El Museo de Arte y Historia de Durango celebra este año su 40 aniversario, una efeméride que invita a mirar atrás para entender sus orígenes y la evolución que ha vivido desde su apertura en 1986 hasta convertirse en un referente cultural en la villa. “Fue por iniciativa de Leopoldo Zugaza. En 1984 el Ayuntamiento tuvo opción de comprar el palacio Etxezarreta y Zugaza fue quien pensó en utilizarlo como museo”, recuerda la directora Garazi Arrizabalaga, situando el punto de partida de una historia que cumple ya cuatro décadas.

Aquella idea cristalizó el 13 de junio de 1986, cuando el museo abrió sus puertas. No era solo un espacio expositivo, sino un equipamiento cultural que reunía diferentes funciones. “Además de museo, el edificio albergaba la biblioteca y el archivo. El museo estaba formado por piezas de etnografía, historia y obras de arte”, explica Arrizabalaga. Desde el inicio, por tanto, el proyecto estuvo ligado a la difusión del conocimiento y a la conservación del patrimonio local.

Con el paso de los años, el museo fue adaptándose a nuevas necesidades y formas de entender la cultura. Uno de los momentos clave llegó en 1995, cuando la biblioteca y el archivo se trasladaron a otro edificio. “Desde entonces se empezaron a hacer exposiciones temporales en el museo. Hasta entonces éstas se hacían en Ezkurdi. Ese fue un momento de mucho cambio”, señala. Aquella decisión permitió al museo ganar dinamismo y abrirse a una programación más variada, capaz de atraer nuevos públicos.

El museo celebra su 40 aniversario Kevin Doyle

La otra gran transformación llegó en 2018, con una reforma que marcó un nuevo rumbo. “El museo se hizo más accesible y cambiamos su museografía y su disposición, acercándolo más a una nueva museología más inclusiva”, apunta la directora. Dos hitos que, en su opinión, “marcaron un antes y un después en la trayectoria del museo” y que han contribuido a definir el modelo actual.

A lo largo de estas cuatro décadas, algunas exposiciones han dejado una huella especial, tanto por su calidad como por la respuesta del público. “Una exposición que marcó en cuanto número de visitantes fue la de Picasso y sobre todo la de Regoyos”, destaca. Son ejemplos de cómo el museo ha sabido combinar nombres de referencia con una programación pensada también para el entorno más cercano.

Y es que, aunque su carácter es municipal, el Museo de Durango ha ido ganando peso dentro del panorama cultural de Bizkaia. “En los últimos años hemos realizado exposiciones temporales que han llamado la atención en todo el territorio. Sin olvidarnos de los artistas locales, pero con una visión más abierta”, explica Arrizabalaga. Esa dualidad, entre lo local y lo global, forma parte de su identidad: “Es igualmente importante centrarse en lo local como ampliar miradas”.

Para la directora, el valor del museo para la villa es incuestionable. “Creo que es una joya. Pocos pueblos pueden contar con un museo de estas características. Un museo municipal con obras de tanto valor, con actividades variadas, para todos los públicos, gratuito… No es lo habitual”, afirma. Y añade una idea que resume bien su importancia: “Los durangarras tienen una joya en su villa”.

Programa inclusivos

En los últimos años, uno de los principales objetivos ha sido precisamente acercar ese patrimonio a la ciudadanía. “Estamos trabajando mucho en acercar al mayor número de personas, deshaciendo barreras”, explica. Para ello, el museo ha impulsado programas inclusivos dirigidos a personas con necesidades especiales y ha reforzado su relación con los centros educativos. “Organizamos muchísimas actividades abiertas a todo tipo de público”, añade, convencida de que el museo debe ser un espacio vivo y accesible.

Aun así, reconoce que no siempre es fácil cambiar la percepción social sobre los museos. “Creo que han tenido durante muchos años un estigma de lugar inalcanzable, de unos pocos y algo elitista”, reflexiona. Por eso, una de sus grandes metas es lograr que la ciudadanía lo sienta como algo propio. “Quiero romper esa idea y que la gente sienta el museo como algo que le pertenece”, subraya, apostando por una programación que conecte emocionalmente con quienes lo visitan.

El espacio fue fundado en 1986 Museo de Arte e Historia de Durango

Arrizabalaga cumple este año diez años al frente del museo, una etapa que define como intensa y enriquecedora. “Es un reto constante. Personalmente me llena muchísimo. Es el trabajo soñado por todo aquel que, como yo, se ha formado en el mundo del arte y la museología”, confiesa. Su día a día, explica, es tan variado como exigente: “Cada día es diferente. A veces toca estudiar, otras crear, hacer visitas o talleres, redactar, gestionar redes sociales… otras veces toca trabajo administrativo”.

El año del 40 aniversario está siendo, además, especialmente exigente. “Estamos trabajando a un nivel superior a otros años, con exposiciones más importantes que requieren más trabajo y muchas más actividades. El 2026 está siendo un verdadero reto”, reconoce. Pero ese esfuerzo tiene su recompensa en la respuesta del público. “Lo que más me llena es ver la gratitud en las caras de muchos visitantes. Personas que repiten, que están siempre en las inauguraciones… Eso es muy bonito”.

La conmemoración del aniversario llega acompañada de una programación especial pensada para atraer tanto a quienes ya conocen el museo como a nuevos visitantes. “Hemos creado una programación especial, con exposiciones que durarán más tiempo para poder organizar más actividades relacionadas con estas”, explica. Entre ellas destacan nombres como Piranesi, Oteiza o Pilar de Zubiaurre, que marcarán el calendario cultural del año.

El Museo de Arte e Historia de Durango conmemora su 40 aniversario Kevin Doyle

El objetivo es doble: agradecer y abrir puertas. “Queremos transmitir un mensaje de agradecimiento hacia las personas que han sido parte de este museo”, señala. Y, al mismo tiempo, lanzar una invitación a quienes aún no lo han visitado: “Que se acerquen por primera vez, esperando que no sea la última”.

El museo como refugio

Mirar al pasado es importante, pero también lo es pensar en el futuro. El museo se enfrenta a retos como la adaptación a las nuevas tecnologías o la transformación de los hábitos culturales. “Está cambiando la manera de consumir la cultura y los museos nos tenemos que replantear cómo ofrecerla”, admite. En paralelo, continúa trabajando en su dimensión social. “Queremos que sea un espacio sin barreras. Hemos organizado talleres para personas migrantes, con Alzheimer, en situación de soledad… personas que ahora ven el museo como un refugio”.

A pesar de los desafíos, la hoja de ruta está clara. “Nos interesa programar actividades de calidad y variadas. Si conseguimos que venga más gente, mejor, pero sin obcecarnos en los números”, explica. Una filosofía que pone el foco en el valor cultural por encima de las cifras.

Amplia programación para toda la ciudadanía Kevin Doyle

Si tuviera que recomendar un rincón, lo tiene claro: “La tercera planta del museo, la ganbara del palacio. Es un lugar mágico que todo durangarra debería conocer”. Y para quienes aún no han dado el paso, deja una reflexión que resume su forma de entender el museo. “Muchas veces dicen no voy porque no entiendo de arte. Quizás deberíamos decir justo lo contrario: tengo que ir porque no entiendo de arte’”.

Cuarenta años después, el Museo de Durango sigue evolucionando sin perder su esencia. Un espacio que ha crecido con la villa y que aspira a seguir siendo, durante muchos años más, un punto de encuentro entre la cultura, la memoria y las personas. “Durango es parte de mi vida, no solo a nivel laboral, personalmente estoy muy ligada a esta villa. Además es un lugar lleno de historia con un patrimonio envidiable que quizás valoramos poco. Viniendo al museo también se aprende eso, que la historia de Durango y su patrimonio son piezas de museo”, zanja Garazi Arrizabalaga.