El undécimo aniversario del regreso de Cerveza La Salve al mercado coincidía, como una de esas fabulosas carambolas del billar francés del calendario, con los 140 años de la creación de esta legendaria marca bilbaina. Lo vivido ayer en la fábrica de Bolueta, una mezcla entre la nostalgia y los números que cantaban un futuro prometedor, no fue una fiesta: fue una restitución, si me lo permiten decir así

Uno diría que en cada botellín de los que se repartieron para el brindis había una burbuja que subía desde 1886, año en el que nació La Salve, a la sombra de los altos hornos y del humo que tiznaba las camisas de los obreros. La cerveza era entonces una promesa moderna, una frivolidad centroeuropea injertada en el carácter vasco. Y, sin embargo, prendió. La ciudad la adoptó como se adopta a un hijo díscolo: con orgullo y con exigencia. Durante décadas, su etiqueta fue una pequeña bandera doméstica en las barras de los bares, una contraseña líquida que decía: somos de aquí.

Luego llegó el eclipse de la marca. Su nombre quedó flotando en la memoria de los parroquianos como un barco hundido del que solo asoma el mástil en las conversaciones de sobremesa. Hasta que, hace once años, dos soñadores como Eduardo Saiz Lekue y Jon Ruiz Ibinarriaga –que en Bilbao es una forma elegante de llamar a los obstinados...– decidió devolverla a la vida. No se trataba solo de fabricar cerveza; se trataba de fabricar tiempo.

Durante el encuentro, que contó con la presencia del alcalde de Bilbao, Juan Mari Aburto, y con 140 años transcurridos desde su nacimiento, once de los cuales pertenecen a esta segunda vida de regreso al mercado y un modelo de crecimiento apoyado en producto, territorio e impacto local, se presentaron los principales datos del estudio sobre el impacto económico y social de La Salve en Euskadi, elaborado junto a AZTI, equipo investigador que gobierna Rogelio Pozo, ayer también presente.

Bajo la luz ambarina de la fábrica se mostraron algunos números. Por ejemplo, el estudio Impacto económico y social de su actividad, pasada y presente, que analiza la aportación de la marca a la economía y al empleo de Euskadi desde 2018 y su proyección a futuro deduce que entre 2018 y 2025, la actividad de La Salve ha generado un incremento de la actividad económica de más de 100 millones de euros en el conjunto de la economía. Subraya, además, que el compromiso con lo cercano tiene resultados amplificados en el territorio: cada decisión de compra y de inversión orientada a proveedores locales se multiplica en forma de actividad económica, empleo e ingresos fiscales. Vamos, que pone cifras a algo que forma parte del ADN de La Salve desde su origen: ser una marca de Bilbao que genera riqueza en Bilbao y en Euskadi.

Testigos de todo lo que les cuento fueron, entre otros, Jon Landeta, de la Facultad de Sarriko; la concejala Kontxi Claver, el tenor Martín Barcelona, el navegante Unai Basurko, acompañado por Nagore Guerra, Enrique Pastor, Mario Gaztelu, Javier Sagasti, Iker Esturo, Gonzalo Madariaga; la experta en moda Miren González Mendialdua, el director de Espacio Público, Asier López, Unai Martínez, Arturo Trueba, Galder Uriarte, Nerea Arranz, Javier Monasterio, Joseba Díaz, Aitor Bilbao, Borja Elorza, Javier Fernández, Joseba Marín, Marino Montero, Beatriz Marcos y Boni García entre otra gente que aprecia el secreto de La Salve: el sabor de casa embotellado y a nuestro alcance, habida cuenta que se trata de una cerveza hecha en casa.

En Bolueta, bajo el cielo a medio encapotar que en Bilbao es casi una firma, Cerveza La Salve celebró 140 años de historia y 11 de regreso. Pero, en realidad, celebraba algo más íntimo y más poderoso: la obstinación de una ciudad por reconocerse en el fondo de su propio vaso. Por todo ello brindaron.