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¿Adiós al zurito en Bilbao?: "Parece que están intentando acabar con el poteo"

La desaparición de este característico trago corto en algunos bares de Bilbao fue una respuesta directa a las restricciones de aforo y terraza tras la pandemia

¿Adiós al zurito en Bilbao?: "Parece que están intentando acabar con el poteo"Miguel Acera

El ritual del poteo en Bilbao siempre ha tenido un compás marcado por el vaso corto. El zurito, esa medida de cerveza diseñada para el tránsito rápido entre barra y barra, ha sido durante décadas el motor de la vida social en la villa. Sin embargo, en la emblemática calle Ledesma, este motor empieza a griparse. Lo que antes era una ley no escrita de la hostelería bilbaina se ha convertido hoy en un privilegio que no todos los locales están dispuestos a ofrecer, transformando una tradición cultural en un debate sobre la rentabilidad.

El origen de esta grieta en la costumbre tiene un punto de inflexión claro: la pandemia. En locales como Pepi & To, la desaparición del zurito fue una respuesta directa a las restricciones de aforo y terraza. Con el espacio limitado, cada silla se convirtió en un activo de alto valor. Permitir que una mesa fuera ocupada por el tiempo que se tarda en consumir un trago corto dejó de ser viable bajo la lógica de la supervivencia. Lo que nació como una medida de excepción se ha consolidado como una norma permanente en su barra y en otras como la del Berria, donde el grifo del zurito se mantiene cerrado.

La excepción

Esta nueva política comercial ha generado una división invisible en la calle Ledesma. Frente a los que han optado por el "trago largo", locales como el Ledesma, Antomar o Floridita se erigen como los últimos bastiones de la vieja escuela. Para Olatz, propietaria del Floridita, mantener el zurito no es solo una cuestión de servicio, sino una respuesta a la demanda de una clientela desplazada. “Me viene mucha gente cabreada de otros bares de la zona porque no les sirven un zurito”, confiesa, evidenciando que el malestar del consumidor local es lo que mantiene vivas las barras que aún respetan la medida pequeña.

El poteo de los bilbainos y bilbainas es el motor de los bares de la calle Ledesma

El conflicto, no obstante, va más allá de la simple disponibilidad de la bebida; es una cuestión de percepción económica. Mientras algunos hosteleros argumentan que "el zurito no es rentable por el coste de lavado", los consumidores habituales lo ven de otra manera. Ana, consumidora del bar el Ledesma, sostiene que la rentabilidad es una excusa poco sólida: “No les sale rentable, de hecho ganan lo mismo que vendiendo únicamente cañas”, afirma. Según esta visión, la eliminación del zurito no busca proteger el margen de beneficio, sino forzar un cambio en el comportamiento del cliente, empujándolo a consumos más largos y estáticos.

La consecuencia final de esta tendencia es la erosión de la identidad misma de la ciudad. Como bien apunta Rubén, consumidor en el bar Antomar, la sensación general es de pérdida: “Parece que están intentando acabar con el poteo”. Al retirar el zurito, se retira la posibilidad de la visita fugaz y se obliga al bilbaino a sentarse y permanecer, rompiendo la dinámica de saltar de bar en bar que define el ocio de la villa. Si Ledesma termina por desterrar el trago corto, no solo habrá cambiado su carta de precios, sino que habrá transformado el alma de una de las tradiciones más vivas de Bilbao.

El zurito como medida de prevención para los que no quieren beber mucho

"Para mí es extraño"

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Incluso para quienes vienen de fuera, el fenómeno del zurito no pasa desapercibido, aunque se lea bajo otra óptica. Thomas, un turista austriaco que recorre Ledesma integrándose en el poteo local, observa con curiosidad esta particularidad bilbaina: “En Austria esto no se ve, es extraño. Aunque lo veo como una opción buena para la gente que no quiera beber mucho”, comenta mientras sostiene su caña. Para él, acostumbrado a formatos más generosos, la caña sigue siendo la elección natural, pero reconoce en el trago corto una herramienta de moderación y flexibilidad.

Sin embargo, esa "opción buena" que Thomas identifica desde la barrera es precisamente la que está desapareciendo por el sumidero de la rentabilidad. La paradoja es evidente: mientras el visitante valora la medida pequeña como una alternativa inteligente para disfrutar sin excesos, el sistema hostelero parece empujar al consumidor local hacia el modelo europeo de consumo estático y volúmenes mayores. Al final, si el zurito termina por desaparecer, Bilbao no solo habrá perdido una medida de cerveza, sino la libertad de elegir un trago breve para seguir poteando.