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Diputada foral de Medio Natural y Agricultura

Arantza Atutxa: “Bizkaia se adelanta al futuro del reciclaje con una planta preparada para las exigencias europeas”

La nueva planta de envases ligeros BZB de Amorebieta duplica su capacidad, incorpora inteligencia artificial y refuerza el modelo de economía circular ante el horizonte normativo de 2030

La puesta en marcha de la renovada instalación de reciclaje de envases ligeros en Amorebieta-Etxano marca un punto de inflexión en la gestión de residuos en Bizkaia. “No estamos ante una simple ampliación, sino ante una transformación completa del modelo de reciclaje de envases”, dice la diputada de Medio Natural y Agricultura, Arantza Atutxa. Con una inversión de 17 millones de euros, el territorio se posiciona como referente tecnológico en reciclaje. 

La nueva planta de BZB se presenta como un proyecto estratégico. ¿Qué supone realmente para Bizkaia? 

—Supone un salto cualitativo muy importante. No estamos ante una simple ampliación, sino ante una transformación completa del modelo de reciclaje de envases. Hemos pasado de una capacidad de 23.000 toneladas anuales a 40.000, lo que nos permite anticiparnos al crecimiento del reciclaje y evitar tensiones en el sistema. Pero, sobre todo, hablamos de una instalación preparada para cumplir con las exigencias europeas que llegarán en 2030. 

Esa anticipación parece clave. ¿Por qué era necesario actuar ahora?

—Porque el contexto ha cambiado. El nuevo Reglamento europeo marca objetivos muy claros: todos los envases deberán ser reciclables y el sistema tendrá que garantizar materiales de alta calidad. No podíamos esperar a saturar la planta existente. En 2025 ya estábamos cerca del límite, con más de 22.700 toneladas recogidas. Esta inversión nos da margen y seguridad a largo plazo. 

Más allá de la capacidad, ¿qué diferencia a esta planta de las anteriores?

—La precisión. Hemos pasado de trabajar con siete fracciones a diez, lo que permite obtener materiales más limpios y valiosos. Además, incorporamos inteligencia artificial y sistemas ópticos avanzados que identifican tanto el material como la forma de los envases. Incluso recuperamos envases pequeños que antes se perdían. Esto mejora mucho la eficiencia y la calidad del reciclaje. 

La tecnología parece tener un papel protagonista. ¿Hasta qué punto hablamos de una planta “inteligente”?

—Totalmente. Estamos en un modelo de Industria 4.0. La planta cuenta con sensores que monitorizan en tiempo real su funcionamiento, desde consumos energéticos hasta posibles fallos. Esto permite aplicar mantenimiento predictivo y evitar paradas. Además, gestionamos grandes volúmenes de datos que nos ayudan a tomar decisiones operativas más precisas. Es una instalación que aprende y se adapta continuamente. 

¿Qué cambia realmente en el día a día del reciclaje con esta planta?

—Cambia la eficiencia del sistema. Hemos pasado de clasificar siete tipos de envases a diez, lo que posibilita separar más materiales y hacerlo con mayor exactitud, facilitando su reciclaje posterior. También recuperamos envases pequeños que antes se perdían y reducimos errores gracias a la automatización. En definitiva, conseguimos que más residuos se conviertan en nuevos recursos.

Este proyecto también se apoya en la colaboración público-privada. ¿Qué papel juega este modelo?

—Es fundamental. Garbiker garantiza la planificación pública y los objetivos ambientales, mientras que empresas como Trienekens o Ecoembes aportan experiencia técnica y operativa. Llevamos casi 30 años trabajando en este modelo, y eso nos permite abordar proyectos complejos con garantías. Es una suma de conocimiento que beneficia directamente al territorio. 

¿Cómo influye esta mejora en la industria y en los productores de envases?

—Les ofrece seguridad. Los productores que apuestan por envases mejor diseñados y más reciclables saben que ahora existe una infraestructura capaz de recuperarlos de forma efectiva. Esto favorece el ecodiseño y refuerza toda la cadena de valor de la economía circular. 

¿Qué impacto tendrá esta planta en términos ambientales?

—Muy significativo. No se trata solo de reciclar más, sino de reciclar mejor. Al mejorar la pureza de los materiales, aumentamos las tasas reales de reciclaje y reducimos los residuos que acaban en rechazo. Además, optimizamos la logística y reducimos la huella de carbono, ya que se necesitan menos tratamientos posteriores y se fomenta el uso de materias primas recicladas frente a vírgenes.

 

¿Y qué papel sigue teniendo la ciudadanía en este nuevo modelo?

—Sigue siendo clave. Por mucha tecnología que tengamos, la calidad del residuo depende de cómo se separe en origen. Si el contenedor amarillo se utiliza correctamente, todo el sistema funciona mejor: hay menos costes, menos errores y más reciclaje real. Por eso también queremos que la planta sea una herramienta pedagógica, abierta y transparente para que la ciudadanía entienda su importancia.

¿Puede convertirse esta instalación en un modelo para otros territorios?

—Sin duda. La planta de Amorebieta representa hacia dónde va Europa: instalaciones más eficientes, tecnológicamente avanzadas y con capacidad suficiente para generar economías de escala. Bizkaia se sitúa en una posición de referencia en el sur de Europa, demostrando que con planificación, inversión y colaboración es posible avanzar hacia una economía verdaderamente circular.