Podemos estar tumbados en la playa o en casa pero seguir mentalmente en el trabajo. Por eso necesitamos escucharnos y construir un espacio particular para soltar la exigencia, el control y la presión diaria, porque al final “tenemos como un check-list metido en la cabeza que nos cuesta mucho frenar” subraya María Lusarreta Ayestarán, adscrita el Colegio Oficial de Psicología de Bizkaia.
Cuando hablamos de vacaciones, solemos pensar en descansar, dormir… pero ¿qué pasa con la mente?
El verdadero descanso ocurre también cuando calmamos la mente. Y si no le damos ese descanso, pues volvemos de vacaciones igual de cansados o incluso a veces más frustrados porque tenemos la sensación de que nos han quedado cosas pendientes. Así que cuidar la mente significa permitirnos no estar pendientes, no rendir y no producir constantemente.
Muchas personas dicen que les cuesta “desconectar”…
Porque no solo estamos conectados a través del móvil, también lo estamos mentalmente. Hemos normalizado estar disponibles todo el tiempo y eso hace que el cerebro no sepa apagarse. Vivimos en la cultura del producir, en la que está bien visto no parar, más responsabilidades, más cosas… Por eso muchas personas sienten culpa cuando paran. Aparece esa sensación de que deberían estar haciendo algo útil, resolviendo cosas. Yo suelo decir en consulta que “tienes un exceso de presente”.
Es complicado…
También influye la inercia. Si llevamos meses en un ritmo muy alto no podemos esperar que la mente cambie de velocidad de un día para otro. Desconectar siempre es un proceso.
¿Cómo podemos darnos cuenta de que estamos emocionalmente agotados?
Siempre queremos unas pautas justas y exactas al momento. El tema es que el agotamiento es progresivo y silencioso; no aparece de un día para otro. Las señales más habituales son sentir que de repente no sabemos por qué, me cuesta más, o tengo menos paciencia, o más irritable. O de repente estás más apático…
¿Se puede llegar a las vacaciones tan cansado que ni siquiera se disfruten?
Sí, y es muy frecuente. Y es así porque no se puede más y se necesitan varios días solo para recuperarse. Por eso es importante no idealizar las vacaciones como un momento de felicidad inmediata. A veces primero hay que parar y luego ya empezamos a disfrutar.
Hablaba de idealizar las vacaciones y ahí están las redes sociales.
Muestran una versión muy editada de las vacaciones. Viajes perfectos, planes constantes, felicidad continua, pero claro esa imagen no es real, ni completa. Nos comparamos con esas cosas y podemos sentir que nuestras vacaciones no son suficientes o que no las estamos aprovechando bien, entonces aparece esa presión por hacer más cosas, por vivir más experiencias, por mostrar que estamos disfrutando. Y eso puede hacer que dejemos de conectar con lo que realmente necesitamos que es descansar o incluso aburrirnos o simplemente no hacer nada. El problema es que las redes sociales no saben lo que es el aburrimiento. Es la cultura de producir.
Para alguien que quiere olvidarse del trabajo por unos días, ¿qué consejos prácticos le darías?
Lo importante es poner límites claros. Por ejemplo, antes de irte dejar organizado lo urgente y comunicar que no estarás disponible. Durante las vacaciones hay que reducir al máximo el contacto con el trabajo. Y no sentirme culpable por decir que estoy de vacaciones, porque tengo derecho a descansar.
Cuando se acaban las vacaciones, muchas personas sienten bajón…
La vuelta suele ser difícil porque pasamos de un ritmo flexible y de repente entramos en un ritmo muy estructurado. Al igual que entrar en las vacaciones nos cuesta un par de días, tenemos que ser conscientes de que volver tiene que costarnos. La reincorporación tiene que ser progresiva. Tenemos que cambiar la narrativa de decirnos: se acabó lo bueno por vuelvo más descansada.
Si tuviera que dar un consejo sencillo para cuidar nuestra salud mental en vacaciones, ¿cuál sería?
Nos tenemos que empezar a escuchar más. Muchas veces organizamos las vacaciones pensando en lo que deberíamos hacer, pero no en lo que verdaderamente necesitamos. A veces lo que más necesitamos no es viajar ni hacer planes, lo que necesitamos a veces es parar, dormir, desconectar, pasar un tiempo tranquilos. El mejor indicador de unas buenas vacaciones no es lo que haces, sino cómo te sientes y qué es lo que necesitas hacer. Y para eso hay que escucharse.
¿El agotamiento emocional se puede “curar” solo con vacaciones o hace falta algo más?
Las vacaciones ayudan, pero no son una solución completa si el problema viene de un estilo de vida… Si una persona vuelve al mismo nivel de exigencia, sin límites, sin espacios de cuidado, el agotamiento reaparece. En esos casos es importante revisar los hábitos, aprender a poner límites y, si es necesario, buscar apoyo profesional. Las vacaciones pueden ser el inicio del cambio porque, como decía antes, nos ayuda a escucharnos.
¿Hay perfiles de personas más propensas a sufrir agotamiento emocional?
El agotamiento emocional no depende sólo de cuánto trabajamos, sino también de cómo nos relacionamos con lo que hacemos. Hay personas muy exigentes, muy perfeccionistas, que suelen vivir con la sensación de que nunca es suficiente. Entonces, aunque hagan mucho, siempre sienten que podrían haber hecho más o mejor. Y eso les mantiene en un estado de esfuerzo muchísimo más constante. El agotamiento emocional es por la autoexigencia. También les ocurre a personas que son muy responsables o que tienden a cargar con todo y a no delegar. Otro perfil frecuente es de las personas que priorizan siempre a los demás antes que a sí mismos. Son personas cuidadoras, simpáticas, que se olvidan de su propio descanso…. Muchas de estas personas no se dan cuenta de que están agotadas hasta que el cuerpo o la mente dice hasta aquí, porque están acostumbradas a funcionar así. Por eso, más que el tipo de trabajo, lo que marca la diferencia es la dificultad para parar y la falta de límites. Ahí es donde empieza el riesgo.
¿Qué pequeñas acciones diarias pueden ayudarnos a prevenir el agotamiento emocional antes de que aparezca?
No hace falta hacer grandes cambios. Las pequeñas acciones sostenidas tienen mucho impacto. Por ejemplo, respetar pausas durante el día. No llenar todos los espacios con actividad. La clave está en no esperar a estar agotados para parar. El autocuidado no debería ser una respuesta al límite, sino un hábito diario. Mirarnos, escucharnos…