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Kepa Menéndez presenta en Karrantza la novela ‘Un nazi en Sobrón’

El alavés Kepa Menéndez novela la etapa en la que termas como las carranzanas de Molinar alojaron a soldados alemanes cuando la Segunda Guerra Mundial comenzó a inclinarse del lado de los aliados

Em imágenes: Kepa Menéndez presenta la novela ‘Un nazi en Sobrón’Kepa Menéndez

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Echemos la vista ochenta años atrás por estas mismas fechas. El 6 de febrero de 1946, varios trenes parten desde la estación de Miranda de Ebro rumbo a Hendaia, donde permanecieron a la espera de la llegada de varios contingentes para ponerse en marcha. Terminada la Segunda Guerra Mundial, los trenes se disponen a repatriar a nazis que se habían cobijado bajo el ala protectora de la dictadura franquista cuando la contienda comenzó a inclinarse del lado de los aliados. No todos regresaron por miedo a posibles represalias. Unos habían zarpado hacia América, mientras que otros se camuflaron en la península Ibérica. Karrantza fue uno de esos lugares por donde transitaron los alemanes y así aparece reflejado en Un nazi en Sobrón, novela cuyo autor, Kepa Menéndez, presentó también en el valle.

Nacido en Bilbao y residente en Araba, la sitúa en junio de 1944. Un punto de inflexión en la Segunda Guerra Mundial el que se produce el desembarco de Normandía. Temerosos de la evolución del conflicto, muchos alemanes, sobre todo, aduaneros, cruzaron al Estado español, “donde Franco se comprometió a acogerlos hasta que finalizara la guerra”. Todo aquel éxodo “masivo y sin control” lo aprovecharon soldados de la Wehrmacht, pilotos de la Luftwaffe, agentes de la SS, de la Gestapo, y también por más de un jerarca” que ingresó “en un país digamos amigo” con el objetivo de eludir la justicia internacional.

En un primer momento, “se los internaba en el campo de concentración de Miranda de Ebro, el primero en abrir y el último en cerrar, en zonas especialmente acondicionadas para ellos que contó con el asesoramiento de la Gestapo” y comodidades que no casan con ese nombre: “tenían hasta piscina, mientras el resto de prisioneros moría víctima de hambre y enfermedades, cuando no los fusilaban” para hacer sitio a más reclusos. Pero la llegada de alemanes desbordó la capacidad hasta tal punto que “se decidió que aquellos mayores de 40 años se destinaran a otras ubicaciones”.

Como el balneario del concejo alavés de Sobrón, “en el que llegaron a alojarse un millar de nazis” y los vizcainos de Urberuaga del Ubilla (Markina) y Karrantza, el único de los tres que se conserva y mantiene su actividad. La investigación no se detuvo tras la publicación del libro. De hecho, en el valle encartado pidió a los asistentes a la presentación que le trasladaran anécdotas.

Por lo que le contaron, el patrón de comportamiento de los alemanes se asemejó a lo que había documentado en sus conversaciones con vecinos y vecinas de Sobrón: “se integraron muy bien, mayormente ayudaban al vecindario, cuidaban de las iglesias, fabricaban cosas…”. Kepa Menéndez acudió al balneario de Molinar y pudo contemplar “gracias a Miguel Sabino Díaz algunas viñetas que dibujaron y reflejaban su día a día de partidos de fútbol, estancias en la cantina o arreglo de caminos, incluso me desvelaron que uno era relojero”, detalla, agradeciendo la disposición de todas las personas que han compartido información con él. Hay que recordar que “en su país ejercían su profesión” hasta que la guerra trastocó sus vidas. Alguno se camufló con éxito y decidió permanecer en Sobrón. “Compró una casa y un día desapareció de repente. No volvieron a recibir noticias suyas”, dice el escritor, esparciendo un halo de misterio.

Lápida misteriosa

La trama se teje alrededor del balneario de esta localidad alavesa y el fallecimiento de tres soldados alemanes. Sobre uno de ellos pende la sombra de la duda de si “verdaderamente era el nombrado en la lápida de la portada de la novela o un jerarca” que suplantó su identidad “al que la muerte sobrevino mientras aguardaba a que las redes colaboracionistas se hicieran cargo de él y lo destinaran a un país, digamos, seguro”.

Una treta que no resultaba extraña en aquella época. De hecho, la propia familia del soldado alemán, con la que pudo contactar, “se sorprendió enormemente”, no solo por que le hubiera dedicado una novela, sino, sobre todo, “al descubrir que en Sobrón existía una lápida con su nombre grabado cuando, según documentos que me mostraron, había fallecido en otro lugar”.

Circunstancias que alimentan la teoría de la usurpación de identidad. Porque la operación vuelta a casa no estaba exenta del peligro de ser interceptados por los aliados e internados en campos de concentración similares a los ideados por ellos mismos en los que masacraron a millones de personas. Y los servicios de inteligencia se desplegaron preparados para interceptar a los alemanes huidos.

Sobre esta línea “Estados Unidos creó la OSS, la organización de espionaje que se desperdigó por todo el territorio, también británicos y franceses” se emplearon buscando capturar al mayor número de nazis; probablemente, también en Karrantza para detener y entregar a la justicia internacional en cuanto surgiera la oportunidad”.

En las páginas de Un nazi en Sobrón se entremezclan personajes reales. Como Clara Stauffer, “una franquista que movía todos los entresijos de la Falange femenina, la que acogía a los soldados, les daba de comer, incluso hasta les suministraba trabajo en empresas afines al régimen, también pasaportes y documentación falsa”. Los mismísimos “Hitler, Himmler, Franco…” entablan diálogos figurados analizando el curso de la Segunda Guerra Mundial.

A partir de ahí, el autor pasa a recrear cómo pudo haber transcurrido la vida diaria en el balneario de Sobrón para “un millar de soldados nazis” que “vestían ropa militar, con el uniforme que llevaban al cruzar la frontera” a los que, de vez en cuando, la Cruz Roja de Miranda de Ebro proveía de comida, cigarros, café, etc.”.

En este sentido, el próximo 22 de febrero Kepa Menéndez evocará su libro en la ruta Empápate de Sobrón, organizada, un año más, por la Cuadrilla de Añana. Una actividad gratuita que durará aproximadamente entre las 10.30 y las 13.30 horas y con inscripción a través de un código QR que el escritor ha compartido por medio de sus redes sociales.

Incredulidad

El escritor ha querido que el libro se preserve como “testimonio para el futuro, para que las próximas generaciones sepan lo que ocurrió”. Porque cuando acude a las distingas presentaciones “a la gente le cuesta creer que soldados nazis vivieran por aquí, menos mal que voy preparado con diapositivas” para proyectar algunas píldoras de los datos que ha podido recabar en los años de investigación que le han permitido bucear en las aguas, no siempre calmadas, de la historia de estos balnearios vascos.

El actual edificio del de Karrantza se construyó en el siglo XIX, aunque ya a finales del XVIII se tenía constancia de las propiedades termales en la zona de Molinar. Al estallar la Guerra Civil, el balneario fue ocupado por las tropas republicanas. Se habilitó como hospital con capacidad para 165 camas y una flota de ambulancias, coches ligeros y mulos para evacuar a los heridos, explicaron desde la oficina de turismo de Karrantza en una visita de las Jornadas Europeas del Patrimonio. Tras la llegada de los franquistas fue destinado a campo de prisioneros hasta el final de la contienda. Los Padres Palotinos intentaron devolverle su uso, pero otra guerra se interpuso. Período que movió a Kepa Menéndez a buscar respuestas sobre un capítulo tan sorprendente de la historia.

Al detalle

Huyendo

Desde 1944. En junio de 1944 el Desembarco de Normandía marcó un punto de inflexión en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Soldados alemanes temerosos del avance aliado y sus posibles consecuencias cruzaron la frontera desde Francia para refugiarse bajo el paraguas protector de la dictadura franquista.

Integrados

Vida local. Testimonios recogidos por Kepa Menéndez para su novela ‘Un nazi en Sobrón’ refieren que los alemanes estaban bastante integrados en la vida local. En el caso de Sobrón, alguno eligió quedarse a vivir, aunque desapareció poco después.

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Partida

En 1946. Casi por estas mismas fechas, el 6 de febrero de 1946 varios trenes partieron desde la estación de Miranda de Ebro a Hendaia. Allí esperaron varios días a que llegaran pasajeros de otros lugares como Karrantza para seguir a Austria y Alemania.