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Jordi Milán, director de La Cubana: "Sin locura no hay creación"

El fundador de la prestigiosa compañía reivindica el teatro que nace de la vida cotidiana, defiende la observación como la mayor virtud de un actor y cree que hoy sería más difícil levantar una empresa como la suya

Jordi Milán, director de La Cubana: "Sin locura no hay creación"Oskar Gonzalez

A sus 46 años al frente de La Cubana, Jordi Milán sigue mirando la realidad con los mismos ojos con los que empezó. Habla de teatro, pero también de la vida cotidiana, de las conversaciones escuchadas en un tren, de las bodas, de los entierros o de la obsesión actual por la gastronomía. Todo, sostiene, acaba siendo teatro. Antes de la llegada de La cuisine de ma cousine al Teatro Arriaga, el director reflexiona sobre la creación, la comedia y el momento que atraviesa el sector cultural.

Después de 46 años de trayectoria, ¿qué le sigue impulsando a crear nuevos espectáculos?

Nos gusta hacer teatro. Somos teatreros. Siempre hemos jugado con ese teatro que existe en la vida cotidiana y que muchas veces pasa inadvertido. Está en la familia, en el trabajo, en los actos sociales, en las bodas o en los entierros. Nosotros intentamos coger todo eso, subirlo a un escenario y conseguir que el espectador se vea reflejado. Bueno, en realidad, a la gente no le gusta verse a sí misma; le gusta reconocer al vecino.

¿Por qué cree que es importante retratarnos como sociedad?

Porque reírse de uno mismo es muy sano. Cuando eres capaz de hacerlo, de alguna manera te purificas y después ya puedes reírte de los demás. Pero no hablo solo de provocar carcajadas. Todo tiene un punto de humor si sabes mirarlo.

Ese teatro del que habla parece estar muy ligado a la observación.

Es el teatro que más me interesa. Cuando era estudiante iba todos los días en tren de Sitges a Barcelona y muchas veces subían personas que se ponían a hablar de sus vidas. Yo hacía ver que seguía leyendo, pero en realidad las escuchaba. Luego llegaba a casa y contaba aquellas historias como si hubiera visto una película. Eso era teatro. Ese teatro casual, que no parece teatro y que sucede todos los días, es el que intentamos llevar al escenario.

La Cubana siempre ha convertido lo cotidiano en materia teatral. ¿Qué les llevó esta vez a fijarse en la gastronomía?

Nos hacía gracia ver cómo, entre tantos programas de televisión, tantos chefs y tantas estrellas Michelin, parece que a todos se nos ha ido un poco la cabeza. Nos hemos vuelto locos con esa cocina de "boca pequeña" que muchas veces ni siquiera podemos permitirnos disfrutar. Nos parecía un fenómeno perfecto para mirarlo con humor.

¿La historia de Brigitte Raventós tiene algún componente real?

No. Es completamente inventada. Construimos toda una biografía alrededor del personaje y, a partir de ahí, se desarrolla la historia. En la primera parte se explica ese universo y, después, Brigitte ofrece en Bilbao una masterclass sobre su cocina de los sentimientos titulada Los sentimientos cocinados a fuego lento. Desde ahí el espectáculo se convierte en un gran disparate lleno de música y color.

¿Ha cambiado mucho la comedia en las últimas décadas?

No demasiado. La comedia sigue siendo una fotografía de nosotros mismos. Lo que cambia son los temas. Nosotros siempre acabamos hablando de lo mismo: de ese teatro que todos hacemos sin darnos cuenta.

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¿Qué busca en un actor?

Sobre todo, capacidad de observación. Que sea un poco cotilla, en el buen sentido de la palabra. El actor necesita almacenar sentimientos. Siempre he pensado que los actores introvertidos suelen tener más capacidad para hacerlo que los extrovertidos, porque guardan más cosas y luego, cuando interpretan, tienen mucho de donde sacar.

Si hoy empezara de cero, ¿cree que La Cubana podría nacer?

No lo sé. Tengo muchas dudas. Cuando empezamos era otro momento. Había muchas ganas de hacer cosas nuevas y también de probar. Ahora hay muchas normativas y demasiadas trabas administrativas. No sé si una compañía como La Cubana podría abrirse camino hoy.

Sin embargo, se muestra optimista con los jóvenes creadores.

Muchísimo. Creo que la gente joven de ahora es mejor que la de mi generación. Tiene más conocimientos, más creatividad y más ganas de hacer cosas. El problema es que muchas veces no les dejan desarrollar ese talento, esa locura.

Insiste mucho en esa palabra.

Porque creo de verdad en ella. Sin locura no hay creación. Las instituciones deberían favorecer precisamente eso: que la gente joven pudiera experimentar, equivocarse y crear. Veo proyectos increíbles que nacen en un garaje o en espacios muy pequeños y que luego no encuentran cómo crecer.

La Cubana mantiene una relación especial con Bilbao desde hace décadas.

Sí. Hay muy buen rollo con Bilbao. Siempre digo que el público de aquí nos entiende muy bien. Venimos desde mediados de los años ochenta y hemos conectado desde el principio. Además, muchas veces hemos coincidido con Aste Nagusia, una fiesta que conocemos muy bien y en la que siempre nos hemos sentido muy cómodos.

Una de las señas de identidad de su compañía es que sus espectáculos siguen evolucionando incluso después del estreno. ¿Continúa siendo así?

Siempre. Quitamos cosas, añadimos otras, cambiamos escenas... El espectáculo también lo acaba escribiendo el público. Sus reacciones nos indican por dónde debemos seguir.

¿Qué espera que se lleve el espectador de `La cuisine de ma cousine'?

Que pase un buen rato. Me haría gracia que saliera preguntándose si le hemos enseñado a cocinar alimentos o sentimientos. O simplemente que haya disfrutado mientras le ponemos delante algunas de las pequeñas tonterías que rodean hoy al mundo de la gastronomía.

Por último, después de casi medio siglo dedicado al teatro,  ¿qué consejo daría a quienes empiezan hoy?

Que hagan lo que realmente les gusta. Que sean tenaces y perseverantes. Y, sobre todo, que no se crean artistas. Hay que crear porque uno siente la necesidad de hacerlo, no porque quiera sentirse artista.