Iñigo Ongay y Daniel Soloaga no se conocían. Ambos acuden con frecuencia a la cita semanal del Cineclub FAS, un oasis que perdura en la oferta cultural de Bilbao, pero no recuerdan haberse visto. El próximo 3 de noviembre acudirán como casi todos los martes a ver Tartufo, F.W. Murnau, el autor de las irrepetibles Amanecer y Nosferatu, y de la obra elegida para conmemorar la proyección número 2000. Una buena excusa para revisar una de las obras de unos de los directores cumbres del cine mudo. Murnau se dejó influenciar por el cine expresionista de la época y asistió impertérrito a la creación del lenguaje cinematográfico. Tanto el cine de Murnau como el Cineclub FAS han buscado alguna razón para contrarrestar la penumbra y huir de la fatalidad. Los personajes de Murnau resisten, son objeto de ensoñaciones. Víctor Erice, a propósito de la proyección de El sol del membrillo, emplazó a todos los socios a seguir colaborando porque eran "un foco importantísimo de resistencia".

Los cineclubs tienen la capacidad de vampirizar a los espectadores. La imagen atrapa a los asistentes. Eso explicaría que dos socios tan fieles no tuvieran la constancia de haber coincido en la sala de proyección. Tanto Iñigo Ongay (30 años) profesor de Filosofía e Historia y Daniel Soloaga (76 años), ingeniero industrial jubilado, deben mucho al cineclub. De alguna manera, han madurado con el cine que han visto durante todos estos años. En el caso de Soloaga, la proximidad física con el FAS era "terrible". "Cuando murió mi padre regresamos a Bilbao. Nos alojamos en San Vicente porque vivíamos en casa de un tío cura. El cineclub lo fundó un sacerdote que vivía en mi mismo portal", recuerda.

Iñigo llegó con los pantalones cortos, nunca mejor dicho. A los 14 años entendió que el tipo de cine que quería ver no tenía cabida en los cines comerciales. "Me gustaban las películas que no eran tan difíciles de conseguir. Gracias a la segunda cadena de TVE accedía a ver algunas. En aquella época emitían La regla del juego o películas de Rossellini. Pensé que un cineclub podía ser un buen medio", recuerda.

Tras la prematura cinefilia llegó el momento de hacerse mayor. Ambos eran menores de edad en dos épocas determinantes. Soloaga tuvo que esperar a cumplir los 20 para pasar a ser miembro oficial del cineclub. Franco estableció la mayoría de edad en los 21 años. Esa ley fue modificada en 1978 ya que se rebajó la mayoría de edad hasta los actuales 18.

Soloaga, uno de los miembros más veteranos del cineclub, se aprovechó del "enchufe" para dar sus primeros pasos como cinéfilo. No se conformó sólo con disfrutar de las películas. "Fue una experiencia tan emocionante que decidí matricularme en la Escuela de Cine de Madrid". Tuvo en Leopoldo Zugaza, el escritor durangarra, su fiel escudero. En la escuela tuvo como profesores a Bardem, Berlanga, Saura, Angelino Fons...

el cine como lección

Blade Runner y Descartes

Iñigo Ongay no ha pasado por ninguna escuela de cine. "Una vez intenté probar suerte con un guión, pero aquello era insostenible y lo tuve que dejar", afirma. De todos modos, su vasta cultura cinematográfica le ha permitido plantear las clases de filosofía e historia desde otra óptica. Hace unas semanas un padre canadiense publicó un libro sobre la capacidad del cine para educar. Su experiencia no deja de ser algo único pero le sirvió para comunicarse con su problemático hijo de 16 años, un chico distraído y poco motivado que no encontraba en la escuela el soporte para seguir madurando como persona. Su padre decidió implantar una dinámica asombrosa que causó efecto. Suprimió las horas lectivas e imprimió un aire nuevo a su educación a través del cine. Vieron juntos varias películas al día y poco a poco, el joven ganó confianza en sí mismo. Hoy trabaja como guionista.

El caso de Iñigo Ongay no es tan extremo. Se limita a confiar en la fortaleza moral del cine para debatir y buscar paralelismos con la historia y la filosofía. "Suelo proyectar todos los años Blade Runner para explicar el universo de Descartes. Hay un momento en el discurso del método en el que Descartes se imagina la hipótesis de un genio maligno. Todo indica que la realidad que percibe es cierta pero que en el fondo no existe. Esa hipótesis está puntualmente ejecutada en la película Blade Runner. De alguna forma, los replicantes creen estar viviendo en un mundo que no corresponde con la realidad", sostiene. En las clases de historia utiliza fragmentos de La batalla de Chile, de Patricio Guzmán.

debates tras la proyección

La religión y el sexo

Reconocen que una de las mejores aportaciones de las sesiones de cine son sus debates posteriores. Los socios y espectadores tienen la oportunidad de intercambiar sus pareceres sobre el alcance de la película. "Muchas de las tertulias son muy pasionales sobre todo cuando un número alto de socios defiende una propuesta que otros rechazan. En algunas ocasiones se montan rifirrafes buenas. Recuerdo muchas. La última vez que pasó algo semejante fue con una película del coreano Kim Ki-duk", declara Ongay.

Daniel Soloaga defiende que la encíclica del Papa Pío XII sobre el Film Ideal ayudó a la emancipación y madurez del cineclub en una época tan difícil para el asociacionismo. El régimen franquista rechazaba cualquier intento de aproximación política y social. Pero el citado documento dignificó la cultura de los cineclubs ya que alabó la capacidad del séptimo arte para promover valores cristianos, humanos y universales.

Recuerda que entre los seminaristas, cinéfilos y algunos curiosos cohabitaba cierto aire de libertad. "Los curas defendían el cineclub", concluye. De hecho, el obispo de Bilbao en la segunda mitad de los años 50, Pablo Egurbide, exigía a los sacerdotes que asistieran a las sesiones del FAS, e impuso sanciones a los que dormitaban o se marchaban durante la proyección. El artículo primero de los Estatutos iniciales exigía "mantener al margen de toda cuestión política y desenvolver sus actividades en completa sumisión a nuestra Santa Madre la Iglesia y leal adhesión a nuestra España". Pero pese a que en los primeros años existía un asesor moral, que censuraba las películas y los coloquios, el control no era agobiante o férreo.

Daniel Soloaga pone como prueba una reacción de una mujer escandalizada con una película que según su opinión contenía demasiado sexo. Uno de los asistentes le preguntó: "¿Quién cree que inventó el sexo, señora? Dios, señora, Dios", le contestó. Los curas bilbainos defendieron la existencia del cineclub. Y hoy día, permanece la conexión católica."Un cura de San Vicente nos echó una mano cuando tuvimos que buscar una nueva sede. Al final nos mudamos a El Carmen", declara Soloaga.

debilidades

John Ford, ante todo

Daniel Soloaga e Iñigo Ongay coinciden en la defensa apasionada del director John Ford, un fervoroso religioso que no despertaba más que admiración entre los seglares y los religiosos. "John Ford aporta algún dato religioso en sus películas. En Mogambo, por ejemplo, planteó una confesión", asevera. La censura española, en cambio, fue más torpe en el doblaje al castellano. El código de censura español cambió el sentido de la película para evitar que se produjera el adulterio. De esa forma, convirtió a Grace Kelly y a Donald Sinden en hermanos, en vez de en matrimonio. Así, la censura franquista transformó un adulterio en incesto.

Iñigo Ongay cree que es Centauros del desierto la obra que más veces ha visto en su vida. Le seguiría La regla del juego."El cineasta que más me gusta es Rossellini, junto a John Ford, Renoir y Ozu", resume. Para Soloaga, la primera visión de El ladrón de bicicleta, fue "algo emocionante e inolvidable".

La elección del género plantea cierta indecisión. "Si en pintura me gusta desde Tiziano a Jackson Pollock, en el cine más de lo mismo. Me gustan películas variadas siempre y cuando sean rigurosas y consistentes. No tengo preferencia en cuanto a géneros y nacionalidades. Del cine comercial actual no me gusta prácticamente nada, salvo directores que no se estrenan. Están absolutamente excluidos de los circuitos comerciales. Y sólo se pueden ver en el FAS y en pocos sitios", reflexiona Iñigo Ongay.

dudas e incertidumbre

Objetivo: sobrevivir

Jesús Retuerto, ex presidente de la FAS, hizo unas declaraciones bastante pesimistas en torno al futuro del cineclub debido al "pasotismo de los jóvenes". "Tengo la percepción de que hoy el FAS está muy tranquilo, casi adormilado, como la sociedad de hoy. Añoro mucho los coloquios de hace veinte años, que tanto me ilustraron a mí y de los que yo he aprendido todo lo que sé", mantiene.

Soloaga y Ongay tampoco son muy optimistas con el devenir de la institución. La proporción de universitarios que acude a las sesiones es muy baja. "Es muy difícil que sobreviva y que continúe existiendo. Antes había más miembros y tenías que estar avalado por otros socios para poder ser miembro de la institución. Ahora mismo casi estamos a punto de premiar a los socios", dice Ongay, profesor en el Colegio Americano. El chaval que a los 14 años se acercó por primera vez al FAS no ve el entusiasmo de las nuevas generaciones. "Es importante que una entidad cultural del calibre del FAS permanezca y siga en funcionamiento por el bien de la cultura cinematográfica de Bilbao", coinciden.

Aprecian la apuesta de la versión original subtitulada y el impulso del arte en estado puro. "Es muy difícil ver películas en VOS en Bilbao. En FAS es posible", reivindican. Además, los socios pueden sugerir o seleccionar las películas. Se eligen a mano alzada. Demasiadas opciones para salir de la penumbra. El tiempo dirá si el futuro de los cineclubs estará en los libros de historia o en los sitios públicos. Murnau, por ejemplo, se sintió fascinado por el cine mudo y no terminó de gustarle el cine sonoro.