Fue la suya una vida que echó raíces entre fogones, una pasión desatada por la cocina que tanto amó. Hoy, diez años después de su trágico fallecimiento, aún se encoge el corazón al recordarle. Aitor Basabe Etxezarraga nació en Bilbao en 1968, en el corazón de una familia profundamente arraigada en la cultura y la gastronomía del territorio. Desde joven, Basabe mostró un interés decidido por los sabores, los productos locales y la cocina como vehículo de expresión personal. Quienes le conocieron, como les dije, bien saben que era un amante empedernido de las raíces de la cocina vasca, sí. Pero con un aire revolucionario.
Su formación formal comenzó en la Escuela de Hostelería de Galdakao, donde adquirió las bases técnicas que luego matizaría con creatividad y sensibilidad culinaria. Logró convertir en santuario para el peregrinaje de los más osados gourmets el restaurante cántabro San Román de Escalante. Eran unos primeros pasos que nacían de lo vivido en casa. No en vano, su abuela Eusebia regentaba el txakoli El Árbol, en Ibarrekolanda, toda una leyenda. También se forjó en los fogones de otro legendario, el restaurante Guria, de la Gran Vía bilbaina y otras cocinas de Asturias y Cantabria, donde aprendió a combinar tradición y modernidad. Su nombre fue in crescendo en el universo de la cocina vasca.
En 2001, junto a su esposa Ana Larrea, Basabe abrió el restaurante Arbolagaña, ubicado en la azotea del Museo de Bellas Artes de Bilbao. Desde ese espacio privilegiado –con vistas sobre las copas de los árboles del Parque de Doña Casilda–, Basabe desarrolló una cocina que combinaba respeto por el producto con sensibilidad contemporánea: arroces, setas, foie, pescados elaborados desde un concepto de producto máximo y técnica afinada.
En casa vivió el esplendor del txakoli El Arbol, de Ibarrekolanda, regentado por su familia y pronto se lanzó a la cocina
Arbolagaña se convirtió en un referente de la gastronomía vasca moderna. Su ambiente minimalista y luminoso era el marco perfecto para una cocina que, lejos de los artificios, priorizaba el sabor, el respeto por el ingrediente y la conexión con la tierra. Aitor era también conocido por recolectar muchas de sus propias setas o practicar la pesca submarina para traer al restaurante productos sorprendentes y frescos, un gesto que hablaba de su devoción por los ciclos naturales y su amor por la naturaleza.
Fue también un embajador de la cocina vasca en diversos eventos y ferias gastronómicas, donde su nombre se asociaba a una cocina honesta, creativa y sin estridencias. Su impronta quedaba en los fogones tanto como en la memoria de quienes compartieron con él momentos en torno a la mesa. Hasta que llegó diciembre de 2015, y con él un silencio que nadie esperaba. La madrugada del día de Nochebuena, Asturias se convirtió en escenario de un hallazgo triste: el cuerpo sin vida de Aitor Basabe fue encontrado por la Guardia Civil en un bosque cercano a la parroquia llanisca de La Borbolla, tras una búsqueda angustiosa tras su desaparición.
La noticia cayó como un mazazo en Bilbao y en toda la gastronomía vasca. En Arbolagaña, sus trabajadores estaban “hundidos”. En la página de Facebook del restaurante, un mensaje rezaba: “A Aitor Basabe le ha fallado ese corazón tan grande. Nos deja su gran sonrisa; su amor por la naturaleza; su sabiduría y la gran humanidad que desbordaba por todos los lados”.