Al igual que sucede con Brian Jones, el rolling stone que se quedó en el camino en los 60, el británico Syd Barrett (6 de enero 1946. 7 de julio 2006) es un completo desconocido para el gran público, solo venerado por los seguidores más recalcitrantes de Pink Floyd, grupo del que fue su primer líder. Este martes, día 7, se cumplirán dos décadas de su fallecimiento en su Cambridge natal, solo y olvidado durante casi medio siglo debido a sus problemas mentales y a pesar de que abriera el camino al rock psicodélico en la década prodigiosa al frente de uno de los mejores grupos de la historia.
Barrett, pionero, visionario y excéntrico músico, lideró a Pink Floyd a finales de los años 60, antes de que se produjera el asalto comercial y millonario a las listas de éxito de la prestigiosa banda de rock sinfónico durante la década siguiente. Él y su guitarra se inventaron el sonido primigenio del cuarteto que completaban Roger Waters (bajo), Nick Mason (batería) y Richard Wright (teclados).
Corría 1967 cuando Pink Floyd editó Arnold Lane, su primer single, una canción compuesta por Barrett, considerada como uno de los temas capitales de sus inicios y de tono autobiográfico: se refería a un tipo que robaba ropa femenina de los tendederos para vestirse con ella, afición que también ejerció Barrett durante un tiempo. La canción ascendió al puesto 20 de las listas británicas a pesar de sufrir la censura de Radio London.
Unido al trío que provenía también de Cambridge, de un grupo llamado Architectural Abdabs, los Floyd de Barrett se volvieron imprescindibles desde 1966 en clubes como el UFO, de importancia vital en aquellos años de despertar psicodélico, tanto como la revista It. Todavía desde el undeground aunque el éxito prosiguió con su segunda canción, See Emily Plays, plantearon una alternativa lisérgica a proyectos psicodélicos estadounidenses como Jefferson Airplane y Grateful Dead.
Un ‘tripi’ cósmico
Desde el inicio y espoleado por Barrett, el grupo llevaba ropas coloristas y ofrecía más happenings más que conciertos en el club Marquee, con gran peso de proyecciones y luces estroboscópias. Pioneros psicodélicos en su país, se adelantaron al Sgt. Peppers... de The Beatles con un debut imprescindible, The Piper at the Gates of Dawn, para muchos la obra maestra de los Floyd. 10 de sus 11 temas los compuso Barrett. Son clásicos como Interstellar Overdrive, Astronomy Domine, Matilda Mother, Lucifer Sam… Música para viajar, experimental, sugerente y alucinógena, un auténtico tripi cósmico surgido de la mente de Barrett, espoleada por el LSD.
Su consumo compulsivo –hasta cuatro ingestas diarias, según su amigo Kevin Ayers (Soft Machine)–, unido a ciertos problemas mentales, fueron convirtiendo a Barrett en un zombie imprevisible, especialmente en escena. Lo mismo arrojaba la guitarra al público, que previamente había desafinado, que se mantenía quieto y absorto, sin tocar ni cantar, lo que obligó a suspender no pocas actuaciones. El grupo, con Roger Waters a la cabeza, optó por dar entrada a otro guitarrista amigo, David Gilmour, quien con el paso del tiempo se convirtió en el co-líder y el principal y elegante artesano de su sonido en los 70. Gilmour ya estaba en la banda cuando entró a grabar en 1968 su segundo disco, A Saucerful of Secrets, que aquí se editó en una edición agrupada con el debut, titulada A Nice Pair y que algunos pillamos en formato casete en Simago. El álbum ya solo incluyó una canción escrita por Barrett, Jugband blues, quien participó también a la guitarra en este tema, uno de los más psicodélicos y alucinógenos. Reconvertido en quinteto, Pink Floyd, al igual que hicera Brian Wilson con The Beach Boys, intentó aprovecharse de la magia compositiva de Barrett y alejarlo de los escenarios.
Marcha y viaje en solitario
No resultó, Barrett se fue perdiendo en sus viajes interestelares y acabó fuera del grupo. El éxito progresivo de los Floyd permitió a un Barrett perdido y solitario vender algunas de sus canciones no incluidas en los discos de la banda a EMI, que publicó su primer disco en solitario en 1970. Se llamó The Madcap Laughs y fue co-producido por Gilmour y Waters. Además, incorporó colaboraciones de colegas de The Soft Machine como Robert Wyatt y Hugh Hooper. Son canciones que había creado en solitario y sin conocimiento de nadie, casi en secreto.
El álbum ofrece sonidos extravagantes pero sugerentes y, aunque incluye algunos pasajes eléctricos, su repertorio suena increíblemente desnudo, en gran parte solo voz y su guitarra Fender Telecaster por decisión de Gilmour. Quería que sonara “en bruto”, explicó sobre canciones como Terrapin, Octupus, Long Gone o Dark Globe. En la letra desquiciada de la última parece narrar su experiencia con la esquizofrenia cuando canta “me tatué el cerebro a lo largo del camino/¿no me extrañarás, no me echarás de menos?”. En 1970 Barrett grabó su segundo y último disco en solitario –Opel llegó después con descartes de sesiones–, titulado Barrett, en el que encontró ayuda de Gilmour, Wright y el batería de Humble Pie, Jerry Shirley. Sus canciones –Waving My Arms In The Air, Baby Lemonade...– se muestran más vestidas instrumentalmente y, por tanto, más accesibles aunque sin el encanto del caos creativo de su precedente. Además de psicodelia, muestra deudas con el blues, el jazz o la canción infantil y circense, en el caso de Effervescing Elephant.
Poco más se supo de Barrett. Intentó impulsar el grupo Stars, Bowie, que incluyó una versión de See Emily Plays en su disco Pin–Ups, intentó que grabara algunos temas y sus compañeros le recordaron posteriormente en Shine on You Crazy Diamond o Brain Damage. Recluido en la casa familiar y cuidado por su madre y su hermana, dedicó sus últimos años, desquiciado, a la pintura. Aquejado de diabetes y de un cáncer de pancreas, murió el 7 de julio de 2006 aunque el eco de su genio se manifiesta en discos de Paul McCartney, Pete Townshend, Blur, Marc Bolan, Tangerine Dream, Julian Cope, Brian Eno, The Damned o Bowie.