Aquel, o aquella, que escogió la Basílica de Begoña como punto de arranque de la Itzulia 2026 fue todo un visionario. Porque para superar los 13,8 kilómetros de la primera etapa se necesitó de ayuda divina. Y no porque el recorrido de la crono fuera exigente, que también; sino porque el sol se preocupó de volverlos abrasadoramente insoportables.

Calcinó a corredores, espectadores y turistas. A todos por igual porque el astro rey no es ni clasista ni segregacionista. Los ciclistas no pudieron sortearlo, pero el resto se resguardó a la sombra de la patrona de Bizkaia. A la imponente construcción gótica que ayer convirtió en fervientes beatos hasta a los más impíos e irreverentes.

A su sombra le rezaron desde que Georg Zimmermann (Lotto), puntual a las 14.30 horas, dio la primera pedalada de la Itzulia; y hasta que Mikel Landa (Soudal) se convirtiera, tres horas después, en el último en comparecer. Con el dorsal 1. Profeta en su tierra.

De hecho, el hado quiso que la primera etapa de la Itzulia coincidiera con el último día de Semana Santa, festivo para la gran mayoría. Así que Bilbao, villa ciclista, salió a la calle para celebrarlo. Hubo aficionados apostados en la margen derecha de la ría y en los arcenes de Artxanda, pero la localización favorita de la mayoría fueron las campas del Parque Etxebarria, justo donde estaba emplazada la meta.

Justo donde la Plaza del Gas moría para dar paso a unas rampas de hasta el 19%. Es decir, en el mismo infierno. Allí donde los ciclistas se retorcieron, maillot abierto en busca de un aire inefectivo, los seguidores hicieron su campo base. La más codiciada fue la sombra de los árboles, aunque Tubos Reunidos prefirió la visibilidad que da el sol para exhibir su lucha contra la precariedad.

El naranja es el color del ciclismo

Y es que hizo tanto calor que la chimenea del Parque Etxebarria, ese último vestigio de un pasado industrial cada vez más lejano, aparecía ante los ciclistas como un espejismo en el desierto. Esa torre de ladrillo de 25 metros de altura se convirtió en el faro que señalaba la meta y justo ahí Bilbao vio cómo Paul Seixas convirtió en oasis un final arenoso que se tragó a Isaac Del Toro (UAE) y Juan Ayuso (Lidl-Trek).

De sobra es conocido que el aficionado vasco es respetuoso, que anima a todo aquel que se lo merece, ya sea por arrojo o calidad. Sin embargo, tampoco hay que obviar que tiene cierta predilección por los de casa. Ya sean equipos o ciclistas. Así, antes y después de la etapa, el autobús del Euskaltel-Euskadi fue uno de los mejor escoltados. Y que fuera uno de los pocos que estuvo perfectamente resguardado a la sombra del puente de la Avenida Zumalakarregi fue mera coincidencia.

El pelotón paso por el Museo Guggenheim. Markel Fernández

Así, Txomin Juaristi o Jonathan Lastra tuvieron compañía mientras calentaban en el rodillo e Iker Mintegi y Gotzon Martín aprovecharon el empuje del público para reptar como pudieron la última curva criminal. Las campas del Parque Etxebarria adquirieron un intenso naranja, el pigmento del ciclismo más oriundo.

Rendidos a la vieja guardia

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Sin embargo, fue la vieja guardia de roqueros, los Ion Izagirreque afronta su última Itzulia–, Pello Bilbao, Mikel Landa y compañía quienes hicieron las delicias de los presentes. Porque el botxo reconoció su esfuerzo titánico en la prueba de casa, bajo un cielo despejado impropio del abril vizcaino. Compitieron en las carreteras de su infancia, cuando soñaban con ser profesionales, y lo hicieron con ambición y, a la vez, nostalgia. Ante familiares y amigos. Ante Bilbao entero.

Sin embargo, la capital vizcaina tampoco desmereció el palmarés de Primoz Roglic y el aire fresco que trajo un Paul Seixas que voló sobre Artxanda. De hecho, no quedó ni uno de los 154 corredores sin animar. Un mérito que tan solo los más fanáticos consiguieron hacer sin rechistar a más de 30 grados.