PUEDE que Martikorena sea el músico más atípico que ha dado Euskal Herria en las últimas décadas, ya que reconoce que muchas de sus melodías las crea “mientras las ovejas paren sus corderos”. Nacido en Baigorri, en 1943, posee una voz angelical, una de las más elegantes del idioma euskaldun y, además, debido a su trabajo como artzaina y su visión de la música casi como aficionado, no es un cantante que se prodigue en demasía. Es un tesoro escondido que surge a la superficie, desde lo profundo de la tierra vasca, solo cada cierto tiempo.
La ‘voz’. Como a Sinatra. Así le llaman algunos a Martikorena, uno de los mejores ejemplos de la riqueza vocal secular e inabarcable de Iparralde, ya que su garganta muestra tanto poderío como capacidad para emocionar. Erramun dio sus primeros pasos en la música a finales de la década de los 60, como algo espontáneo, ya que en su entorno más próximo, cantar canciones populares era “algo natural”. De hecho, “en mi familia, especialmente mi aita, cantaba constantemente”, recuerda el bardo de Iparralde.
Su triunfo en el concurso de canto de Lartzabal, en 1971, hizo que se tomara algo en serio su pasión por la canción popular. Debido a que en aquellos tiempos “no existía industria musical” para quien cantara en euskera, ya que el cancionero popular se transmitía de forma oral, tuvo que esperar hasta 1978 para editar su debut, Baigorriko artzain laboraria, en cuyos título, canciones y portada (mostraba un rebaño entrando en una borda) dejaban clara su ocupación principal y su vida enraizada en su pueblo y la naturaleza.
Desde entonces, Martikorena ha ido publicando discos con cuentagotas (Otsobi, Primaderari, Aire xaharretan, Herrian, Elorrietan loreak) hasta llegar, en 2001, a la grabación de Kantuz sortu naiz eta?, CD que le acercó a una visión profesional de la música que le hizo girar durante “unos tres años”. Cierto cansancio y el hecho de tener un hijo pequeño, le alejaron de la música durante un largo periodo. El hiato se rompió en 2011 con Gure lurretik, su último CD editado. “Sentí algo dentro de las entrañas, como una llama que seguía viva”, se justificó.
En sus quince canciones, Martikorena muestra su amor por la historia, la tradición y la cultura vasca, ya que “es el legado de nuestros antepasados”. Y por el euskera, como confirma desde su arranque con Bizi dadin euskara, que aprendió en la cuna y fue el único idioma de su niñez -“el que hablaban aita y aitite, que se movieron por el mundo comunicándose con él”- hasta que se escolarizó y aprendió francés.
Gure lurretik proyecta el paisaje -externo e interno- de su autor, ya que combina los temas amorosos (en el clásico Adios izar ederra, del siglo XVIII), la nostalgia, su trabajo diario (tanto en Bidarraiko artzainaren kantia como en Irrintzina y Artzainaren arrantza) y el éxodo de los vascos hacia el continente americano, como atestiguan canciones como Ameriketako bidean. De hecho, su ama, Anna, nació en Stockton (California).
Martikorena se muestra en algunos temas a capela, a solas con el poderío de su garganta y la ayuda de las voces de su grupo Kantiruki, su hermana Ángeles o Jean Mixel Bedaxagar. En otros, con el apoyo instrumental de Mixel Ducau, Xabi San Sebastián, Pello Ramírez y Mikel Markez. Entre la desnudez de Ameriketako bidean, el encanto melódico de Zori papagorri, la nana Lo hadi aingüria y el postrero Hitz zuhurren kantua, donde cada participante canta una estrofa y se suman todos en un final coral.