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El nuevo Zorrotzaurre recibe a sus primeros vecinos

La isla empieza a cobrar vida entre grúas y proyectos urbanos, mientras antiguos y nuevos residentes construyen la identidad de un barrio en plena transformación

El nuevo Zorrotzaurre recibe a sus primeros vecinosNatalia Garcia Zamora

El puente Frank Gehry da la bienvenida a la isla de Zorrotzaurre con una sensación ambivalente. La estructura, convertida ya en una puerta simbólica, abre paso a un paisaje donde conviven lo inacabado y los primeros signos de vida cotidiana. A pocos metros, la escultura dorada de una niña mirando al cielo augura las ilusiones que genera un lugar que todavía se está haciendo a sí mismo. Entre el desangelo de las obras y la vida que poco a poco va tomando forma cotidiana, Zorrotzaurre avanza hacia su transformación definitiva. Un nuevo gimnasio, la escuela de Diseño, Moda y Arte Kunsthal, o la apertura de comercios emergentes generan expectación en una isla en la que las ansias por un hogar han empezado a atraer nuevos vecinos. El proyecto urbanístico, ligado a la arquitecta Zaha Hadid, dibuja un nuevo barrio donde las promociones residenciales se abren paso junto a equipamientos que, muy pacientemente, van tomando forma.

Uno de los nuevos vecinos es Alex Peñalosa, que no dudó en comprar su vivienda en la isla, ilusionado por el plan de regeneración urbana. El bilbaino lleva desde septiembre en su nuevo domicilio. Atrás dejó su antigua vivienda en la calle Luis Power, en el barrio de Deusto, para comenzar una nueva vida en el que algunos llaman el Manhattan vasco, con la promesa de estrenar todo desde cero.

“Llevábamos tiempo buscando una vivienda. Mi pareja tenía la familia en Deusto y queríamos estar cerca. Vimos esta promoción y no dudamos”, confiesa el hostelero. La decisión también tuvo un componente económico: compraron su vivienda sobre plano por 280.000 euros, un inmueble que hoy –asegura– roza los 400.000.

Peñalosa reconoce que de momento toca adaptarse y ser paciente con el entorno. “Las obras no nos molestan porque sabíamos a dónde veníamos. Además, está quedando todo muy bien. Sin embargo, notamos que faltan tiendas de alimentación, polideportivos… La mayor inconveniencia es que para ir al súper tenemos que ir hasta Deusto”, admite. Con todo, la esperanza supera cualquier incomodidad. “Me gusta lo de vivir en la isla. Hay autobús para llegar hasta Lehendakari Aguirre y, ahí, conectar ya con el metro, y la verdad es que se respira calma al pasear por la zona”, relata. La inseguridad no es una preocupación para él. “Hay bastante vida y los vecinos nos conocemos. Tanto mi pareja como yo estamos muy ilusionados y entendemos que hay que ser paciente”, se muestra comprensivo.

A pocos metros, Anne Carrandi espera, un día más, al autobús A4. También con familia en Deusto, no dudó en instalarse en Zorrotzaurre. “Me dio algo de vértigo al principio, pero estoy muy contenta”, explica la joven, que adquirió un apartamento por 300.000 euros. “Es una casa pequeñita, pero me encanta”, expresa con emoción.

No todos los rincones reflejan la misma armonía. Maialen Sainz, residente en una VPO en la zona exterior, denuncia su desilusión con el proyecto. “No hay supermercados cercanos, hay poca presencia policial y algunas calles no se limpian. Hay zonas donde no me siento segura para salir sola a ciertas horas”. Su testimonio subraya que el desarrollo urbano y el logístico avanzan a ritmos distintos.

También hay quienes llevan años esperando este cambio. Andrea Mateo se mudó hace once años, anticipando la transformación. “Compré una casa más antigua, pero espaciosa y asequible. Me alegro de que haya más vida, pero no sé hasta qué punto los nuevos vecinos se integrarán en el barrio”, reflexiona sobre el futuro. 

Polo cultural

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Junto a la incertidumbre por el desarrollo del entorno, la identidad vecinal del barrio sigue siendo un tema clave entre los encuestados. Natalia Martín, recién instalada en una vivienda de obra nueva, aboga por seguir llamando la Ribera al lugar. “Zorrotzaurre es y seguirá siendo la Ribera. Es un lugar histórico con mucho tejido social y cultural con espacios como Bizinahi, El Mercado, Pabellón 6 o la Terminal. Para mí tiene un aire artístico que me recuerda a Berlín y los nuevos vecinos podemos integrarnos perfectamente”, expone Martín, encandilada por las rabas del Jardín Secreto. “Junto al Ayuntamiento, tanto los antiguos vecinos como los nuevos debemos dar lo mejor por crear un proyecto no sea ajeno al barrio sino que por el contrario nazca de él”, finaliza.

A medida que avanzan las obras, Zorrotzaurre sigue definiéndose entre esperanzas y realidades. Grúas marcan el horizonte y los espacios vacíos conviven con paseos recién estrenados –todavía– a la espera de transeúntes. La isla aún no es el barrio proyectado, pero ha dejado de ser un territorio olvidado y se encuentra inmersa en un redescubrimiento adolescente. Zorrotzaurre empieza, poco a poco, a encontrar su nuevo lugar en el mapa de Bilbao.