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Así transcurre el verano entre cafés, cañas y clientes para los jóvenes que trabajan en los bares

El verano ya se nota en los bares de Romo, donde el aumento de clientes también trae más oportunidades de trabajo para los jóvenes

Así transcurre el verano entre cafés, cañas y clientes para los jóvenes que trabajan en los baresBorja Guerrero

La hostelería vuelve a consolidarse como uno de los principales refugios laborales para los jóvenes durante los meses de verano en Bilbao. Con la llegada de las vacaciones y el aumento de la actividad en bares, restaurantes y terrazas, muchos aprovechan este periodo para incorporarse al mercado laboral, ya sea para obtener sus primeros ingresos, ganar experiencia o ahorrar de cara al curso siguiente.

En barrios como Romo, en Getxo, donde se encuentra el bar La Mona, esta realidad también se hace visible con la incorporación de jóvenes a las plantillas durante la temporada de verano. Olatz Ibáñez, de 25 años, trabaja este julio en un bar después de haber pasado otros veranos entre supermercados y un restaurante de comida rápida. Este es ya su tercer empleo de verano y, como reconoce, la motivaciónes ganar independencia económica.

Vivo con mis padres, pero ya me parece demasiado seguir pidiéndoles dinero. Quiero tener mis caprichos, ahorrar un poco y disponer de mi propio dinero”, explica. Este año, además, ha empezado a estudiar y necesitaba un trabajo que pudiera compaginar mejor con esa nueva etapa, algo que encontró en la hostelería.

La realidad detrás de la barra

Después de haber trabajado varios veranos de cara al público, asegura que la experiencia cambia por completo la percepción que se tiene de estos empleos. “Te das cuenta de lo que realmente se sufre trabajando cara al público, de las horas que metes y de las condiciones que hay”. Aun así, reconoce que volvería a repetir trabar en un bar si lo necesitase económicamente hablando. Su intención es trabajar durante el resto del año para poder descansar los próximos veranos, aunque admite que “por necesidad de dinero” volvería a hacerlo.

Lejos de la imagen idealizada del trabajo de estos meses, Olatz considera que el primer empleo sirve para descubrir cómo es realmente el mundo laboral. “Cuando tienes esa primera toma de contacto te das cuenta de cómo es de verdad, pero animo a los chavales a que trabajen para ganarse también su dinero.”

Clientes, jornadas y dificultades

En contra de lo que muchos imaginan, asegura que los momentos más complicados de una jornada no siempre coinciden con las horas de mayor afluencia. “Lo peor son las horas muertas. Cuando no hay nadie el tiempo pasa muchísimo más lento.” Ella, de hecho, disfruta cuando el bar está lleno porque prefiere el movimiento continuo a quedarse sin trabajo.

Lo que sí reconoce como una de las mayores dificultades son algunos clientes. “Los borrachos son los más pesados. Te ven trabajando hasta arriba y aun así te gritan desde la otra punta del bar preguntando si no les vas a atender.” Aun así, destaca que muchas veces otros clientes salen en defensa de los trabajadores cuando presencian ese tipo de comportamientos,“Ahí ves las dos caras de la gente.”

En su caso no siente que la juzguen por ser joven, ya que prácticamente toda la plantilla tiene menos de 32 años, aunque sí admite que ser mujer provoca algunas situaciones incómodas con determinados clientes. “Hay algún borracho que igual se atreve a decirte cosas que a un compañero no le diría.”

El lado más humano del verano

Pese a todo, valora el ambiente que se genera en el barrio durante el verano. Estos días, por ejemplo, el Mundial de fútbol ha conseguido reunir a vecinos que antes apenas coincidían. “Ves a todo el bar hablando del Mundial y eso crea un ambiente muy guay”

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Y las anécdotas no dejan de aparecer. Este mismo sábado, por ejemplo, una mujer del barrio llamada Amaia ha organizado una curiosa quedada en La Mona. La propuesta consiste en reunir a todas las mujeres que se llaman Amaia para tomar algo juntas en el bar, una iniciativa que ha despertado la curiosidad entre muchos vecinos y que demuestra cómo un establecimiento de barrio termina convirtiéndose en escenario de pequeñas historias que van mucho más allá de servir cafés o cañas.