Una decisión que, a priori parece sencilla, pero que deja una huella en tu vida sin casi hacer ruido. En el caso de Josu Moneo esa decisión la tomó en 1978. Era muy joven cuando decidió entrar en la DYA movido por la motivación de sentirse útil y ayudar a quienes atravesaban momentos difíciles. Desde entonces han pasado casi cinco décadas, cientos de servicios, miles de historias y una misma forma de entender la vida: estar al lado de quien necesita una mano amiga.

Porque eso es precisamente lo que siempre ha intentado ser Josu. Una voz que calma en mitad del nerviosismo. Un gesto de tranquilidad cuando el miedo amenaza. Una presencia reconfortante en esos momentos en los que todo parece derrumbarse y uno siente que la vida se escapa.

“Era un infierno de escombros y caos": Josu Moneo, voluntario en la DYA, recuerda la tragedia de Ortuella

“Era un infierno de escombros y caos": Josu Moneo, voluntario en la DYA, recuerda la tragedia de Ortuella Markel Fernández

“Me gusta ayudar a los demás”, resume con sencillez y sin grandilocuencia. Y probablemente ahí esté la explicación de toda una vida dedicada al voluntariado y a un compromiso fiel.

Sus primeros años en la DYA

Su primero destino como voluntario fue en el cruce de Asua, que no era especialmente conflictivo. Sin embargo, en aquel servicio entendió de verdad lo que suponía estar al otro lado de una emergencia, acompañando a personas que, en cuestión de segundos, habían visto cambiar sus vidas.

Desde entonces (hoy es el voluntario en activo más veterano) ha vivido situaciones de todo tipo. "He tenido momentos muy felices, emocionantes incluso, como partos en domicilios que al final acabaron convirtiéndose en recuerdos imborrables. Y otros tremendamente duros. Porque en una ambulancia también se aprende que el dolor existe y que hay imágenes que nunca desaparecen del todo", nos cuenta emocionado.

Un momento que no olvidará

Una de ellas permanece grabada para siempre en la memoria de Josu: la tragedia de Ortuella. La explosión de gas ocurrida en 1980 en el colegio Marcelino Ugalde y que se llevó por delante la 50 niños menores y tres adultos. Una herida que todavía hoy sigue abierta en la memoria de todo un pueblo.

"Cuando llegamos ya no había nada que hacer, solo nos dedicamos a sacar cuerpos de entre los escombros y además era todo un caos, gente, gritos, familias, humo... No se me olvidará nunca y hoy en día se me pone la piel de gallina. Recuerdo que cuando llegas a un escenario así estás como en shock, eres un autómata y todo lo haces en frío para ayudar. Lo duro llega cuando en casa te da el bajón y lo pasas mal. Incluso a la familia no le cuentas todo para no hacerles sufrir de lo que acabas de vivir", relata Josu, al tiempo que añade que entonces no había ayuda psicológica para acompañar en ese trance a los voluntarios.

“Cuando hay niños siempre te toca más de cerca”, reconoce. Son momentos que uno inevitablemente se lleva a casa. Situaciones que hacen sufrir y que dejan huella durante años. Pero ni siquiera los episodios más duros le hicieron flaquear de su idea de seguir ayudando sin recibir nada a cambio.

Lo que sí ha sostenido a Josu durante todos estos años ha sido también el apoyo de su familia. Ellos han estado siempre detrás, comprendiendo horarios imposibles, llamadas inesperadas y ausencias difíciles de explicar. Incluso alguna Nochebuena lejos de casa.

“No siempre es fácil”, admite. Pero tanto él como los suyos saben que esas ausencias tienen un motivo importante. "Mientras otros celebraban en familia, yo muchas veces estaba acompañando a alguien que acababa de sufrir un accidente o estaba pasando por un momento crítico. Y eso también forma parte del espíritu de la DYA", dice.

Ahora, ya jubilado, Josu dispone de más tiempo para seguir dedicándose a lo que le apasiona. Continúa implicado en la organización como responsable de servicios preventivos, coordinando dispositivos sanitarios y trabajando para que todo funcione cuando se necesita. Porque hay personas que nunca dejan realmente de ser voluntarias. Eso sí, también intenta disfrutar más de la vida tranquila. De sus amigos, de la familia y, especialmente, de sus nietos. 

Toda una vida dedicada a ayudar a los demás Markel Fernández

Aun así, le preocupa el futuro del voluntariado. Cree que cada vez cuesta más encontrar personas dispuestas a dedicar un fin de semana a ayudar a otros de manera desinteresada. “El voluntariado está un poco de capa caída”, lamenta. Y lo dice alguien que ha dedicado prácticamente toda su vida a ello.

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Quizá porque sabe mejor que nadie lo que significa. Porque para Josu la DYA nunca ha sido solo una organización. Ha sido una escuela de vida, una segunda familia y una manera de entender el mundo.

“Quien lo prueba lo sabe”, dice con una sonrisa. Ayudar engancha. Aunque también reconoce que no todo el mundo puede soportarlo. "Hay situaciones muy duras, escenas difíciles de olvidar y días que pesan demasiado. Pero incluso así, sigo convencido de que merece la pena", sentencia Josu.