Escritor

Juan Francisco Ferrándiz: "Solo la justicia contiene la violencia del poderoso"

El escritor alicantino ha publicado 'El juicio del agua' (Grijalbo, 2021), su nueva novela histórica llena de aventuras, intrigas, misterios y conspiraciones sobre el resurgir del derecho romano en la península y los cambios que ello supuso para la sociedad medieval

21.05.2021 | 12:21
Juan Francisco Ferrándiz

La acción discurre a lo largo de las tres últimas décadas del siglo XII, en plena Edad Media, una de las épocas más oscuras, cuando aún imperaban las leyes feudales, donde los conceptos de equidad y justicia eran una quimera y para dirimir la inocencia o culpabilidad de alguien se recurría a sacrificios y ordalías o juicios divinos -vigentes hasta el fin de la Edad Media y la restitución del Derecho romano-, que siempre favorecían a los nobles y abandonaban a su suerte a los más débiles y empobrecidos de la sociedad.

¿Qué va a encontrar el lector cuando lea su novela?

-La vida de un joven, hijo de payeses, que busca comprender la injusticia que sufrió su familia y descubrirá el modo de devolver la justicia a toda la humanidad. La recuperación del antiguo Derecho romano y su intención de dar a cada uno lo suyo puso límites a los abusos de los nobles. A finales del siglo XII hay quien lucha ya para lograr la paz y la justicia, y ahí comenzó el primer Renacimiento. Es una novela épica, pero no solo para los aficionados al género histórico. La búsqueda de un mundo más justo sigue y esta novela cuenta los primeros pasos, envueltos en leyenda. Es una temática distinta y he querido sorprender.

Hable del protagonista, Robert de Tramontana.

-Robert es nuestro Odiseo. Emprende un largo viaje, también interior, para saber si el orden feudal al que muchos están sometidos puede cambiarse. Su madre solo vio como salida la violencia, pero, ¿hay otro camino para reparar una injusticia? Esa pregunta se la hizo la sociedad del siglo XII y trajo un despertar. La humanidad ya estaba preparada para un profundo cambio. La novela está escrita en primera persona para seguirla con facilidad, vivir las peripecias de Robert y su transformación, que fue la de todos.

Robert estudia legum doctor (doctor en derecho), ¿qué asignaturas se cursaban?

-El derecho hasta esa época era parte de una asignatura del Trivium, la Retórica, y sin embargo ya existían escuelas jurídicas de prestigio como la de Jaca (ensalzada por el propio rey Alfonso II de Aragón en un documento). Su estudio será el origen de algunas universidades, auspiciadas por la Iglesia, con títulos que permitían enseñar en otras escuelas eclesiales. El trasiego de estudiantes expandió los derechos civil y canónico por el orbe. Aunque cada reino tenía sus usos y fueros, los juristas formados en Bolonia trajeron una manera distinta de juzgar, que supuso una oportunidad para buena parte de la sociedad, como los habitantes de las ciudades (la primera burguesía). Cuando hay paz y cierta seguridad jurídica, no tarda en aparecer la prosperidad, el comercio€ Eso pasó a partir del siglo XIII.

El protagonista es un payés, ¿quiénes eran los payeses?

-Era la gente de la tierra. Podían ser siervos de la gleba, pero también, como la familia de Robert de Tramontana, propietarios libres, prósperos, dueños de tierras conseguidas siglos atrás cuando Catalunya era la peligrosa Marca Hispánica, la frontera. Durante los siglos XI y XII la mayoría de los payeses libres sufrieron tantas cabalgadas y saqueos de nobles que tuvieron que entregar a los señores sus bienes y la libertad a cambio de ser defendidos. Pasó con especial virulencia en la Cataluña Vieja (Girona, Barcelona y parte de Lleida). Aunque los payeses de remensa y siervos padecerán ese yugo durante trescientos años, a finales del siglo XII ya se busca cómo devolverles la libertad. En El juicio del agua se explica la primera victoria. Fue un paso tímido, pero todo cambio empieza así.

En su novela aparece el castillo de Olérdola (Barcelona), ¿por qué esta fortificación y no otra?

-Este castillo cuenta con algo extraordinario y muy visual: es una impresionante cisterna romana excavada en la roca viva. Resultaba un escenario potente para arrancar una novela épica. La ordalía que viviremos allí aparece documentada en la época y nos da idea del aire mágico que tenía la justicia: Dios lanzaba los dados del destino.

¿Qué idiomas se hablaban en esa Catalunya medieval?

-Fácil, todos hablaban la vulgarización del latín que será llamado catalán. Los clérigos, notarios y escribas usaban el latín culto para textos y oficios religiosos. Los forasteros hablarían entre ellos su propio latín vulgar, o su lengua natal (como euskara o árabe). Y todos se comunicaban, de eso no cabe duda.

¿Cómo era la Barcelona del siglo XII?

-En mi anterior novela, La tierra maldita, la conocimos en el siglo IX: una ciudad de frontera de apenas mil quinientos habitantes y en constante peligro. Ahora la frontera está más allá de Tortosa y la urbe ya tiene más de diez mil habitantes, con burgos, casas y monasterios fuera de las murallas, pero apenas posee un tímido comercio. Sin embargo, los efectos de la paz y la justicia que traerán estudiosos como Robert de Tramontana en la novela, facilitaron la eclosión de Barcelona como potencia comercial del Mediterráneo, similar a Génova y Pisa.

Hable de las ordalías.

-Era un instrumento jurídico, civil y religioso recogido en muchas leyes de aquel tiempo para resolver dilemas y acusaciones, la palabra de uno contra la de otro. Una ordalía es una prueba (sostener un hierro al rojo vivo, meter la mano en agua hirviendo, luchar) en la que Dios toma parte por uno u otro, pero la cuestión es entender por qué en la Edad Media se realizaban esas pruebas de origen antiquísimo. En una época de continuas guerras, Dios decide la suerte de cada uno en la batalla. Esta idea se traslada a la justicia: la ordalía era un ritual para que Dios decidiera como en la guerra, por encima de la verdad o los hechos. La prueba que da inicio a la novela es la de els albats, que consistía en dejar a dos niños pequeños sobre el agua bendecida; el que se hundía era el elegido. La ordalía fue una manera irracional de juzgar que solo pudo cesar cuando la humanidad estuvo preparada, y eso comenzó a finales del siglo XII.

Mucha gente moriría siendo inocente...

-Muchas ordalías tenían consecuencias nefastas, y yo me planteo: ¿cómo se sentiría alguien que sabe que tiene razón, pero pierde la ordalía? Si era cosa divina, ¿Dios se había equivocado? ¿Dios prefería una injusticia, una mentira, a la verdad? Para la mentalidad de aquella época sería angustioso. Durante el proceso de creación no pude resistirme a calentar un hierro con fuego y tocarlo (risas). No creo nadie pudiera resistir eso, ni que la herida quedara sanada en unos pocos días.

Se dice que el siglo XII fue una época oscura, ¿por qué?

-Es una pregunta muy compleja, porque sí se dieron avances. Cuando decimos que fue oscura es porque interpretamos los abusos y la violencia como algo injusto. Esa interpretación podemos hacerla hoy gracias a la gente que rescató el principio de la equidad y puso los primeros cimientos de nuestras libertades y derechos fundamentales. Por ahí busqué la originalidad de la novela. No representa al clásico personaje en busca de justicia, sino que nos afecta a todos, pues con él iba toda la humanidad. Fue una aventura épica, con adversarios, tragedias, incluso misterios y leyendas€

En aquellos tiempos, ¿Dios estaba por todas partes?

-Era una sociedad teocéntrica en la que Dios regía con mano firme los destinos humanos. Era el Señor Supremo y así lo vemos representado en el Pantocrátor. La dimensión espiritual seguía encerrada en los monasterios, pero también será a partir de esas décadas cuando aparezca San Francisco y las órdenes mendicantes, ya no encerradas en monasterios. Es un tiempo de cambio, un primer Renacimiento según varios historiadores.

En la novela aparecen las Cortes celebradas en León en 1188. Si no me equivoco, han sido reconocidas por la Unesco como el primer sistema parlamentario europeo documentado, ¿correcto?

-Así es. Fue un hito capital y en la novela estaremos allí, en León, para ver por primera vez a los representantes de ciudades votar las decisiones del reino como un estamento, y ciertos derechos muy avanzados para la época. Es el primer destello de la futura democracia. Como se ve, la novela planea sobre los primeros pasos para quebrar la ley inamovible de los tres órdenes: guerreros, clérigos y labradores. Llega una nueva justicia, llega la burguesía, la gente libre. ¿Todo nos ha ido bien desde entonces? Ni mucho menos, pero ya sabemos el camino.

¿Es solamente una novela histórica o va más allá?

-Esta vez he querido novelar un hecho clave para la humanidad y por eso pretendo algo más que entretener. El presente se entiende mejor cuando vemos el pasado. Quizás por eso atrae también a lectores que no son tan dados a la novela histórica. Hay un lado humano muy profundo en los personajes y de ellos aprendemos que la justicia es la única manera de contener la violencia del poderoso. Si se debilita, caeremos de nuevo. Solo hay que ver ciertos tejemanejes actuales para preocuparse. No es la primera vez que la humanidad pierde ese tesoro y se hunde en la oscuridad y la miseria. Pero lo peor llega cuando olvidamos lo que era justo y lo que no, pues no hay peor injusticia que la que se padece sin saberlo.

¿Hay alguna trama amorosa?

-En realidad toda la novela gira en torno al amor. Robert y Blanca están unidos por un vínculo misterioso y potente. Acompañamos a Robert en su despertar sexual, sus sentimientos, sus deseos, sus renuncias por amor€ Hay grandes mujeres en esta historia y son ellas las que impulsan la trama y la resuelven al final.

¿Cómo desarrolla y trabaja los personajes?

-Mediante un diálogo interno. Los imagino, los encuadro dentro de un arquetipo, creo su pasado, sus ambiciones, etc. Luego los coloco en situaciones para ver cómo reaccionan. Los personajes lo son todo en una novela, nada se sostiene si no convencen.

Siendo abogado habrá disfrutado indagando sobre el sistema judicial de aquella época...

-Siempre me resulta emocionante zambullirme en una investigación histórica. Se aprende mucho. En cuanto a las leyes, fue chocante. Por ejemplo, en los usatges de Barcelona, si la cantidad del pleito superaba cierto importe, el testigo que no era noble debía defender su relato en un combate de bastones. Al noble le bastaba con jurar. Y así no pararía de contar cosas.

Los historiadores especializados afirman que nuestra civilización occidental se basa en tres grandes pilares: la Biblia, la filosofía griega, sobre todo los textos de Aristóteles, y el Corpus Iuris Civilis o Ius Commune, ¿esta de acuerdo con esta afirmación?

-Así es. Es cierto que la historia del derecho apenas aparece en los tratados de historia, quizás por su densidad, pero en el Ius Commune está la base de nuestras leyes actuales y de los Derechos Humanos. El mundo cambió cuando fue rescatado del olvido de modo casi casual. La religión y la filosofía son el trasfondo de muchas novelas, ya tocaba escribir una sobre el aspecto jurídico medieval, más importante de lo que podamos imaginar, y eso lo están valorando muy bien los primeros lectores de El juicio del agua, sobre todo los que son ajenos al mundo jurídico, es curioso. La trama es accesible y fácil de seguir; he puesto el alma en ello.

¿Por qué las novelas históricas generalmente suelen ser unos libros tan tochos?

-Es verdad, solemos hacerlo así, y en parte es para recrear un universo ajeno al actual, algo que no es necesario en otros géneros, pero creo que la verdadera razón es la tendencia a contar vidas más que hechos. Relatamos periplos de gente durante años, más que un suceso, una investigación, etc. Somos biógrafos de personajes. Por otro lado, sabemos que los lectores de este género no temen a la extensión; buscan una inmersión en el ambiente recreado, buenos personajes, una trama coherente, atractiva y, por supuesto, originalidad.

¿Es complicado hacer que un relato histórico sea ameno?

-Es complicado hacer amena cualquier novela, y ahí está el reto del escritor. La novela histórica espanta porque se esperan largas descripciones y situaciones muy complejas, pero la mayoría de autores nos dejamos la piel para evitarlo, por eso es un género muy consolidado y con tantos lectores. A veces la sorpresa te la llevas en novelas de otros géneros, en apariencia más ágiles y frescos, que acaban atragantándote.

Cuando no escribe, ¿a qué dedica su tiempo libre?

-En este tiempo de pandemia me ha dado por la jardinería. En cuanto a la lectura me he reencontrado con un genero que tenía algo olvidado: la ciencia ficción especulativa de los años 70 y 80. Aunque no lo parezca, es el género que más se acerca a la filosofía y al estudio de la condición humana. Aunque leo de todo.

¿Cómo acaba un licenciado en Derecho como usted escribiendo novelas?

-Justo cuando comencé a trabajar sentí el deseo de pasar de lector a contar una historia. Quizás fue la necesidad de compensar la aridez del derecho con la libertad de tejer una trama de ficción. Aquello acabó en una novela escrita en valenciano ya muy difícil de encontrar pues la editorial desapareció, Secretum Templi, que tuvo muy buena acogida en mi tierra. Para mí supuso una revelación: era capaz de escribir una novela.

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