A Luis Álvarez todo el mundo le conoce en el barrio, en Castaños, por Cheva. La historia del mote es curiosa. Cuenta que a su padre, “que era solista del coro de San Vicente, le llamaban Chevalier porque la gente decía que cantaba mejor que el francés, y entonces a mí me pusieron Cheva”. Así que heredó el nombre, aunque recortado, y los genes musicales. Comenzó a cantar en un coro de Rekalde y cuando se trasladó a vivir a Castaños participó en la creación del coro Lagundi, que preside desde hace bastantes años. “Ni me acuerdo, pero ya tengo ganas de dejarlo”, dice, aunque quienes le conocen aseguran que “siempre dice lo mismo y ahí sigue”. Cheva tiene 75 años y sigue disfrutando con la música coral. Estos días prepara con mimo, lo mismo que sus compañeros y el director, Carlos Pérez Bueno, la actuación que van a tener el próximo sábado, día 5, en la parroquia de El Salvador. De alguna forma quieren conmemorar el 43 aniversario de un coro que nació gracias al empuje del entonces párroco de Castaños, Ángel Etxebarria. Cheva combina los ensayos con una vida tranquila de paseos por el Campo Volantín, alguna partida, y los recuerdos de cuando fue jugador del Basconia, donde coincidió con Iribar, con el que dice conservar una gran amistad.
Cheva nació en Bilbao, “pero me crié en Galdakao, en Bengoetxe, porque mi madre era de allí”, aclara. Allí comenzó a dar sus primeras patadas al balón y a trabajar. Su carrera futbolística se inició en las categorías inferiores del Galdacano y la laboral a los 15 años en la oficina de una empresa de construcción que se dedicaba a realizar obras en Explosivos Río Tinto. Así, hasta que su familia se trasladó a vivir a Bilbao cuando él tenía 18 años. En aquella época Cheva se dedicaba únicamente al fútbol. Recuerda orgulloso que “con el Galdacano juvenil quedamos campeones de Bizkaia y luego llegamos a jugar la semifinal de la Copa contra el Barcelona, donde estaban Sadurny y Fusté, de los que me hice amigo”. Posteriormente “fui cedido un año al Arratia y me fichó el Basconia, aunque también me quería llevar el Indautxu”. Pero en el Basconia, que entonces militaba en Segunda División, no tuvo mucha suerte. Solo estuvo un año, pero no olvida la rotura de un dedo y la amistad con Iribar. “Lo del dedo fue en un partido contra el Sabadell, allí en Cataluña, donde en una melé alguien me lo pisó y me lo rompió”. Y lo de la amistad con Iribar es capítulo aparte. Los dos eran porteros, y Cheva coincidió con él en la pretemporada que acabó abandonando el club. “Yo tenía 20 años e Iribar 18”, recuerda, “entrenábamos juntos y luego íbamos al chicharrillo de Basauri”. Truncado su ascenso en el fútbol, aunque luego siguió jugando en el Galdacano, Deusto, Erandio, Larramendi y Moraza, llegó la advertencia de su padre. “Me dijo: tendrás que hacer algo además del fútbol, ¿no?” Por supuesto que contestó que sí y se puso a trabajar con él en un taller que tenía en la calle Iparraguirre, frente al Guggenheim, dedicado a reparaciones portuarias. “Allí estuve hasta que se jubiló mi padre, que coincidió con que la actividad del puerto se fue a Santurtzi y se acabó el trabajo”. Tras el cierre del negocio familiar, pudo encontrar empleo en una empresa que realizaba trabajos de limpieza química en barcos y refinería. “Allí estuve 14 años hasta que me dio un achuchón, una hernia discal volviendo de Jerez de la Frontera de hacer un trabajo, y así llevo, 25 años por la patilla, ya que a los 50 me dieron la invalidez”.
Música La carrera musical amateur de Cheva fue en paralelo. “Siempre he tenido afición por la música, desde siempre”, confiesa. La empezó a canalizar cuando llegó a Bilbao. “Al venir de Galdakao no conocía a nadie, así que hice amigos en Abando”, recuerda. Con esa cuadrilla cantaba por los bares y fue entonces cuando le dijeron “con la voz que tienes, ¿por qué no vienes al coro Arraizpe de Rekalde?”. Le ficharon. Allí compartió partitura durante seis años. Pero llegó otro nuevo traslado. Fue a vivir a La Salve, por lo que Castaños se convirtió en su barrio. “Al de un año de llegar, el párroco, Ángel Etxebarria, que tenía muchas inquietudes por hacer algo por el barrio, nos planteó a unos cuantos montar un coro de Santa Águeda para recaudar fondos para poder tener unos locales”, cuenta. Y así nació el coro Lagundi. Han cumplido 43 años. El coro está compuesto por 26 mujeres y 19 hombres, “pero hacen falta voces jóvenes porque la mayoría de hombres somos mayores”. El próximo sábado tendrán la oportunidad de demostrar que son un coro con mucha solera.