El fotógrafo caraqueño Josu Trincado y su mujer, la alquimista Kata Badillo, han sido los primeros artistas en organizar actuaciones para la infancia acogida en los refugios de Caracas. Su iniciativa, nacida apenas unas horas después del doble seísmo, ha acabado movilizando a otros profesionales del circo, que hoy recorren distintos centros de acogida llevando espectáculos, y aportando cuadernos, pinturas y un paréntesis de normalidad a quienes más lo necesitan. “Como mamá que soy –afirma Kata- sé que lo más difícil es mantener la esperanza en nuestros hijos y aislarlos de todo este caos, por eso creemos que llevarles un poquito de alegría puede ayudar”.
El circo se ha convertido en una herramienta para devolver la sonrisa a los menores que han sobrevivido a la tragedia. El caraqueño Josu Trincado, hijo del bilbaino Luis Trincado, y su mujer, Kata, decidieron poner sus conocimientos al servicio de quienes, algunos, no tienen ya familia o están perdidos. Lo que comenzó como una iniciativa impulsada por ambos ha ido creciendo hasta sumar a otros artistas, que se organizan en grupos para llegar al mayor número posible de estos lugares.
La agenda de Kata –‘Kata.alquimia’ en Instagram- y Josu –‘Avispao.el’, en Instagram- no deja margen para las entrevistas. Mientras continúan incombustibles recorriendo los refugios de Caracas para sacar, aunque solo sea durante unos minutos, a los menores de la atmósfera de tragedia que les rodea, es Luis Trincado quien ejerce de interlocutor con DEIA para explicar una iniciativa que nació de manera espontánea y que ya ha movilizado a decenas de personas. «No era solamente entretenerlos en un espectáculo que podía durar media hora o una hora, sino darles insumos para poder mantenerlos entretenidos durante el día», explica el bilbaino, que recuerda cómo su hijo le pidió que aprovechara los más de 38.000 seguidores que reúne en la red social X-antes Twitter- para lanzar un llamamiento solidario.
Solidaridad
La petición era tan sencilla como efectiva: cuadernos de dibujo, lápices de colores, pinturas de dedos, blocs para colorear y cualquier material que ayudara a los pequeños a seguir jugando cuando terminara la actuación. La reacción fue inmediata. «Como toda respuesta del pueblo venezolano, ha sido monumental. Se han unido otros artistas de circo, se han hecho cuadrillas que ya se están repartiendo las tareas por diversos refugios y sigue llegando ayuda», se alegra Trincado. A sus palabras se unen las Kata y Josu: “Nos hemos encontrado con gente muy linda, después de estar full por acá entre tanta logística y organización para llevar el circo a los refugios”.
La solidaridad también ha encontrado eco entre la diáspora vasca. La Asociación de Vasco-Venezolanos en Bilbao ya ha realizado una recaudación para colaborar con la compra de ese material. Para garantizar la máxima transparencia, los propios artistas graban en vídeo las compras realizadas y publican tanto los productos adquiridos como las facturas correspondientes. «Queremos que nadie pueda aprovechar políticamente estas ayudas y que todo el mundo vea adónde va cada donación», enfatiza con la voz radiofónica que le caracteriza.
Los espectáculos se desarrollan en escuelas habilitadas como refugios, instalaciones religiosas y otros espacios improvisados de acogida repartidos por Caracas, entre ellos el Parque del Oeste, en la populosa zona de Catia. Allí están llegando también muchos de los niños y niñas evacuados desde La Guaira, ya que buena parte de los menores rescatados están siendo trasladados a la capital venezolana. «No tendría sentido desplazarse allí porque los niños están siendo atendidos en Caracas», señala Luis.
Vulnerabilidad
Entre esos menores hay historias especialmente duras. Niñas que han perdido a sus familias, otros separados de sus pilares familiares y algunos más que llegaron sin documentación. Precisamente por esa situación de vulnerabilidad, la protección de su identidad es una prioridad. «Solo pueden grabar la actuación o tomar imágenes desde atrás para no mostrar los rostros de los niños», transmite el padre de Josu, recordando que “tras cualquier gran catástrofe siempre existe el riesgo de que personas sin escrúpulos intenten aprovecharse de los menores”.
La recompensa llega cada vez que termina una actuación. «Lo que me dice mi hijo es la alegría que supone para los niños sentirse tomados en cuenta. La ilusión del circo, que emociona a cualquier niño, en unos menores que están viviendo una tragedia como esa hace que, por un rato, se olviden del susto y del miedo», resume.
Aunque Josu Trincado nació en Caracas hace 29 años, sus raíces familiares se encuentran en Bizkaia. Su padre, Luis Trincado, llegó al mundo en el barrio bilbaino de Indautxu y desciende de una familia de Iurreta. «¡Soy indautxutarra!», comenta con orgullo durante la conversación con este periódico.
Revivir la tragedia
Fotógrafo de profesión, Josu compagina su actividad laboral con el circo. Kata, de 32 años, es economista y desarrolla además un proyecto vinculado a la medicina natural. “Es alquimista”. Ambos comparten la pasión por las artes circenses y, desde que se produjo el terremoto, han dejado en un segundo plano sus ocupaciones habituales para dedicarse casi por completo a recorrer los refugios junto a otros compañeros.
Luis Trincado, por su parte, conoce bien el impacto que deja un seísmo. Él mismo fue uno de los damnificados del terremoto de 1967, cuando siendo un niño tuvo que abandonar la vivienda familiar en Caracas. Revivir una experiencia similar décadas después le ha removido recuerdos que creía superados. «Lo que nos pasó a nosotros da hasta vergüenza contarlo comparado con la tragedia horrible que han vivido tantas familias», reconoce.
Mientras la reconstrucción apenas comienza y miles de familias intentan rehacer sus vidas, Josu, Kata y el resto de artistas continúan recorriendo los refugios convencidos de que la ayuda también puede llegar en forma de malabares, acrobacias y narices de payaso. «Los niños se sienten tomados en cuenta», repite Luis Trincado. Quizá esa sea la mejor definición de un proyecto que nació para entretener durante unos minutos y que ha terminado convirtiéndose en una red de solidaridad en la que el circo sirve para recordar a los más txikis que, incluso después de una tragedia, sigue habiendo espacio para jugar, e, incluso, muchos soñar.