el primer acto. Así, con ese pobre bagaje, no es ni llamativo que el conjunto rojiblanco únicamente realizara un disparo entre los tres palos antes del descanso. Y eso siendo benévolo y dando por bueno que el intento de Alex Berenguer fue merecedor de entrar en la estadística de remates entre los tres palos.
Claro que la cosa no mejoró en la segunda mitad, donde solo se contabilizó otro disparo a puerta y fue en el 92’. Sí, el equipo tuvo más hambre, pero con eso solo no le dio y acabó perdiendo después de un penalti que no merece la pena ni ser valorado. Y eso que ni la prensa guipuzcoana, tan enérgica y criticona, tampoco entendió muy bien qué vieron desde la sala VOR para llamar a la pantalla a César Soto Grado.
Si el plan de Valverde era que no sucedieran muchas cosas durante el partido, lo logró. Claro que le faltó que su equipo, que sí tenía que hacer cosas, como buscar al menos un gol, le pusiera algo más de ímpetu. Salir en una semifinal, que era una final por ser definitiva, con un central de lateral, teniendo tres en la plantilla; sacar del campo a tu delantero cuando necesitas marcar para no meter a otro; o que seas incapaz de alterar mínimamente el esquema en busca de otra cosa dice mucho de cómo está este Athletic, al que ya solo le queda la liga.